En el espacio virtual cubano algunos acostumbran a imponer sus criterios a la fuerza desde posiciones de poder o apelando a presiones institucionales cuando sus argumentos se ven arrinconados en el debate. La ventaja del más fuerte cobra entonces importancia.

Por Harold Cárdenas Lema (haroldcardenaslema@gmail.com)

La batalla campal que está ocurriendo en Cuba en el terreno de la mentalidad pasa inadvertida pero es intensa. Las viejas maneras de pensar no regalarán sus asientos en posiciones de poder sino que combatirán este cambio incluso haciéndose pasar por voceros del mismo. En Internet este fenómeno se hace evidente en el debate, donde se advierte que existe, en muchos casos, un componente generacional que enfila sus cañones utilizando la coacción como técnica habitual.

La imposición de criterios a partir de posiciones de fuerza es un asunto vergonzoso. He visto casos en los que la persona ya no tiene argumentos sólidos para defender su idea y recurre entonces a la militancia. ¿Tienes carnet de la Juventud o del Partido? “Pues compañero, como militante debe usted acogerse a la disciplina de la organización…” que en realidad no es tal porque si atendemos a la historia de la misma veremos que sus fundadores nunca fueron particularmente disciplinados, pero sirve como mordaza perfecta.

Estas desviaciones en el uso de facultades administrativas o políticas se aprovechan del manto de invisibilidad que rodea la gestión de nuestros funcionarios, que pueden errar a diestra y siniestra sin tomar responsabilidad social por ello. Ser un representante público en la Cuba del 2014 no debe ser nada fácil, pero ser un ciudadano tampoco. Cada uno que asuma la carga que le toca.

Cuando me hice internauta nadie nunca me explicó qué hacer cuando tus interlocutores en los debates virtuales son personas que ocupan cargos de importancia y uno es un simple participante.

Nadie me iluminó sobre el mejor camino a tomar cuando esa persona que, evidentemente necesita (si puede) cambiar de mentalidad, es un embajador o un funcionario con poder real de decisión que bombardea activamente tus comentarios por el pecado de no comulgar con los suyos.

Quisiera que estos ejemplos fueran ficticios, pero no lo son. Cuando un funcionario político puede en plena reunión arremeter contra un bloguero sin que éste tenga cómo defenderse o siquiera esté invitado a la misma, algo no está bien. Cuando otra persona comenta en mis artículos tan críticamente, lleva el debate a la adjetivación y prefiere atacar al mensajero en vez de dar criterios de valor sobre el mensaje, luego siempre se trata de un diplomático de altura. ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo echar la pelea por el cambio de mentalidad desde una posición tan desventajosa?
Quizás el mejor aliado sea la opinión pública presente en la web. El mejor método de desinfección en estos casos es el conocimiento del fenómeno. El sentido común de las personas es, en esencia, enemigo del uso arbitrario de la fuerza que algunos funcionarios aplican aprovechándose de la responsabilidad social del bloguero, que no hace público el atropello para que luego otras fuerzas foráneas no lo utilicen para arremeter contra el sistema cubano. Entonces ocurre la tormenta perfecta. Este bullying oportunista para imponer criterios se suma a la “disciplina” dañina que tanto gusta a los ojos del dogma.
Algo similar ocurre con el uso del poder en la comunidad cubana que vive en Miami. Sus representantes están muy comprometidos con la vieja generación y una política de ajustar cuentas con Cuba, cuando la mayoría de los cubanoamericanos ya se opone a la misma. Mientras las riendas del poder las tenga una minoría fanática que no es representativa de la comunidad, esta política no cambiará.

Desde uno y otro lado la imposición de criterios pretende legitimarse contando con que no habrá una respuesta, que las víctimas de la ley del más fuerte guarden silencio y no se resistan.

Contra la ley del más fuerte, la luz del sol es la mejor defensa. Un funcionario público o administrativo lo pensará dos veces antes de hacer algo reprochable si sabe que esto llegará a la opinión pública. Quien perjudique a la Revolución será siempre el victimario y no la víctima que se defiende de un acto así. Recuerdo un caso concreto en la ciudad matancera de Cárdenas. Hubo una confrontación entre homosexuales y cocheros que provocó una respuesta policial. Cuando comenzó el análisis sobre el suceso, las autoridades se mostraron más preocupadas por el bloguero que había hecho público el asunto que por el fenómeno en sí mismo.

La batalla transcurre cotidianamente. Los cubanos debemos enfrentarnos a la ley del más fuerte tanto en la arena internacional, contra el país más poderoso del mundo, como en nuestra propia tierra, contra un pensamiento dogmático que ha sabido penetrar muy bien la estructura institucional del país. No obstante, el tiempo está de nuestra parte. El proceso de cambio iniciado ha insertado una dinámica de movimiento que no tiene marcha atrás y que ya se traduce en importantes victorias para la ciudadanía.

Estar en una posición desventajosa ya no significa que opinar desenfadadamente en Internet sea un suicidio político ante las miradas más extremas porque a éstas se le opondrá la opinión pública, si bien implica riesgos y no siempre serás comprendido. Si tuviera que decir más, prefiero terminar parafraseando al Apóstol José Martí y si estás en posición de dar tu opinión virtual, prometo “la satisfacción del deber cumplido y la posible ingratitud de los hombres”. Yo asumo el riesgo porque si cada generación tiene su Moncada, las opiniones virtuales son, en esta época, balas de cañón que pueden terminar hasta con el más fuerte.