La prensa oficial cubana ha adquirido un mal hábito. En lugar de dedicarse a lo que debería ser su único encargo —el periodismo—, ha decidido vestir la toga inquisidora y purgar la profesión.

Lo bueno y lo malo, lo políticamente correcto, oportuno, ético, deseable, lo censurable o inapropiado, lo incómodo… La prensa oficial y sus verdaderos dueños parecen estar seguros de monopolizar estos términos, de tener en sus manos la verdad absoluta y la justificación para, en nombre de esa certeza lapidaria, ignorar, juzgar y condenar.

En el camino parece que también olvidaron que hace ocho siglos hubo una institución que creyó lo mismo: la Santa Inquisición. A su orden se quemaron en la hoguera herejes, brujas, científicos y, sobre todo, libros. La Iglesia Católica creía en el fuego redentor para quienes se salían del camino trazado, creía que su verdad dependía de aniquilar cualquier pensamiento diferente.

Pero poca y triste es la verdad que necesita aniquilar otras ideas para triunfar, porque no se sustenta en razones, sino en cadáveres.

Desde entonces la sociedad ha avanzado y ochocientos años han refinado las técnicas, mas no los impulsos. Han aprendido que el olor a la carne quemada y los gritos de los ejecutados no son televisables y que las piras de libros ardiendo son la imagen más nítida de la intolerancia; pero aún segregan a quienes piensan diferentes y censuran y bloquean medios de comunicación.

Ojo, no es que no tengamos entusiastas que de buena gana organizarían una hoguerita en la Plaza, pero nadie quiere dar la imagen de salvajismo: ya hemos pasado el Quinquenio Gris, la Parametración y la Primavera Negra.

La nueva horda de inquisidores cubanos —no necesariamente dentro de Cuba, y no necesariamente tan nueva— tiene una misión clara: destruir todo lo que huela a disenso, reducir a cenizas cualquier idea divergente a las suyas. Su foco de atención actual: los medios alternativos. Su función: mantener el lienzo sin variaciones, jugar con la acuarela a los retoques sin afectar el trazado prestablecido. Su mejor arma: el descrédito.

Triste función para quienes, en medio de tanta historia que ofrece este país, deben dedicar su tiempo a rastrear, intrigar, tejer complicadas teorías conspirativas y denigrar todo lo que no lleve el sello de garantía política del Comité Central.

Ellos, como las tropas de Tomás de Torquemada, serán tristemente recordados por su legado de segregación y odio, justo en una época en la que Cuba no puede darse el lujo de dejar fuera a ninguno de sus hijos.

Hoy, cuando ya son claros los signos de insuficiencia de los medios tradicionales, Cuba necesita una prensa capaz de recrear la vida de una sociedad cambiante y hastiada del engaño y la falsa unanimidad. Precisa una prensa que respete a los públicos y no los trate como inválidos mentales. Precisa una prensa plural —hay espacio de sobra para todos—, diversa, que dialogue y escrute, no que denigre y excluya.

En ese tipo de escenario va siendo hora de que, quienes dirigen la prensa oficial cubana, comprendan que la batalla por la legitimidad no se gana intentando embadurnar de barro la imagen de los otros. Si fuese un tercio de lo profesional y sólida que pregona ser, no le preocuparía tanto que “un grupo de millennials aficionados” haga periodismo, y verían en la competencia un estímulo y no una amenaza.

Pero eso sería demasiado pedirle, supongo, tras cada una de sus movidas están los intereses del Partido Comunista, que se resiste al hecho de que ya no posee el monopolio de la información en Cuba y apenas consigue hacer lo que siempre ha hecho: demonizar todo lo que no controla, sin importar mentir en el camino.

Quizás por eso —porque el Partido lo decide—, las campañas de descrédito a los medios no oficiales siguen siendo práctica común, la habilidad para segregar mostrada por la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) —graciosamente creada como espacio gremial— sigue en aumento y, en lugar del diálogo y el respeto, esta organización opta por desconocer el trabajo de profesionales formados en aulas cubanas.

A semejanza de la Inquisición Española en el siglo XIV, la UPEC se ha puesto al servicio del poder político y llega allí, a los pocos espacios donde el Estado no puede interferir. En la UPEC tiene el Partido una eficiente policía política que cumple sus funciones de represora sin demasiados miramientos, como lo demuestran las purgas en varias provincias contra periodistas que colaboran con los nuevos medios.

El suyo —por desgracia— es el estandarte de la intolerancia, de la incapacidad para construir juntos desde el disenso. Todo indica que el poder político cubano y su gendarmería aspiran a contar con gente dócil, acéfala, sumisa, sin iniciativa y que acate órdenes, como lo hace el fabricante novato de salchichas cuyo trabajo es rellenar de masa la tripa lavada sin haber condimentado la mezcla.

Pero en ese camino olvidan un punto básico: que hoy se haga periodismo desde Cuba sin el soporte económico y la anuencia del Partido Comunista, siendo un clavo ardiente en el ojo del poder en Cuba y ganando espacios en el mosaico de esta Isla, es responsabilidad —en buena medida— de la formación recibida.

¿Qué puedo decirles queridos inquisidores? Tenemos una universidad de altos quilates donde formamos excelentes profesionales, donde tenemos profesores excelentes.

Y ahí está la diferencia. No pueden esperar que profesionales bien formados y con ganas de hacer periodismo se conviertan en autómatas bajo las órdenes, muchas veces, de quien apenas puede reproducir un esquema aprendido tras años de machacar —y desfigurar— una profesión. Los medios tradicionales cubanos hoy son el reflejo de quienes los dirigen, desde dentro y desde fuera de las redacciones, y de las políticas fallidas que por años han intentado palear el verdadero problema.

El fallo no está en las aulas, no está en la calidad de los periodistas, ni tiene que ver con la política. El punto de ruptura lo ha puesto el poder cubano con su incapacidad para adaptarse al nuevo contexto y la manía de controlar, hasta el detalle, los medios.

El resultado de eso es un coctel molotov, uno que ha conseguido crear, impulsar y hacer sostenibles medios de comunicación alternativos en Cuba. Medios que no buscan ser contraparte, sino complemento, un espacio donde poder tomar decisiones propias, equivocarnos, experimentar y poder dar rienda suelta a las expectativas que, del periodismo, nos sembraron en las aulas.

El gran problema de nuestra Inquisición es que hoy pretende obtener esclavos mentales donde se ha sembrado ideas revolucionarias; pretende formar profesionales capacitados para luego extirparles la posibilidad de pensar. Y en esa cruzada arremeten contra cualquiera que no se pliegue a sus indicaciones.

No hay diálogo, solo afrentas. No hay consensos, sino terquedad. Es la actitud arrogante de quien nada necesita y cree poseer toda la razón acumulada en una vieja botella polvorienta. Es la postura prepotente de quien se sabe respaldado.