“Al fin en todas las listas negras”. Ese —pensó por mucho tiempo— sería su sarcástico epitafio, pero la “República de las Letras” lo impidió, al consagrarla en 2018 con el Premio Nacional de Literatura de Cuba. Así lo contó, con su irónica chispa de siempre, en el discurso de agradecimiento del magno galardón, en el cual recordó también a la tía que le regaló, cuando solo levantaba seis años del suelo, una lamparita para leer en la cama y un ejemplar de Los tres mosqueteros; objetos que aún conserva más de 60 años después.

Qué olfato bendito el de aquella tía que distinguió, en la temeraria intranquilidad de la niña, otra mosquetera de Alejandro Dumas. Una, que en lo sucesivo tendría que pelear fortísimo, a pura honradez y talento, con dogmas y mezquindades: Mirta Gloria Yáñez Quiñoá, o simplemente Mirta Yáñez, como la encumbra la narrativa, la poesía, el ensayo, la escritura para niños, el feminismo y la docencia literaria cubana de los últimos 40 años.

“El que no sabe lo que está pasando, o no lo ve, es un inocente; ahora, el que sabe algo y se silencia, por miedo, por no buscarse un problema, por mantener un estatus, por no resultar polémico, por cualquiera de esas cosas, es un farsante, y la historia le pasará la cuenta”, disparó en una entrevista.

Ella, como es de suponer, no ha callado ante lo injusto; no ha bajado la cabeza ante lo autoritario, se ha buscado líos, ha pecado por “coger lucha” y cuando la bronca ha llegado al río: solamente se ha ordenado a sí misma: “sangra por la herida”, como tituló una de sus novelas, distinguida, como otros cuatro libros suyos, con el Premio Anual de la Crítica.

De la Juventud Comunista la sacaron dos veces. La primera, ha contado, porque algunos de sus profesores, de los que era amiga, “no le caían bien al mundo oficial”. Paradójicamente, pocos han sido más jóvenes que ella en mirar la vida desde lo rebelde, desde lo osado, sin “juvenilia” pueril, pero con pensamiento impermeable al añejo conservadurismo. Pensando, sobre todo, que cualquier tiempo es poco para crear, quizá en pago a ilustres maestros a los que guarda una fidelidad irrompible: Ezequiel Vieta, Nuria Nuiry, Camila Henríquez Ureña, Roberto Fernández Retamar…

En el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), donde soñaba ingresar, no la aceptaron porque no estaba “clara ideológicamente”. Y si algo la ha distinguido es la claridad: para decir limpiamente lo que piensa, para no prestarse a bajezas ni regalías tapabocas; para ganar haciendo lo que otros ostentan hablando.

A ella y a Marilyn Bobes se debe la antología Estatuas de sal… (1996), en la que se rescató y dignificó a las narradoras cubanas ante un panorama de eventos, concursos, antologías y demás espacios intelectuales que las ignoraban olímpicamente. En ese volumen —y no es dato menor— se sumaron escritoras de la Isla que vivían allende los mares. Porque la Patria y sus identidades, ya lo sabemos, son más que una situación geográfica o una filiación política.

Miembro de la Academia Cubana de la Lengua, disfruta como pocos las frases con las que el pueblo resume y regala sabiduría. A compartirlas en el mundo letrado ha contribuido con los títulos de sus libros: El diablo son las cosas y Todos los negros tomamos café (cuentos), La hora de los mameyes y Sangra por la herida (novelas), Una memoria de elefante (testimonio), Cubanas a capítulo (ensayo)…

Asimismo, en su hoja de estudios brilla el hábil manejo del inglés, el ruso, el italiano y el francés; cartas de triunfo —entre tantas— para disertar sobre temas literarios hispanoamericanos en sitios tan disímiles como Estados Unidos, Venezuela, Italia, México, Canadá, Brasil, Nicaragua, Inglaterra, Puerto Rico, Panamá, Francia, Alemania, Argentina, Austria. Allí, allá, acá y acullá, sin creerse cosas. Siendo la misma habanera aplatanada en Cojímar, la misma hiperquinética amiga de perros y gatos que desanda la ciudad y le ama desde las tercas ruinas hasta la furia del mar embravecido.

Posiblemente ninguno de los más de 200 entrevistados que el cantante Amaury Pérez ha llevado a su programa televisivo Con dos que se quieran le haya salido en pleno inicio del diálogo con ocurrencia semejante: agradeciéndole que la invitara para que cierta gente supiera que ella “no estaba tronada”.

Allí también dijo, entre muchas perlas, que en Literatura una cosa era el “realismo sucio” y otra el “realismo cochino”. Y que, más allá de modas y vanguardismos rompedores, al menos cuando ella estaba de jurado en un concurso, había textos que entraban únicamente en una categoría: “SMC: Sobre Mi Cadáver”.

Cierta vez, la invitamos a honrar con una columna suya un modesto boletín electrónico del Departamento de Periodismo en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. No solo aceptó de inmediato dedicar horas y energías a una minúscula publicación como aquella, sino que lanzó rapidísimo un nombre para su sección: “Ruido en el sistema”. Eso ha sido ella: un venerable ruido contra solemnidades y oportunismos, contra cuadrados y mediocres.

Qué suerte que siga sonando.

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