La “ciudad nuclear” de Cienfuegos fue concebida para ser una ciudad próspera en la cual habitarían unas 14 mil personas. Hoy abundan las calles desoladas y los edificios con viviendas cerradas.

Un 18 plantas que nunca terminó de construirse es uno de los símbolos de la localidad.

Lenier González Hernández suele asomarse por el balcón de su apartamento en el otro 18 plantas —el que sí se terminó de construir— y mirar a lo lejos el domo de la que pudo ser la Central Electronuclear de Juraguá (CEN).

Incluso, del otro lado de la bahía, en la ciudad de Cienfuegos, también es posible ver la cúpula.

“Llegué aquí por azares de la vida hace ocho años. Era un entorno diferente a mi origen campestre. Poco a poco fui conociendo del olvidado proyecto al que algunos se aferran todavía”, cuenta el graduado de Historia en la Universidad de Camagüey, que nunca imaginó cuánto había por descubrir en este sitio todavía.

Bien mirado, a la larga no existe mucha diferencia entre la [cúpula] del Reichtag en Berlín, la de Brunelleschi en Florencia y la de los rusos en Juraguá… Son siempre un alarde de prepotencia humana, de inútil grandilocuencia… (Ofelia, personaje de la obra de teatro Zona, de Atilio Caballero).

Vista panorámica de la ciudad nuclear. Foto: Lenier González

Vista panorámica de la ciudad nuclear. Foto: Lenier González

Fue a inicios de la década del 70 del siglo pasado cuando la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y Cuba comenzaron a desarrollar un proyecto de cooperación para introducir la energía nuclear en la isla. Se preveía construir varias plantas electronucleares: primero en Cienfuegos y más tarde en Holguín y Pinar del Río.

La generación de electricidad a partir de energía nuclear —se pensó inicialmente la instalación de dos reactores VVER-440 en Juraguá— garantizaría más del 25% de la demanda del sistema electroenergético nacional.

Tras el accidente nuclear de Chernóbil, en abril de 1986, hubo también mucho miedo en la capacidad cubana para operar el reactor, que si bien no era tan peligroso como el RMBK-1000 de Ucrania, algunos, en su mayoría vinculados al proyecto, creían que terminaría en desastre. Sin embargo, quienes formaron parte de la que sería la mayor obra industrial cubana del siglo XX, afirman que el destino no hubiera sido el mismo.

Fidel Rodríguez Mas contaría a la prensa cienfueguera que se trataba de un proyecto seguro, necesario para Cuba, y que quienes se prepararon para su explotación lo hicieron con toda la profesionalidad necesaria.

Otros como Renata Borges aseguran que se hicieron muchas pruebas de calidad y se respetaron, de manera estricta, las normas mundiales. “Los comentarios de que los cubanos también hubiéramos provocado un desastre son infundados y de mala fe”.

De los reactores VVER-440 modificados de la versión V-213, que serían usados en los reactores de Juraguá, la mayoría aún operan en las plantas eslovacas de Bohunice y Mochovce, Loviisa (Finlandia), Paks (Hungría) y Dukovany (República Checa).

Nadie podría afirmar entonces que los reactores de Juraguá correrían la misma suerte que Chernóbil.

Con las presiones de Estados Unidos para que no se construyera una planta nuclear tan cerca de sus fronteras y la disolución de la URSS, Cuba fue incapaz de sostener un proyecto como ese en medio de la crisis que sobrevino.

Foto de archivo: Cortesía de Leiner González.

Foto de archivo: Cortesía de Leiner González.

Romelia Pavón recuerda la decepción y la frustración de su hijo cuando Fidel Castro anunció la paralización del proyecto en 1992.

“Todo el tiempo de estudio y preparación en el extranjero habían sido en vano”, cuenta la señora de 83 años. Su hijo tuvo que reorientarse a otra profesión y años más tarde se fue a Europa, “definitivamente”, insiste Romelia.

La periferia se llevó todo el hierro y tuve que venir hasta aquí a buscarlo. Una hora y media de marcha hasta el lugar prohibido. Escondiéndome entre la vegetación. Marabú. Mucho marabú. (El Nervio, personaje de la obra de teatro Zona, de Atilio Caballero)

Un proyecto que se quedó en sueños

A pesar de varios esfuerzos del gobierno cubano por retomar con otros países el proyecto nuclear, cuya obra civil del primer reactor estaba a más del 80 por ciento, a inicios del 2000 la UPI-CEN se abandonó definitivamente y comenzó a desmembrarse.

Aunque fue sometida a un amplio nivel de conservación —la URSS destinó para ello 30 millones de dólares— el otrora Ministerio de la Industria Básica dictó una resolución que permitía comercializar las válvulas, bombas, tuberías especiales, sistemas de ventilación; todos los insumos almacenados.

“Todos los días llegaban equipos pesados de transporte, a cargar la última voluntad de lo que un día fuera el sueño de la generación de energía eléctrica en Cuba”, contó uno de los trabajadores de la obra.

Foto: Lenier González

Foto: Lenier González

El vandalismo local también sacó ventaja. El pueblo se sirvió allí de cualquier recurso que pudiera mejorar su vida: cabillas, hierro, zinc, tubos, plástico.

Hoy esa es zona prohibida. No se puede pasar, aunque algunos todavía se arriesgan. Sortean la vigilancia en las garitas, se camuflan en las noches para continuar el lento descuartizamiento.

“No se puede tirar fotos”, cuenta una joven universitaria que trabaja como guía turística y pide el anonimato. “Pero muchos extranjeros pagan para ver la planta de cerca. Son viajes rápidos y es muy difícil entrar, porque al que cojan…”. También ella sabe que si trasciende que lleva a los viajeros por la zona puede irle mal.

Entre las pocas fotos públicas tomadas en el interior de la UPI-CEN sobresalen las de Darmon Richter un cronista viajero que sorteó la maleza y los mosquitos, para entrar al reciento por una vía alternativa, tras un intento fallido de soborno a los guardias.

“Pero valió la pena correr el riesgo”, contaría en su blog en 2014. “Las imágenes del interior son impresionantes. Parece un sitio robusto. Ojalá se utilice para algo positivo”.

Pescar en los alrededores también puede ser un problema. Cuenta José Luis Colina, habitante de El Castillo, que hay quien se arriesga y tira las redes por esa zona buscando mejores capturas, pero está prohibido.

Otra ciudad comenzó a crecer más allá de los límites de la ciudad reconocida. Arrabal. Zoco marroquí en medio del trópico. Corrales, callejuelas, canales, jaulas, fango y hierro, territorio de sacrificios, compra-venta, encuentros furtivos; otra alternativa para la supervivencia. (El Nervio, personaje del libro Zona, de Atilio Caballero)

Interior de la central electronuclear. Foto: Tomada del blog The Bohemian Rapsody.

Interior de la central electronuclear. Foto: Tomada del blog The Bohemian.

En la ciudad nuclear la gente se reinventa

Carlos llega a la comunidad de El Castillo, después de algunas horas en el mar.  Ahora es pescador siguiendo la tradición familiar, antes fue mecánico y tornero.

“Cuando cerró la CEN cogí mi barco y me hice al mar. Aquí no hay muchas alternativas de empleo”.

Esa capacidad de reinventarse, esa tragedia de la frustración, ha sido carne de guión para distintos audiovisuales, como el célebre documental Bretón es un bebé, de Arturo Sotto, en el cual se cuenta la historia de un traductor de ruso reconvertido en ganadero; o la película “La Obra del Siglo”, de Carlos Machado Quintela.

Y está también la historia de la kazaja Natalia Nikoláevna, quien llegó a la CEN con su hijo en los 80, a reencontrarse con su marido, un cubano que trabajaba en la planta nuclear.

Le sobrevino luego el cierre de la planta y el divorcio con su esposo. El dinero nunca fue suficiente para regresar a la ciudad asiática donde había nacido.

“Tenía una pesa portátil y se dedicaba a pesar a las personas y cobrarles por eso”, cuenta Lenier. “Aprovechó su hermosa voz para cantar a los turistas y solventar así su existencia”.

Suele vérsele todavía en alguna cola, desandando la ciudad que hizo suya casi a la fuerza. Con una pensión por enfermedad mental, nadie se atreve a llamarle loca. La mayoría le tiene lástima.

“Quiere que la reconozcan como cantante”, agrega Raydel Pozo. “Pero en el fondo estoy seguro que quiere regresar a su casa y dejar esta ciudad fantasma. Pero no tiene cómo”.

NATALIA NIKOLAEVNA from Adrián Silvestre on Vimeo.

No hay nada a la vista que les impida salir. Tampoco parecen tener la intensión ni la disposición de hacerlo (…) Están aislados, pero no encerrados. Pueden largarse, pero no lo hacen. (Zona, Atilio Caballero).

Una ciudad sin empleos

Es verano y mediodía. Mientras abanica a su hija de meses, Lenier piensa en la fallida UPI-CEN.

“Si hubieran terminado el primer reactor en 1995 tal vez no hubiéramos tenido muchos apagones; pero es mejor dormir con el calor natural a uno provocado por la energía nuclear fuera de control. En mi opinión, con la crisis que teníamos en aquel periodo lo mejor fue que la planta de Juraguá nunca produjera un kilowatt”, dice.

Acaba de ver la miniserie Chernóbil, coproducida por las televisoras HBO y SKY. Reconoce en las imágenes recreadas de los ómnibus para la evacuación de Pripyat algunos que todavía circulan por la CEN. Le enternecen las similitudes entre ambas ciudades: la de Ucrania y la de Cienfuegos.

“Tienen un parecido urbanístico impresionante. Abandonada una y semi-poblada la otra. Pasaron de ser pueblos de futuro a simples lugares sin sueños. Aisladas por diversas circunstancias del desarrollo actual”, reflexiona.

Raydel Pozo trabaja en Cienfuegos desde hace 15 años y viaja cada mañana como puede: en la patana a través de la bahía o recorriendo 40 kilómetros por carretera en el charangón o en “botella”.

“En este pueblo no hay trabajo”, asegura. “Se suponía que un gran número de personas acá estarían vinculadas a la planta de Juraguá. Algunos se han mudado y mantienen sus casas cerradas. No pueden ni venderlas. Nadie quiere venir a vivir a una ciudad prácticamente muerta”.

Otros puntos comunes entre Pripyat y la CEN resaltan a la vista de Lenier y le resultan graciosos:

“En el siglo XVII en la estepa donde se construyó Pripyat había un líder al que llamaban ‘Patas de vaca’”, dice. “Hoy alrededor de la CEN son abundantes los huesos de patas de vaca ‘sacrificadas’ irregularmente en los años de crisis.

“La Ciudad Nuclear —nunca fue ciudad y menos nuclear— la habitan más cerdos y gallinas que personas, parecido a lo que sucede en Pripyat, morada solo por animales salvajes”.

Foto: Lenier González

Foto: Lenier González

 Los proyectos ¿peligrosos? para reactivar la soñada ciudad nuclear

Varias inversiones turísticas, especialmente campos de Golf, se proyectan en los alrededores de la CEN. Si se concretaran, algunos de sus habitantes reconocen nuevas oportunidades de empleo y prosperidad.

Pero, una inversión de carácter medioambiental también asusta a sus pobladores. En 2015 se anunció que las instalaciones proyectadas para la Central Electronuclear de Juraguá serán destinadas al Confinatorio Nacional de Desechos Peligrosos. A la gente no le gustó la noticia.

“Es algo muy riesgoso y de poca aceptación popular. Es un proyecto que se ha desarrollado casi en secreto y del cual se habla poco”, cuenta Romelia Pavón.

Las principales razones para la selección de este sitio se deben al rigor de los estudios previos a la construcción de la UPI-CEN, los cuales abaratan la futura inversión. Al parecer el sitio es una locación robusta para el manejo de tales sustancias.

Sin embargo, los estudios efectuados hace más de 30 años, estaban encaminados al tratamiento de los desechos radioactivos, no tóxicos.

Por tal motivo, en el Centro de Estudios Ambientales de Cienfuegos (CEAC) se realizó una investigación medioambiental que, en un radio de acción de 10 kilómetros a la redonda, caracteriza el medio físico (clima, agua, aire, mar, suelos), la biota (vegetación, recursos forestales, fauna y relaciones ecológicas) y la población, la salud, la economía, la cultura y la infraestructura.

“El confinatorio es finito, tiene un límite”, admitió Zenaida Usagawa Ramos, miembro del grupo investigador. “Se deben crear condiciones y una infraestructura de laboratorios para evaluar la disminución de los volúmenes, su reutilización y neutralización. Esas sustancias deben tener un adecuado aprovechamiento y tratamiento para que no se conviertan en otro problema”, concluye.

Sin embargo, no bastan estudios para responder las inquietudes de los pobladores de la CEN y sus alrededores. Le temen a la contaminación de sus recursos naturales, a un mal manejo de los desechos, al incumplimiento de las normas, al cáncer. No olvidan el desastre de Chernóbil.

Aunque no se han publicado noticias recientes sobre el asunto, la preocupación y las esperanzas de que no se concrete persisten en algunos habitantes. Desde el cine, los jóvenes realizadores Ricardo Sarmiento y Alessandra Santiesteban abordaron el tema en el documental La Bahía.

Lenier González piensa en la recién aprobada Constitución para amparar sus miedos y defender sus suspicacias.

“El inciso a) del artículo 200 plantea que la Asamblea Municipal del Poder Popular convoca a consulta popular los asuntos de interés local en correspondencia con sus atribuciones”, explica.

En su opinión un proyecto de esta naturaleza debe tener una verdadera aprobación popular y debe consultarse con la gente.

“Las paradojas de la vida —concluye—: de la ‘Obra del Siglo’ a peligroso basurero”.

Este iba a ser el centro del centro, la créme de la créme, el cogollito, ejem… la ciudad ideal. El centro del centro de la comunidad perfecta dentro de un orden perfecto. Ahora ni siquiera queda la nostalgia, y se perdió el sentido. Y la ausencia de sentido también es melancólica. Y perversa. (Omar, personaje del libro Zona, de Atilio Caballero)