Un día Manuel me dedicó una canción de Aerosmith. Y me dijo que esa era una de sus canciones preferidas. Y otro día me regaló un asiento al lado suyo en las clases de historia, y un tiempo después mil consejos y mil abrazos. Me dejó una foto y la seguridad de que esa no era la despedida.

Manuel es un amigo que ahora vive lejos. Quiso ir para Brasil en busca de una maestría sobre masculinidades y de un amor que hizo en Cuba, cuando una muchacha quiso aprender español y un poco de periodismo socialista, del que quizá necesitan en su país. A mi amigo nunca le aprobaron la maestría, pero su muchacha, rubia linda, como dice él, le indicó el camino y le dijo que abriera bien los ojos en los aeropuertos. Y yo le advertí que cuando se fuera, tuviera cuidado porque él se queda dormido y ronca en cualquier lugar.

A Manuel lo conocí cuando vine a La Habana por primera vez. Fue un domingo, hace ya ocho años. Los dos llegamos de Pinar del Río a La Capital para hacernos historiadores. Él, un apasionado por el fútbol, se hizo historiador; y yo, presidente de su comisión de embullo, intento ser periodista.

Manolito era dialéctico, martiano y regado. Dormía con la boca abierta y en ocasiones mencionaba nombres femeninos que fui conociendo. En las clases de Filosofía dibujaba las posiciones de los integrantes del Real Madrid, en una libreta de hojas grandes donde escribía todas las asignaturas.

Mi amigo Manuel y yo estábamos becados y teníamos un cuartico y una litera que compartimos varios años. Nos quedábamos dormidos tarde, a veces con hambre, leyendo un libro de Historia Universal o de Eduardo Galeano. En los primeros años de estudio hablábamos de cuando estuviéramos graduados y de la posibilidad de quedarnos en La Habana. Queríamos trabajar en un buen lugar, elegido por nosotros mismos, para superarnos e investigar sobre lo que estudiaríamos en la carrera.

Sabíamos que la Historia daba para vivir, si buscábamos espacios dónde crear. Pero nunca supe que Manuel quería irse. De eso me enteré cuando ya tenía la visa aprobada con todos los cuños necesarios. Me dijo que iría a probar suerte con su novia y si no funcionaba, volvería a Cuba.

Me explicó que no podía esperar porque ese era su momento, porque era joven y quería experimentar, y conocer otros lugares, comparar y volver otro día. Me dijo que siempre volvería a Pinar del Río, pero que tenía ganas de conocer Brasil.

Manuel y yo hablamos de Jesús, un amigo nuestro que se graduó como historiador y ahora es dueño de unos de los restaurantes que más vende en La Habana. Me dijo que fulana y mengana se habían ido a pasar cursos a España y México. Quizá esas eran las justificaciones que Manolito tenía para convencerse de su partida al país que le gusta mucho porque además, tiene una temperatura entre veintiún y veinticuatro grados Celsius.

Este es mi quinto amigo que se fue. El quinto amigo que me decía: nos escribiremos todos los días por Facebook y por correo, y te mandaré fotos y guardaré dinero para cuando venga a Cuba ir a los lugares que más te gusten.

Es posible que él no ejerza lo que estudió, porque quizá en Brasil no necesitan historiadores cubanos. Ahora hablamos casi todos los días, bueno, nos escribimos: ¿Manu, sabes que estoy haciendo ahora? Escuchando Aerosmith, y aquello de I don’t want to miss a thing…jejeje “Ñooooooo Yoe…”

Pero después no pudimos escribirnos más, porque a él se le cayó la conexión.