La Constitución de 1976 que ahora enterramos, sufrió en vida. Olvido, desconocimiento, violación. Por supuesto que no siempre, ni en todo momento. La lógica del maltratador no funciona así. También recibió cariños y hasta halagos en público. Pero cuando su creador lo quiso, fue violada y nada pasó.

No podemos decir que fuera forzada siendo menor de edad, porque nació vieja. Buena parte de su cuerpo fue como un Frankenstein en el cual recopilaron a conveniencia segmentos de su predecesora de 1940 y otros implantados directamente de su homóloga soviética de 1936.  Pero desde temprano, aquella recién nacida con alma de adulta fue irrespetada de varias formas sin que mediara ninguna consecuencia.

En la lista de sus victimarios lo mismo podemos encontrar al director de empresa que aprueba una circular interna que contradice sus artículos, a un rector que implementa un Código de Ética para el acceso a internet que lacera la inviolabilidad de la correspondencia, que al mismísimo presidente de los Consejos de Estado y de Ministros que pone su firma en un Decreto-Ley que limita la libertad de movimiento de los cubanos dentro de su país.

La inviolabilidad de la correspondencia: del dicho al hecho

Para colmo de males, la Constitución no podía defenderse. A esa Frankenstein no le pusieron —probablemente con toda intención— manos ni piernas, ni siquiera dientes para morder a quienes la lastimaban. En ella misma no estaban reconocidos los mecanismos para protegerla. Siempre había quienes protestaban, señalaban el abuso, pero eran como vecinos aislados que gritaban desde la acera de enfrente, sin poder entrar a la casa a socorrer a la víctima. Muchos ni siquiera lo notaban, y a otros simplemente no les interesaba defender algo que no sentían que los defendiera a ellos.

Hace unos días, cuando la Constitución de 1976 estaba moribunda, luego de cuatro décadas de agonía, su violador se le acercó sonriente una vez más, y le dio la última sacudida en su lecho de muerte. Fue cruel, porque no solo implicó vejarla, sino hacerlo ante los ojos de su sustituta recién nacida.

En su artículo 137, la Constitución de 1976 establecía claramente que para su reforma total era necesario “el voto favorable de la mayoría de los ciudadanos con derecho electoral”. Sin embargo, ante un cuerpo legal sin vida e indefenso, el gobierno cubano con la amplificación de sus medios de prensa oficiales y la réplica de varios medios internacionales, anunció que la nueva Constitución había sido ratificada con el 86.85% de los “votos emitidos”. Fue la última vejación. Sarcástica, seca, con saña. Sin explicaciones ante quienes reclamaron.

Si bien la Comisión Electoral Nacional también anunció que votaron por el SÍ6 millones 816 mil 169 electores, que representa el 78,30% de la lista actualizada, el número repetido ha sido el de 86.85% de aprobación. Suena mejor, más alto, más victorioso y así lo habían calculado cuando prohibieron a los cubanos con derechos electorales residentes en el extranjero votar en las embajadas.

De esta forma, las abstenciones por elección o por imposibilidad de votar no cuentan como votos emitidos y mejoraran el average, aunque para ello hizo falta un pequeño movimiento (de caderas): violar la Constitución. Pero… qué le importa al tigre a estas alturas una raya más.

Aunque el gobierno no lo reconozca de manera oficial, la nueva carta magna fue refrendada en realidad, según lo estipulado por su predecesora, con el 78.30 % de aprobación de los votantes con derechos electorales.

Cuando se volvió un estorbo, la Constitución fue desechada, enterrada llena de moretones. Mientras el ataúd era bajado a la tumba, en un entierro sin lágrimas ni agradecimientos, su victimario de siempre la observaba desde arriba con su hija cargada en brazos. Una niña, innegablemente mejor que su madre, pero que comparada con sus semejantes de la región, también parece ser más vieja, desajustada a los tiempos actuales.

Su gestor, incluso antes de verla nacer, anunció que no abandonaría sus viejos vicios. Por ejemplo, su artículo 211 establece que el Consejo Nacional Electoral garantiza la imparcialidad de los procesos de participación democrática; sin embargo, una abrumadora campaña propagandística fue puesta en marcha para promocionar la opción de voto que garantizó su nacimiento.

Y al igual que su predecesora, la nueva Constitución nació sin brazos, sin piernas, sin dientes lo suficientemente vigorosos como para defenderse. A pesar de que fue un reclamo recurrente en los procesos de consulta, no se incluyó Tribunal Constitucional, se mantuvieron demasiadas remisiones a leyes de menor rango, se limitaron las garantías constitucionales y el amparo, lo cual le augura un futuro poco halagüeño.

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Sin embargo, algo ha cambiado. Algunos de los vecinos aislados de antaño han aprendido que existen otras formas de hacerse sentir, que a más personas también les molestan las violaciones y que pueden articularse para protestar juntos. Quizá, quién sabe, a lo mejor…algunos incluso encuentren formas para abrir la puerta o entrar por algún recoveco trasero, encarar al maltratador e intentar evitar que violándose vuelva a violar a esa nueva Constitución. Una carta magna que, aunque pueda parecernos algo lejano y extraño, no es otra cosa que la plasmación en un papel de nuestros derechos, que son las verdaderas víctimas tras cada sacudida que quede impune.