Cuando tenía 23 años Noemí González comenzó a enseñar matemáticas en el nivel elemental. A los 50 fue diagnosticada de cáncer de mamá, sufrió una mastectomía y continuó en las aulas hasta que una década después se jubiló con una pensión de 13 cuc. Hoy continúa trabajando para subsistir.

Para el 2011, el año en que se jubiló la maestra, el nivel de gastos del consumo básico en el archipiélago caribeño había sido cuantificado por el economista Raúl González Sandoval en 33 CUC. Con su pensión, ella apenas cubría poco menos de un tercio del costo de vida más elemental.

Ella hoy paga sus cuentas cada mes es gracias a los ingresos que percibe de su trabajo como doméstica en un hostal para turistas. No es de extrañar que la anciana integre el grupo de jubilados que suman el 11 por ciento de los trabajadores autónomos en Cuba. Son ancianos que, luego del retiro, tienen que seguir trabajando para sobrevivir.

Esto significa que 60897 personas, después de una larga vida laboral, han vuelto a ocuparse de manera formal. Pero el mercado de trabajo para la tercera edad en Cuba no se resume a este grupo. Otros ancianos como Aleida Urquiola trabajan desde la informalidad, sin engrosar estadísticas, sin que su nombre se convierta en un número más, pero igual trabajan.

Ella también cobra una pensión simbólica. Treinta años como recepcionista en una empresa estatal equivalen hoy a 10 cuc de pensión. Con ese dinero podría comprar, por ejemplo: un par de ristras medianas de cebollas y ajo. Nada más.

Para equilibrar sus ingresos con el costo de vida, Aleida sostiene dos empleos a la par: atender a una anciana encamada y hacer las labores domésticas para esa familia. Además, eventualmente duerme en los hospitales como acompañante de pacientes ingresados. Con el primer empleo cobra 30 cuc mensuales y recibe algunos regalos; y por las noches en las salas gana otros 5 cada vez que es contratada.

Aleida cojea un poco al caminar por una deficiencia en la cadera. Usa espejuelos con cristales de notable aumento y evoca a Dios constantemente. Se le nota cansada y marcada por los años. En enero cumple 70.

“Es imposible tener una jubilación segura y tranquila con lo que gano. Mientras sea capaz tengo una única opción: seguir trabajando”, dice la mujer cuando se le pregunta por qué sale cada día a laborar como doméstica.

Ella pertenece al grupo de ancianos cubanos que han tenido que renunciar a su descanso en las últimas décadas y seguir generando ingresos. Para el 2010, La Encuesta Nacional de Envejecimiento Poblacional (ENEP) registró que el 55 por ciento de los ancianos que volvían al trabajo en la isla estaban motivados por la necesidad del dinero para sus cubrir sus gastos; mientras que un 22 debía contribuir a la economía familiar más allá de sus pensiones.

Noemí vive con su hijo y un nieto adolescente en el centro de Pinar del Río, el extremo occidental de Cuba, pero trabaja como empleada doméstica en otra ciudad vecina. Mientras haya clientes la antigua maestra se despierta antes de las 6.00 a.m. toma el transporte público y viaja unos 50 km desde su casa hasta el municipio de Viñales, un destino famoso para los turistas por su valle natural. Al final del día regresa con 5 cuc en el bolso. Casi la mitad de su pensión mensual.

—Cuando escuché de este trabajo lo tomé sin dudar —dice la mujer con una mezcla de optimismo y resignación. Con lo que gana de pensión calculado rigurosamente solo puedo pagar la electricidad, medicamentos, la canasta básica que alcanza para unos 10 días y algo de comida.

“Ser doméstica ha sido mi escapatoria; aunque es duro no tener descanso, ni vacaciones, ni jornadas delimitadas. Esto es trabajo y más trabajo. Y mira la edad que tengo”, dice ella y esboza una mueca en el rostro.

Noemí confirma que tiene 65 años, pero a simple vista parece mayor.

“En viñales, como es zona turística, el nivel de vida es más alto y casi todos los hostales contratan domésticas. Cada vez somos más y de todas las edades. Las más viejas tenemos el tiempo contado porque los clientes prefieren trabajadoras jóvenes. La solución sería tener pensiones reales y poder irnos a casa”.

Cuba ha transitado desde un 11,3 % de personas de 60 años y más, en 1985 hasta un 20,1 % al cierre del 2017. El envejecimiento poblacional parece indetenible y el Gobierno se enfrente al reto de que cada vez un grupo de personas laboralmente activas más reducido, tengan que sostener a un creciente número de jubilados.

Actualmente más de un millón 676 mil cubanos se beneficiaban de la seguridad social por jubilación, invalidez y sobrevivencia. Para ellos la pensión media oscilaba hasta diciembre de este año sobre los 276 pesos (algo más de 11 dólares). Un mes atrás se anunció un ligero aumento de la mínima situada ahora en 242 pesos.

Aún después del aumento con esa suma es prácticamente imposible la vida en la Isla. Para la socióloga Elaine Acosta autora del libro “Cuidados en la vejez en América Latina. Los casos de Chile, Cuba y Uruguay” el impacto de esta crecida salarial será casi imperceptible en la vida de los jubilados cubanos en general, y las domésticas ancianas entre ellos.

La mayoría de los pensionados confirma la especialista que forman parte de uno de los grupos más afectados por las situaciones de pobreza en la isla. “Si observamos sus ingresos, la fuente más generalizada entre las personas mayores es la jubilación o pensión que beneficia al 71,2% de este grupo (ENEP, 2010). Sin embargo, existe un alto grado de insatisfacción respecto de los ingresos recibidos, puesto que el 60% de las personas mayores se siente con privaciones y carencias.  La mayoría de ellos cuenta solo con el ingreso que ofrece el estado”, explica la socióloga.

Aleida dice estar agradecida por tener un trabajo como doméstica y cuidadora donde es bien tratada. Agradecida porque cada día ve ancianos sentados en los bordes de las aceras más céntricas con puestos de venta ambulantes de miscelánea y periódicos, y podría ser esa su realidad. Agradecida porque hay otros que deambulan por la ciudad husmeando en los cestos de basura. “Si llegan a reunir suficientes latas de aluminio como para repletar un saco de ellas aplastadas— cuenta la jubilada— pueden recibir unos 3 cuc extras”.

“No quisiera trabajar a mi edad, ni debería, pero al menos como doméstica pongo comida en la mesa”.

 

Este texto se realizó en alianza con la red Connectas.