Una competencia de talentos con códigos de reality show sorprende a los consumidores audiovisuales cubanos. Es la primera vez que se encuentran con un producto semejante, hecho en su país de manera independiente.

La iniciativa para la creación del programa cuyo título es “Oye Mi Canto”, nació en Santiago de Cuba (la segunda ciudad más grande del país), y se sustenta en la publicidad de los emprendimientos privados, otra novedad que rompe tabúes.

Tras una primera temporada de diez emisiones, claramente inspirada en el exitoso formato de programas como “La Voz”, de México, los creadores de esta versión ya filman la secuela, con 8 capítulos y cuatro meses de duración. Entre los gestores de la idea están Aramís Fonseca Reyes, director general, y Reylis Griñán García; entre otros integrantes de LIA VIDEOS, una productora de clips musicales con 15 años de experiencia en el oriente del país.

“Lo único de lo nuestro que es idéntico a los productos originales es el concepto de programa y concurso de canto; pero en realidad no tiene nada que ver con lo que se ve normalmente; entre otras razones por la tecnología. Nosotros hemos usado la forma, pero llenándola de costumbres y aspectos de la vida santiaguera”, comenta Fonseca.

“Yo creo que ha pegado tanto porque es algo que “huele” a otro sitio, aunque esté impregnado de códigos muy locales”, aprecia por su parte Griñán, ajetreada en medio de la edición de los primeros minutos que serán lanzados otra vez a través del “Paquete Semanal”, una vía de consumo audiovisual “alegal” que algunos datos afirman llega a más del 70% de los hogares cubanos.

Desde su salida el programa consiguió penetrar el “misterioso” mecanismo de abastecimiento del Paquete y su alcance va en aumento. Cuenta Fonseca: “A mí me traen el Paquete a la casa y le dije al distribuidor: yo te lo doy, tú se lo das a quien te lo da y ¡por ahí para allá!….No soy ciego y sé que no es un gran producto; pero es una curiosidad. Por eso prendió tan rápido y a través de aquel “paquetero” inicial la obra se difundió tanto que hasta de La Habana y Varadero, al otro lado del país, he recibido llamadas de gente que lo está viendo”.

Melodías con “sustento”

Un atrevimiento “underground” como este requiere dinero y la fuente que lo provee convierte en algo sin precedentes a Oye Mi Canto. “Es un concurso autofinanciado. Hicimos la primera edición con los recursos que aportaron negocios particulares de la ciudad y el apoyo del Teatro Heredia, la institución estatal que prestó el escenario”, explica el productor.

“No esperamos ganancias todavía en este segundo año y seguimos inyectando dinero de nuestra productora para financiar el programa”, agrega Fonseca quien reconoce que la limitada prosperidad alcanzada por los negocios privados en la urbe oriental impide incurrir en mayores gastos de producción.

La joven asistente Griñán cree. por su parte, que la sola supervivencia del evento es síntoma del “cambio de mentalidad” que experimenta la sociedad cubana. “Al principio hubo resistencias, suspicacias, pero después del éxito del primer año hasta las autoridades nos ha pedido que incluyamos también a sus empresas dentro de la publicidad”.

El filón comercial del espectáculo no está fuera de la perspectiva de los realizadores, quienes avanzan en formalizar toda la documentación de su proyecto para poder firmar convenios con algún que otro empresario extranjero que les ha comentado su interés en “participar”.

“Ante todo nos sentimos artistas y lo más importante es que nos quede lindo el producto. Pero tendremos que lograr ganancias, porque sin economía no podré arreglar el techo de mi casa que desde el Huracán Sandy, en 2012, lo tengo derrumbado”, confiesa Aramís.

Sin margen a la indiferencia

Como expresión caribeña de la industria cultural el concurso santiaguero genera también opiniones críticas, entre quienes acusan por un lado ligereza extrema en el discurso, frivolidad y exaltación de lo banal; o simplemente no se enganchan a la estética del programa.

“La gente no ve espectáculos feos. Para captar su atención tenemos que tener escenarios vistosos, vestuario con brillo y el juego con las luces y tal vez por eso nos acusan de banalidad”, se defiende Reylis. “Para mejorar en esta nueva temporada incluiremos secciones de conocimientos sobre la cultura y la historia de Santiago de Cuba, aunque no renunciamos a buscar la atención del público”, explica.

Ajenos a ese debate permanecen Luisa María de la Cruz y Dayner Álvarez Gómez, una técnico en Contabilidad y un ingeniero en Telecomunicaciones que coinciden en cada encuentro entre los participantes de la primera temporada y los nuevos concursantes.

Ella, a sus 22 años, y como ganadora de la primera temporada, espera por la grabación de un CD con los estudios estatales de la EGREM, además de filmar un videoclip con la productora LIA VIDEOS y disfrutar de un año de servicios gratuitos en una peluquería y seis meses en un gimnasio privado, de Santiago de Cuba.

Él se suma al proyecto gustoso y expectante ante la posibilidad de cumplir su añejo deseo de lanzarse al mundo profesional de la música.

Ambos juntan sus tiempos en cada momento promocional y tras la señal del productor elevan el tono, proyectan la voz y solfean un estribillo que es toda invitación a poner la vista sobre esta iniciativa: “¡Oye mi canto!”