En la última entrega de los Premios Óscar ocurrió algo realmente inverosímil: en el momento más importante —la entrega del Óscar a la mejor película— un error provocó que los productores de La LaLand subieran hasta el estrado a recibir una estatuilla que no les pertenecía, pues la verdadera ganadora había sido Moonlight.

Una vez vistos ambos largometrajes desentiendo cómo pudo existir semejante rivalidad, pues la frívola y superficial La LaLand no tiene cómo anteponerse al drama realista, sólido y contundente planteado por Moonlight.

Tres chispazos correspondientes a la infancia, adolescencia y juventud de Chiron, personaje negro, solitario, víctima de sus compañeros de aula y de su madre yonki, sirven para concretarnos una historia que se mete en los oscuros vericuetos de la formación sexual, y por ende social, del individuo.

Confieso que vi la película afectado por mi roll de padre de un varón de 10 años que también se encuentra en formación, en conocimiento y reconocimiento de su esencia como ser, como persona, dentro de una sociedad que aún reprime a quienes se atreven a asumirse como diferentes.

En un instante de la película el pequeño Chiron, encariñado con Juan—personaje en el que encuentra el reflejo de su padre ausente—, le pregunta al mismo, sentado a la mesa de su casa, qué es un marica. Juan, metido en camisa de once varas, le contesta que es una palabra con la cual mortifican a los gays. La siguiente pregunta del pequeño es más aguda: ¿yo soy un marica? Juan le responde que no. “Podrías ser gay, pero no un marica. Nunca dejes te llamen así”. Chiron es aún más incisivo e inquiere cómo él sabe si lo es, y Juan, en un alarde total de comprensión y juicio le dice “es algo que sabes y ya, pero no tienes por qué saberlo ahora mismo”.

Esa fue, para mí, la escena más impactante del filme. Imaginé a mi hijo de 10 años preguntándome “Papá, ¿yo soy maricón?” y me vi desarmado, triste, sin fuerzas para corresponder a una inquietud semejante.

Existe una sola razón por la cual quisiera que mi hijo no sea homosexual: la profunda aberración, marginación y mofa de las que sería objeto en un país que no logra desprenderse de su raigambre homofóbica, racista y machista; sentimientos lesivos a la libertad personal de cada individuo.

En mi pueblo he visto que no pocas personas me menosprecian, o me miran desafiantes, por el mero hecho de llevar el pelo un poco largo, o por visitar un café como La Fontana. Y realmente no me hace gracia, no me lo trago con facilidad. Pero solo puedo imaginar lo duro que ha de ser para cualquiera asumir su diferencia intrínseca.

Si mi hijo fuese homosexual, si decidiera en su futuro asumir cualquier conducta que ose desafiar las costumbres y tradiciones impuestas generación tras generación, sé que no estaría solo lidiando con toda la incomprensión u oposición de este mundo. Sé que como mínimo seríamos dos.