Franco Miguel Rodríguez González no llegó a graduarse de la Academia de Artes Plásticas. Lo suyo, ahora se ve, eran los negocios. Sin embargo el arte es una presencia en todo lo que hace. Con solo 27 años y sin mucha experiencia en el mundo del cuentapropismo, Franco creó el proyecto La mamá perfecta, que inicialmente solo concebía la renta de la Galería- Bar- Café en los altos de El Mejunje, célebre centro cultural de Villa Clara.

Por: Laura Rodríguez Fuentes

Cuando el negocio comenzó a generar ganancias, Franco decidió formar otras microempresas: un taller de montaje de cuadros, una carpintería que fabrica muebles a partir de materiales reciclados y una brigada de demolición para adquirir los materiales reciclables.

“Yo quería desde el principio sostener una galería en Cuba sin apoyo gubernamental. Se me ocurrió agregarle un servicio (la cafetería) y con las utilidades poder pagar la electricidad, las luces, el montaje o la trasportación de los artistas y sus obras”.

La fórmula le va dando éxito: el bar La mamá perfecta es uno de los más concurridos de la ciudad. El público puede encontrar allí tragos baratos, una biblioteca digital con volúmenes actualizados y apreciar muestras diversas de arte contemporáneo.

Foto: Yariel Valdés

Abrimos un Día de las Madres, por eso el nombre, aunque también tiene un poco de doble sentido sexual, rotozos de los cubanos, sin llegar a la vulgaridad, bromea.

Esto funciona así: se invierte en un producto, lo revendes, aprovechas las ganancias y de ahí te salen los intereses para otras cosas.

Después traté de fundar pequeños grupos que no tuvieran tanta competencia. Cuba es un paraíso para ese fin, porque todas las empresas son como monopolios”. “El taller de montaje me va ahorrar dinero en la galería. Es un trabajo súper caro porque aquí lo mantiene una empresa italiana. Yo le brindo el servicio a quien lo pague, incluso a nivel institucional. En cuanto a la brigada, demolemos a un precio más cómodo que otros. Luego, recuperamos esos elementos y los usamos en la carpintería. Los negocios tienen que probarse un tiempo para medir la eficiencia del equipamiento técnico y después echarlo a andar”.

Franco ya no fiscaliza como antes el bar de El Mejunje, abierto, como pocos, hasta las cuatro de la madrugada. Se ha buscado un socio de confianza que le mantiene al hilo el business. Mientras tanto, se dedica a la confección de mobiliario estilo vintage, con objetos que otros desechan. Hasta ahora, su plan le ha proporcionado empleo a más de 40 personas.

Foto: Yariel Valdés

“Se han perdido patrones estéticos. Por eso decidimos usar lozas hidráulicas de principios del siglo XX u otras cosas que tuvieron un nivel alto de diseño, y los incorporamos a los muebles. También fabricamos luminarias con botellas de cerveza Hatuey y otras marcas que mi generación no conoce”.

“Mis servicios se calzan unos a los otros. El bar-galería reúne todo lo que hago, por ejemplo”, y lo mira orgulloso.

Años atrás, en Cuba, una experiencia tan abiertamente dispuesta a generar ganancias y que asume sin complejos “maneras capitalistas”, no podría ni existir. Y en cambio ahora está aquí Franco, con su franqueza, diciendo a quien le escuche que a la sociedad cubana lo que le hace falta es competencia. “Si el dinero no está en movimiento, no crece, merma fácilmente…”, y muestra su ejemplo.