Los libros de papel agitan sus hojas en señal de auxilio. Los hábitats de cientos de especies animales son depredados o absorbidos por la ambición humana, pero la extinción no la sufren solo los seres vivos. Los libros de carátulas brillantes, de bolsillo, de lujo, de papel cebolla o de olor a cultura, son desplazados lentamente por la brillante velocidad de los teléfonos móviles, las tabletas, las aplicaciones, los libros electrónicos, la imposibilidad de la calma, de la hamaca, de la siesta, del butacón para leer.

Los periódicos de papel también son sustituidos por prensa digital. El café con las enormes páginas abiertas son cada vez más cosa de viejos.

Hoy se defiende la imposibilidad de las nuevas generaciones de leer más de quinientas palabras, de concentrarse en un texto de análisis, de adentrarse en las aguas turbulentas de la filosofía y de la historia. Es la época de las falsas noticias, del Facebook, de los videoclips, de los ojos de moscas que debemos tener para seguir un audiovisual lleno de imágenes editadas para que no se puedan apreciar.

La lectura frente al mar está en desuso. Las mañanas de lectura han sido vencidas por las mañanas de Internet. La poesía es hoy reducida a postales electrónicas con frases de Marco Antonio Solís. El humor tiene que ser un meme, los mensajes deben tener faltas de ortografía, los sentimientos se trasmiten por muñequitos con los que acompañamos nuestros textos en WhatsApp.

Los libros gordos son tan extraños como los casetes de audio, son pocos los adolescentes que leen libros en la era de las series de televisión. Pero hasta el 2020 todavía hay placeres que solo ofrecen los libros y que los jóvenes deben conocer. Los libros te hacen culto, te hacen honesta, te dan esperanza, te presentan la belleza, te adentran en el testimonio milenario del dolor y la felicidad humanas. En los libros está la grandeza de la cultura humana, la sangre que la historia relata con datos y las novelas cuentan con pasión.

La lectura no es tan difícil de promover. Es posible enseñar a las niñas y niños la belleza de los libros, incluida la de los libros feos. Pero hay que enseñar a leer. Siempre quedo preocupado, después de visitar las librerías de la Feria de cada febrero, en la fortaleza de la Cabaña, porque no veo a nadie hablando sobre qué leer, sobre qué libro es inaplazable, sobre qué rareza trae la Feria cada vez, sobre qué libros son clásicos que todos deberían disfrutar. No hablo de las presentaciones hechas por especialistas, editores, autores, hablo de orientación en la librería, que impida que miles salgan de las carpas ardientes repitiendo: ahí no hay nada que sirva, cuando en realidad hay decenas de libros magníficos.

No basta con rodear a los niños de libros. Los he visto cercados por libros, hijos de intelectuales amantes de la literatura y la ciencia, que no pueden escapar a su época de audífonos, redes sociales y pop de Corea del Sur.

Pero se puede hacer algo más. He visto a mi hermana menor organizando una hora de lectura algunas veces a la semana, para mis sobrinos de 11 y 14   años, y los he visto sentados, contentos, esperando también las dos horas de cine dirigido, que la familia coordina para no ser devorada, así nada más, por las películas comerciales no edificantes.

La única forma de vencer a la cultura de la violencia, del desdén, de la insensibilidad, del pragmatismo, de la utilidad por encima de la virtud, de la supuesta rapidez para no hacer nada, para nada cambiar, ni nada arriesgar, es enfrentándola con lucidez, con belleza, con alternativas, con arte, con democracia, con inteligencia, nunca con censura, nunca con arbitrariedad.

A principios de los años 2000, creé un espacio sencillo de lecturas en voz alta, en la Colina de la Universidad de La Habana. Era para leer, no era un taller literario, no se enseñaba a escribir, sino que se leía, poesía, cuentos, fragmentos de novelas, artículos de revistas, literatura hecha por estudiantes. Recuerdo la experiencia de leer a jóvenes universitarios los cuentos de Perrault, Pippa Media Largas, Platero y Yo, o de un tirón el Canto a mí mismo, o la poesía de Huidobro.

Imaginen que alguien nos lea poesía en el momento que más lo necesitamos o que nos diga, como quien conversa, un cuento para niños y niñas, que en realidad es para todas las edades.

Para empezar yo les dejo una lista de algunos libros inolvidables, de esos a los que tengo que regresar cuando estoy enfermo o quiero ganar fuerzas para creer en la belleza y en la justicia. No se pierdan las Noches áticas, de Aulo Gelio; Conversaciones con Goethe, de Eckermann; Las palabras perdidas, de Jesús Díaz; Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez; Días y noches de amor y de guerra, de Eduardo Galeano; El destino de un hombre, de Mijaíl Shólojov; Wampampiro Timbereta, de Samuel Feijóo; El viejo y el mar, de Ernest Hemingway; Decadencia y caída de casi todo el mundo, de Will Cuppy; Cuentos de la Alhambra, de Washington Irving;  la poesía de Wichi Nogueras; Martí; Eliseo; Dulce María Loynaz…

 

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