Se me ha hecho difícil pensar. Pensar como país es una tarea de héroe, pero lo intentaré. Primero debo pensar. Félix Varela nos enseñó a pensar primero, antes de dar otro paso, pensar. Los eslóganes han dicho por largo tiempo que fue el primero que nos enseñó a pensar porque nunca entendieron la frase sobre su método, y porque lo de pensar primero ha sido durante mucho tiempo lo último entre nosotros.

Pensar es difícil, programar, proyectar, idear, imaginar, teorizar, hacer esquemas y fórmulas, crear conceptos y mapas, muy dura la tarea, sobre todo porque después hay que actuar. El viejo Marx nos dijo que no se trataba de seguir contemplando el mundo, que debíamos transformarlo. Pobre Marx. O no, el mundo se ha transformado, en una olla de presión de violencia, odio, guerras, armas, calor, desertificación, suelos infértiles, deforestación, mares desbordados, ríos contaminados, glaciares derretidos, osos polares hambrientos, niños tropicales hambrientos, niñas de América deambulando a la hora que debieran hacer la tarea de la escuela, bosques incendiados, miles de personas que prefieren morir en el Mediterráneo que en sus países, miles varados en la frontera de México, millones que viven en regímenes sin derechos, millones que viven gastando la electricidad que no disfruta el resto de la humanidad.

Prefiero pensar como humanidad. Martí nos dejó esa belleza de su alma que hoy es deporte olvidado. Patria es humanidad. Pobre Martí. El mundo se cierra en sí mismo. Las fronteras, las alambradas, las niñas y niños que mueren de frío y miedo porque sus padres buscan la luz del norte. Los gobiernos piensan, y actúan. No pasarán. Pero no son invasores. Son seres humanos que piden amparo. Pero el mundo, las patrias, la humanidad, que piensa y actúa, no está preparada para eso, y los detienen y albergan, si se salvan, para ver si es posible deportarlos a sus países de origen sin que parezca esto un acto de barbarie.

A los cubanos y cubanas no parece que nos quieran mucho en el mundo. Para vernos sudados y alegres, acumulados en paradas de guaguas, desde la altura de los ómnibus sin techo de los turistas, no está mal. Nos vemos alegres desde esa altura, pero no. No estamos contentos. Pensar como país es difícil, debemos vernos tensos y el calor agobiante no ayuda, ni la horrísona comida que nos espera en casa.

No nos quieren, es un hecho. En varias embajadas de La Habana nos tratan como perros sarnosos. Colas bajo el sol, disciplina de calabozo en las oficinas, regaños de los propios cubanos que en esas embajadas ganan salarios de otra clase y otra realidad. Y así, después de pagar cientos de dólares o euros o lo que sea, legalmente o no, para lograr un turno, una entrevista, para pagar el derecho a ser entrevistados, después de ser alineados, como ovejas asustadas, en pasillos, después de pasar temblorosos controles de seguridad, con nuestros papeles arrugados y desordenados, entonces podemos tener fe.

¿Pensar como país?, ¿será pensar con dignidad de cubanos y cubanas?, para saber nada más. Si es así pienso que no nos trata con dignidad ningún gobierno en Cuba que nos hace pasar por procesos angustiosos, que nos hace pagar sumas de dinero que nadie tiene en Cuba, que nos ofende y lo hace con alevosía, para disfrutar la decadencia del orgullo caribeño, de los que queremos vivir en el socialismo tropical.

Y no nos trata con dignidad nuestro propio gobierno cuando permite que otros nos traten así, y cuando hace de nuestra vida cotidiana un viacrucis de dolor y cuesta arriba.

Pero voy a pensar. Más de lo que lo he hecho hasta hoy. Por pensar no puedo trabajar, por pensar no puedo usar mi instrumento musical predilecto, no puedo dar clases, no puedo ayudar a los demás, pero debo arriesgarme y pensar.

Pensar como país es difícil. El país es muy grande. Puedo pensar como municipio. Es más lógico, más humano, la universalidad puede y debe ser alcanzada desde la grandeza de lo particular de nuestra aldea, de nuestra diversidad. Martí dijo, en Nuestra América, que no somos miserables por empezar por entendernos nosotros mismos. Pero incluso el país es muy grande para mí.

Voy a conocer el país. Para pensar como país debo conocer cada rincón de Cuba. Es imposible. Cuba está desconectada. Ir de oriente a occidente es una odisea, ir de occidente a oriente es una aventura. Los precios por sobre peso en las terminales de ómnibus son ofensivos, las carreteras son inseguras. Es lógico que sea insegura una carretera construida bajo la presidencia de un tirano de los años 20 del siglo XX, en la época de los fotingos. Ahora por esa misma Carretera Central se encuentran frente a frente las enormes guaguas, camiones, repletos de personas encomendadas a Dios.

Nací en La Habana y vivo ofendido por la manera en que se trata a las personas de Cuba en La Habana. Un plan llamado Escoba, sí, Escoba, organiza la recogida y envío a sus provincias de las personas que no sean de La Habana y estén en ella sin permiso. Los que han llevado a un calabozo de una estación de policía a alguien por ser oriental, en La Habana, no solo está muy lejos de pensar como país, sino que comete cada vez que hace esto traición a la patria.

Después he sabido más. Cuando se logra montar como ganado descarriado a los emigrantes nacionales indisciplinados, en un transporte, hacia su provincia, y llega al fin al municipio cabecera, si no es el huidizo de este municipio, lo vuelven a guardar en un calabozo hasta que haya cómo llevarlo para su lugar de origen.

Así no nos entendemos. Para nada. Y quisiera que alguien me dijera cómo es que nuestra indignidad nacional es consecuencia del bloqueo yanqui. Todos sabemos lo que hace en nuestras vidas el bloqueo, pero recuerdo que, en 1998, le ganamos a los Orioles de Baltimore, por paliza, en territorio norteamericano, vigente el bloqueo, vigente el Período Especial, vigente la Ley Helms Burton, vigente nuestro aislamiento en un mundo unipolar. Y ahora somos el sexto lugar en béisbol en el área panamericana, bajo las mismas circunstancias. No nos entendemos, o al menos yo no entiendo.

Pero voy a pensar. Me importan todos los cubanos. Los que vivimos aquí sentimos que el país es muy grande, el mar es parte de él, y llega hasta las casas de los millones de cubanos y cubanas que viven dispersos en el mundo. Patria es humanidad. Y más si esa humanidad nació en Cuba, ha sido siempre patria, ha sufrido siempre por la patria, ha llorado siempre por la patria y no cuenta para nuestro gobierno, ni para votar en un referendo por la Constitución.

Miles que se han ido piensan como país. Se repatrian. Traen un contenedor de cosas para vender y ganan su libreta de abastecimiento y sus empastes de muela gratuitos o mucho más baratos que en Estados Unidos de América. Hay que vivir. La tierra de uno se extraña, los viejos dejados en Cuba se extrañan, los vecinos se extrañan, la Playita de 16 se extraña, la bahía de Cienfuegos se extraña, hasta la pobreza de nuestros pueblos y ciudades se echa de menos.

Vamos a pensar como país. El país es de nosotros. Eso espero, sería este el único significado de este esfuerzo. Las playas, los campos, los montes, los ríos, las tierras, las vacas, los cerdos, los tomates, el producto de lo que se vende, el producto de lo que se compra.

Pero la economía no es un juego. Es cosa seria. Todos sabemos que hay que dar derecho de superficie a grandes empresas del mundo, capitalistas, para que exploten lugares cercanos a nuestras playas, para que las cerquen, para que las gocen, para que el dinero que se gane con esa explotación sirva para construir carreteras nuevas, anchas, productos químicos para matar mosquitos, para limpiar los baños podridos de los establecimientos estatales, para producir puré de tomate cubano.

Sin embargo, en La Habana hace dos meses que no hay puré de tomate cubano en ninguna parte, los baños de todos y cada uno de los establecimientos del Estado están podridos, no hay petróleo para fumigar los mosquitos, y ahora debemos salir con un hacha a matar al caracol gigante africano; cosa fácil, solo hace falta cal, de la que no se vende en Cuba desde no sabemos cuándo, y sal común, de la que se da por la libreta para que nosotros, y no el caracol, comamos.

Hay que pensar como país en un momento de relajación. El país se lo merece. Usaré como guía la prensa nacional, los medios de difusión masiva, de todo tipo. No hay problemas en Cuba, según esta prensa, hay un poco de cola en Coppelia, un hueco en la calle en la esquina de 23 y L en el Vedado, un salidero de agua en el Cerro, y ya, todo lo demás está bien.

No sé cómo pensar si todo está bien. Las imágenes que vemos en las redes sociales son otras. La realidad de Cuba está en los teléfonos de los ciudadanos y ciudadanas que toman con sus cámaras una cotidianidad decadente en todas partes. Mientras, nuestros peloteros, desganados y derrotados, juegan béisbol a las dos de la tarde, en un campeonato que parece promover el cáncer de piel.

Todavía confío en nosotros, el pueblo. Los que sabemos cómo se vive en Cuba. Los que sabemos cómo sufre el país. Los que sabemos la rueda de la fortuna que es cada día. Los que vemos a nuestras madres desencajadas por la pobreza, y por la frustración. El mundo no es un lugar agradable hoy, pero nosotros no ayudamos a que nuestra realidad sea distinta. Generaciones de cubanos dieron su vida por la justicia social que prometió la revolución, y mucha de ella se logró, y mucha de ella se ha perdido sin remedio.

La revolución también ha producido un ejército de almas cada vez más pobres, que no se mencionan en las leyes, ni en las políticas, ni en la televisión. Estamos en 2019, la revolución tiene 60 años, y le damos a nuestro pueblo camiones con tablas como medio de transporte, croquetas explosivas de almuerzo, y nada que diga que tendremos más bienestar en algún momento.

La Habana cumple 500 años. Una canción que la homenajea dice que no se le nota ni una cana. Debe ser porque lo hemos gastado todo en tinte de pelo para La Habana, porque la ciudad no tiene un servicio nuevo, no ofrece nada del siglo XXI a nadie que la visite.

No es un buen momento para pensar. No es un buen momento para pensar como país. Hay que hacerlo, hemos votado por cientos de representantes para que piensen con aire acondicionado, por nosotros. Si nos hubieran llamado hace años para pensar juntos, ahora estuviéramos entrenados, pero estamos concentrados en sobrevivir. Es lo que pasa con la ausencia de verdadera democracia, que no nos deja tiempo para ser ciudadanos, porque estamos envueltos en la lucha por ser humanos.

Tengo que luchar una malanga carísima cada día para que mi hija coma y tengo que sentirme digno con un helado de vez en cuando para mis niños, para no dejarme llevar por la marea.

Y tengo que ser un intelectual serio, y tengo que olvidar que me quitaron la guitarra con la que cantaba, y sentarme a pensar como país.

Pero en realidad me pregunto, ¿pensar cómo?, país.