Ser miembro de la comunidad de los otakus (fanático cuasi-irracional al manga, anime, videojuegos, música pop, bailes pop japoneses, y un amplísimo etcétera) no es cosa fácil. Si es ese tu caso, sabes de lo que hablo. Si no, para inmediatamente la lectura: este texto NO es para ti.

No importa si eres chica o chico, es probable que lleves los cabellos y el peinado como tributo a tu personaje favorito, puede que te rapes la mitad de la cabeza o que tu cabellera sea un doble tono verde-rosado. Esas son puras nimiedades.

Pero si eres otaku en Cuba o “manga-mongo”, como cariñosamente nos llamamos entre nosotros aquí, sabes de las vicisitudes para conseguir los más recientes capítulos de tu anime o manga favorito, o la nueva película de Miyazaki, o la última versión de Pokemon o  de Super Mario, o el CD de Vocaloid.

Y seguro sabes también que hay un evento anual, organizado por un muchacho tan o más otaku que tú, que hace cinco años deja alma y piel para aunar a todos los fanáticos. El Festival Otaku de La Habana, convocado por Enrique Mayo y su proyecto Freak Zone, es el evento más grande que se organiza en el archipiélago dedicado a la cultura pop japonesa.

La quinta edición recién culminó este domingo nueve de septiembre de 2018. En cinco años de existencia, los de Freak Zone han logrado hacer confluir a instituciones estatales y otras de índole privada en el esfuerzo común de divulgar la cultura popular nipona en suelo cubano.

Varios jóvenes esperar su turno para entrenar a La Cabaña. Fotos: Yudith Vargas River

Sábado y domingo fueron días de intenso ajetreo para Enrique y su equipo. Desde la 1 p.m., la fortaleza de La Cabaña abrió sus puertas a la fanaticada anhelante, más de 3000 mil jóvenes y adolescentes. Leíste bien, ¡3000 jóvenes! Casi lo mismo que en un concierto de Los Ángeles y tanto como el de un reggaetonero de moda.

La espera bajo el cielo nublado con amenaza de lluvia valió la pena -pensé- mientras entreveía varios personajes de mis series predilectas revivir con la magia del cosplay. Así y todo, con mis 30 años de edad a cuestas, me percato de que en la multitud no soy yo la más vieja. Allí estaban los padres y madres acompañando a sus vejigos, y muchos “mayores” hasta llevaban sus souvenirs de Naruto o incluso, participaron en la competencia de disfraces.

Varios organizadores del evento también fueron disfrazados a la cita. Yudith Vargas Riverón.

Varios organizadores del evento también fueron disfrazados a la cita. Yudith Vargas Riverón.

Competencias de videojuegos y de juegos de mesa, manualidades tradicionales japonesas, bailes típicos, competencias de cosplay y de AMV (Animated Music Video) lograron inmiscuir al público asistente en una actividad nunca antes vista.

Enrique Mayo estaba feliz, y se le notaba.

Este año hubo algo singular, por primera vez el evento incluyó  hablar de salud sexual y también del cuidado y protección a los animales abandonados. El Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX) y el proyecto ciudadano Protección de Animales de la Ciudad (P.A.C) aprovecharon el momento para dar sus mensajes a una audiencia cautiva.

Finalmente, llovió. Ensopados en el aguacero pero radiantes, vivos, felices, estaban los otakus de Cuba. Sí, porque vinieron compinches de Pinar del Río, Matanzas, Artemisa, Camagüey, Villa Clara y hasta de Santiago. Yo me sentía en el cielo con diamantes: la alegría era contagiosa y los abrazos se repartieron gratuitamente. No se desperdició la buena vibra, ni en la demostración de cómo vestir un kimono tradicional, o cómo escribir kanji (caligrafía japonesa) o hacer origami, abatir a un rival en un videojuego o simplemente dibujar.

Incluso bajo la lluvia, jamás detuvieron sus bailes los asistentes al festival. Fotos: Yudith Vargas Riverón.

Incluso bajo la lluvia, jamás detuvieron sus bailes los asistentes al festival. Fotos: Yudith Vargas Riverón.

El domingo, en el Teatro Lázaro Peña, tuvimos que conformarnos con llenar nuestros asientos, porque fue el día para la entrega de premios y el reposo, la calma necesaria o tregua fecunda. La ceremonia duró dos horas, y al término del evento, quedó clarísimo que la Sexta Edición del Festival Otaku de La Habana, en 2019, será  mejor.

Porque ser otaku en Cuba es más que llevar una ropa estrambótica y un peinado policromático, es más que ser adicto al manga, anime, videojuegos, música pop, bailes pop japoneses y un extenuante etcétera: ser otaku en Cuba es ser diferente, es ser trasnacional y un poco postmoderno, es que no te comprendan y no te importe, es ser parte de una comunidad, de un grupo “otro” de gente que como tú, cree que algún día, los otakus dominarán el mundo.