Querido Curbelo:

Me fui de vacaciones dos noches y tres días. Aunque no lo parezca, hace mucho tiempo no tenía unas reales. Para mí, las vacaciones tienen un sentido anclado a un estado mental de no pensar en nada. Hueco. Nulidad fina y delicada.

Como no se puede hacer mucho, debido a la pandemia y la cuarentena que no se acaba nunca, rentamos una casa a veinte minutos de donde vivo. Una de las hermosas particularidades de México es que los climas pueden ser muy extremos. Entonces, en  el lugar en el que rentamos la casa había mucho calor y humedad, contrario a donde me encuentro ahora, ya de vuelta. 

 La casa tenía una piscina enorme que, para colmo, tenía calefacción. Además, estaba decorada de una forma bastante interesante: llena de pieles de animales, de cuernos de toro, de cabezas de chivo disecadas. Tenía, además, una cocina con cúpulas hermosas y todos los azulejos eran de talavera. El terreno donde construyeron la piscina está llenísimo de árboles y plantas. Era como bañarse en la jungla. Las costillas de Adán estaban bellas. ¿Has visto esa planta? ¿Sabías que en el último mes me he vuelto la más loca de las locas por las plantas? 

La casa la rentamos entre Gary, su hermana y sus tres compañeras de piso. Como todos vivimos en el mismo edificio, no fue necesario ni preguntarnos si alguno, quizás, tenía coronavirus. Ahora todo el mundo pregunta eso, o quiere preguntar eso, o te mira raro porque sospecha eso. Me funde. 

Fue maravilloso estar allá hasta la noche de ayer. Pensé que había logrado relajarme totalmente; sabes que eso me cuesta. No abrí un libro en tres días ni respondí al teléfono ni me preocupé por nada. Nada. Me sentía muy contenta. Eso fue hasta ayer por la madrugada, que decidimos, las chicas y yo, meternos en la piscina. Estaba caliente el agua y se sentía cómo afuera corría el aire y estaba frío. Pero el agua estaba muy caliente. Tanto es así que me puse a nadar un poco para refrescarme y me fui hasta el otro borde de la alberca. Mientras las chicas por allá tomaban ron y fumaban cigarros, yo empecé a imaginar que de toda esa espesura iba a salir algún secuestrador, nos iba a enfilar a todas, nos iba a llevar, nos iba a inyectar heroína y ya. Ahí comenzaría la oscuridad existencial y el desgarramiento físico. Me fui corriendo a la otra punta, con el resto de las muchachas y les comenté el trip que había tenido. Ellas se burlaron de mí porque dicen que tengo mucha imaginación. Esa misma mañana había estado imaginando que había gorilas entre los árboles. Y pues sí, quizás tienen razón.

Pero lo cierto es que eso que imaginé en la piscina lo imagino todos los días. Que me rapten es una de las cosas a las que más le temo en la vida. No solo por mí, sino también porque es una de las agresiones que más involucra a terceras personas y a los bancos y a los prestamistas. Porque si a mí me raptan no sé cómo Gary va a pagar mi rescate, ¿entiendes?

Yo sé que es una bobería estar pensando en eso todo el día. Estar contemplando escenarios posibles en los cuales ocurre un rapto o un levantón, y yo intento solucionarlo. No vale la pena. Si eso pasa creo que no podré hacer mucho premeditadamente. Hueco negro. Nulidad existencial. No obstante, es imposible evitar que me ponga muy nerviosa cada vez que me encuentro en un lugar solitario, esté sola o acompañada. Siento que todos estamos siempre en riesgo. Y sé también que en un lugar cualquiera se puede tener este sentimiento, pero aquí esa punzada se arraiga. Se me arraiga. México es uno de los países más peligrosos del mudo, en relación a este tipo de agresiones. Aquí se normalizan las muertes, los balazos, los secuestros, los feminicidios. Hay un fraccionamiento cerca de acá en el cual viven todas las mujeres de los narcos o de los secuestradores. Llevan a sus hijos a la escuela por turnos y no pueden salir de ese lugar. Ahí ni la policía entra. Y es normal. Todo es normal. También hay una web llamada El blog del narco en la cual los distintos carteles de droga suben sus videos asesinando o torturando a otras personas; así queda claro quién es más poderoso, quién tiene la sangre más fría. Y es normal. Todo es normal.

Una amiga, que también reside acá, me comentó que a ella vivir cerca de un volcán le hizo cambiar su perspectiva de la vida y del existir. Qué bonitas frases las de mi amiga. A mí acá me la cambiaron los secuestros. Enterarme de tantos y tantos secuestros. Todas las semanas hay un secuestro. Casi todos los días hay un secuestro. Qué feas frases las mías. 

Y nada, que ya estoy de vuelta. Descansé bastante y, obviando el trip que tuve en la madrugada, todo estuvo de lujo. Solo quise contarte esto porque sé que tú también, a veces, tienes miedos similares. Temes que te secuestren a ti o a los tuyos.  Que te desaparezcan a ti o a los tuyos. Hueco negro, nulidad existencial. Qué feas frases he escrito de nuevo. 

Respóndeme pronto.

Cuídate.

Te saludo,

Amanda. 

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