El viento ulula por trillos y laderas, casi con alaridos, al filtrarse entre los árboles del lomerío La Vallet. Con visibilidad prácticamente nula por culpa de la lluvia que se adhiere al rostro, Demesio García, protegido con gruesa capa, levanta los brazos en modo de señal para agilizar el paso a los vecinos. Su casa de mampostería es la única a cientos de metros a la redonda capaz de resistir las brutales ventiscas del huracán Irma.

Aunque apenas posee un baño “que no descarga”, una sala-comedor y tres cuartos, Demesio y su esposa Ilia amparan 12 familias, en conjunto, 39 personas.

“Nosotros tenemos experiencias de años anteriores. Por el caserío regué la voz de que no quería a nadie en una casa que no estuviera fuerte. Siempre hubo gente que prefirió quedarse en sus viviendas, pero yo les brindaba, al menos, un lugar seguro donde resguardarse. Estuvimos dos días de seis de la tarde del viernes hasta la misma hora del domingo; unas 24 horas de huracán y 48 de ráfagas de vientos y precipitaciones.”

Aunque apenas entreabría los ojos, divisaba cómo las ráfagas ondeaban árboles, arbustos, tejas de zinc y antenas como banderas. Un sentimiento de frustración le invadió cuando levantó la vista y contó en su casa menos personas de las esperadas.

Huracán Irma en Cuba

Casa de Demesio. Foto: Iris C. Mujica

“Estamos a 4 kilómetros y pico del pueblo. No puedes salir debajo del ciclón para un refugio. Lo más lógico es atender a las personas aquí, como se pueda. Con colchones en la sala, recostados en la pared y en sillas. En mi cama durmió mi esposa con una vecina y sus dos niñas, para que se tenga una idea. Desayunamos, almorzamos, comimos e hicimos más de seis veces café. Fueron dos días donde todos compartimos las poquitas reservas alimenticias que contábamos. Sobrevivimos con nuestros recursos.”

Acentuado por una oscuridad inquietante y el aullido crujiente de la tempestad que intentaba penetrar por paredes y puertas, las personas resguardadas en casa de Demesio comenzaron a hacer pequeñas velas con algodón y aceite u otras cosas útiles para “sobrellevar” la obligada estadía.

La casa está fuerte, pero tuvimos que afincar las puertas y ventanas con trancas de palo debido a la fuerza de los vientos. Las elaboraciones las hacíamos con un fogón pique y otro con bala de gas. El baño fue lo peor. Éramos muchos y no podíamos halar agua porque no había corriente. Se cargaban cubos de agua potable para descargar y otros que se guardaron para fregar o cualquier otra cosa,” asegura este anciano de 74 años de edad, pero espíritu de veinte.

Huracán Irma en Cuba

Familia de Demesio. Foto: Iris C. Mujica

De otros momentos aciagos, Demesio guarda recuerdos que desempolva para nosotros. Viajando a trancos por su memoria llegan contundentes imágenes hasta ahora delebles: “¡Imagínate tú! He albergado a tanta gente, en tantos ciclones que no llevo cuentas. Hubo un año que tuvimos 70 personas. En otra ocasión permanecieron dos familias por casi dos meses porque el ciclón les tumbó sus casas y una muchacha, hoy es como hija nuestra, vivió con nosotros por dos años. No podíamos dejarla sin techo.”

Apenas el huracán Irma abandonó el territorio placeteño, se observaron estragos que nadie imaginó que pudieran ocurrir: “Cuando empezó a calmarse el viento la gente con mejores casas se fueron marchando. Otras quedaron una segunda noche porque sus viviendas se encontraban más lejos y el mal tiempo en general se mantenía. Todavía no he podido dar mucha vuelta porque tengo un montón de trabajo aquí, pero me dijeron que no todos los techos estaban.”

Demesio García, una vez más, hizo de su casa un refugio de protección social. Brindó su sala, cocina, cuartos y comedor. Vertió sus reservas de agua en el inodoro colectivo una y otra vez. Ofreció hasta el último gramo de comida y no le preocupa porque gente buena como él o su esposa sienten verdadera plenitud cuando ayudan sin recibir nada a cambio. Sin embargo, siente herida su sensibilidad cuando ignoran o minimiza sus esfuerzos.

“Hablé con directivos del gobierno y aunque no me negaron nada tampoco recibí la asistencia que necesitaba. Simplemente me dijeron que en el sistema que ellos tenían este año, casas como la mía no estaban consideradas centros de evacuación. Mi consejo es que no se pierdan las casas de protección colectiva como esta que puedan brindar auxilio; y aclaro que no son viviendas de reubicación familiar, que sería el caso de que yo fuera con mi hija o ella viniera para acá, porque ninguna de las 39 personas que se quedaron aquí son familiares míos. Mi única intención fue ayudar y salvar vidas. Nada más.”

Huracán Irma en Cuba

Foto: Iris C. Mujica