Mi abuela nació en 1942 en un hospital de La Habana. Fue el único lujo que se pudo permitir la familia, durante su niñez y toda su adolescencia. Caridad Delgado Areces llamaron a la menor de las hijas como una plegaria a la caridad de Dios, un grito desesperado por mejorar aquella vida de carencias y necesidades.

Mi abuela nació y creció pobre, muy pobre. Tan pobre que vivían todos apretujados en una casucha de Corralitos, arando surcos y criando vacas. Nadie fue a la escuela, nadie aprendió a sumar, ni a unir la sílabas para formar palabras.

Mi abuela aprende peluquería, a duras penas estudia hasta el sexto grado y escucha hablar de Batista. No sabe nada de política, no le interesa la política. No le incumbe nada más que sobrevivir, comer, tener un techo, trabajo, cuidar de los suyos.

Los 50 fueron tiempos difíciles. La vida en el campo es dura – me cuenta.

Se muda a Herradura, pequeño poblado de la provincia de Pinar del Río y encuentra trabajo en una peluquería. Caridad tiene 17 años y está embarazada. La mayor de sus hijas nace el 13 de agosto de  1959, el año que triunfó la Revolución y el día que Fidel Castro cumplía 33 años.

Siete años después, con la incipiente Revolución creciendo, mi abuela tiene ya cuatro hijas y un marido ausente. Sola asume la crianza de las niñas, sola construye una casa con cuatro tablas y piso de tierra, sola consigue alimentar a cada una de ellas.

En ese entonces mi abuela, casi analfabeta, comienza su romance con la  Revolución. Como los novios recientes, los primeros años son de total idilio y entendimiento. Mi abuela aprende a ser revolucionaria, a hablar de Fidel, a admirar a Fidel, a participar en cuanto acto político se convocara, a ser parte de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR).

Nunca la conocí de esta forma. Cuando yo llegué, el tiempo le había quitado las ganas, la burocracia le había carcomido el carácter. Ya no se interesaba por política, poco le importaba este o  aquel cambio, o quien gobernaba o imponía las leyes. Tal cual como le sucedió en su adolescencia, la única prioridad de su vida era su familia. Todo lo demás le era irrelevante.

Son las ocho de la mañana del 26 de noviembre y mi abuela escucha que Fidel Castro ha muerto. Llora, y maldice, maldice y llora, y así sucesivamente a lo largo del día. Mi abuela dejó hace mucho tiempo de ser “revolucionaria” (de esa extraña forma que exigen en Cuba), de gritar consignas, de ser militante. Sin embargo mi abuela llora a Fidel.

La cosa más importante del mundo para Caridad Delgado son sus cuatro hijas. Nada más la socava, nada más le interesa. Pero ese día a las ocho de la mañana, las lágrimas no dejan de brotarle de los ojos.

Mi abuela agradece en silencio, y es agradecimiento limpio de madre, auténtico, sin ningún montaje, o guión predeterminado. Agradece a Fidel la educación gratuita de mi madre y mis tías, cada una de ellas universitaria, su orgullo más grande.

No recuerda hoy a Fidel guerrillero, político, abogado, o luchador incansable. Solo recuerda y llora a la persona que ayudó a la formación de sus hijas, al hombre que permitió que una guajira pobre y sin dinero, pudiera mandar a sus hijas a la universidad.