Cuba me desvela. A veces me digo —y me engaño— que ya no voy a pensar más en ella, que voy a dejarla atrás y me voy a preocupar más por otras cosas, que esa relación tóxica que tenemos de placenta y bebé que llora por primera vez tengo que cortarla porque no me deja crecer. Y casi me convenzo de que lo estoy logrando, porque es lo mejor para mí, porque no coexisto con ella y su calor, no me ensucio los pies con su tierra de piedritas esperando a que se rompan bien para cultivar de nuevo y porque sé que me roba el tiempo, que me pone triste, que me hace vieja.

No publico casi nada en mis redes, leo siempre, leo mucho y sufro todo lo que leo. No comparto, no comento y no me posiciono —no por miedo ni por no querer denunciar ni porque no lo sienta. Me desgasta mucho leer comentarios vacíos, posicionarme de un bando o de otro, teniendo que marcar quien soy y demostrarlo.

A veces quiero salirme de todo eso —ya salí físicamente— pero Cuba no te deja. Aunque te vayas, no te deja nunca. Es un ancla, es un imán, es el Norte de la brújula interior que siempre te lleva al mismo sitio y ahí te abraza para siempre; te martiriza y te martilla de preocupaciones, en todas las escalas de necesidades.

Lo que más me molestó la última vez que fui no fue que no hubiese nada, que todo estuviese sucio, que la gente fuese vulgar y en las administraciones públicas te trataran mal, que cada día fuese una batalla desgastante para buscar algo: un producto, un servicio, un cuño, un papel, un autorizo… en verdad, lo que más me dolió fue darme cuenta de que a nadie le importa. Están todos juntos, viviendo lo mismo y no son capaces de unirse en la propia desgracia y cambiar actitudes, formas, maneras, modelos… Todo se repite en ciclos y se ha normalizado tanto que nadie se cuestiona nada. Es lo que hay, no vas a venir tú a cambiarlo, es lo que toca, lo que tenemos, lo que nos dan…

Aunque cada vez son más quienes intentan cambiar la realidad, incluso a veces desde el modelo de pensamiento que han aprendido, porque pertenecen a la generación de los convencidos y siempre chocan con muros que levantan quienes están protegidos por el poder que les da formar parte de lo que se supone que está bien. Esos muros tienen nombre y apellidos; son las multas, las regulaciones, los decomisos, el poder en la expresión de la autoridad diciendo “no se puede”. Y la voluntad de mi pueblo, su potencial de cambio y su intención, se corta cuando quienes son víctimas se vuelven también instrumentos.

No se puede nadar sin piscina, no se puede sembrar bien y ser productivos sin tener motocultores; no, no podemos hacer siempre más con menos. No puede asociarse la prosperidad a hacer las cosas mal. No se puede centralizar todo, dar permisos imposibles a solo una pequeña parte. No se puede repartir la pobreza. No se puede dejar de escuchar lo que está pasando.

Hay quienes intentan romper esos muros y esa inercia, pero el resultado es el mismo, sus acciones no son cambios; porque todo cambio que no se promueve desde las esferas que tienen que dictarlos, no son bien vistos y huelen mal. Hay activismo ciudadano y es importante preguntarse, ¿por qué no se logra más con ese activismo? Esa puede ser la respuesta a ¿por qué el totalitarismo?

Maltratos, insultos, miedo a lo que piense otro, miedo a lo que diga otro, miedo a lo que te pueda pasar, a lo que sea que tengan para decir de ti o para acusarte de algo… Así es como se ha conformado una sociedad en la que todos tienen el polvo escondido debajo del tapete; pero prefieren levantar el tapete del vecino para mostrarlo, porque les enseñaron que eso está bien y hasta se sienten bien siendo así.

Cuba también es un guion. Son frases que puedes juntar desde los 5 años para tener un discurso a la altura de los adultos en temas de política.  Yo me di cuenta cuando entendí que había cosas que no estaban bien, que no íbamos a ninguna parte así, que nos estaban entreteniendo con la vida a corto plazo, con buscar el pan, el aceite, con resolver.

Siempre voy a pertenecer, aunque no esté, y siempre me va a doler. Voy a ser parte, aunque no me tengan en cuenta a la hora de decidir y no me voy a conformar con que así sea. Tengo la esperanza de que algún día pueda emprender en Cuba sin trabas, prosperar sin miedos, avanzar sin sustos en el lugar donde nací. Tengo la esperanza de que algún día, aunque esté lejos, a Cuba le interese las opiniones de sus hijos que ya no están, sus comentarios, sus fórmulas para avanzar; y nos escuchen y podamos compartir en un diálogo responsable, que aporte y que vaya hacia algún lado. En lugar de que nos amenacen con la idea de no poder entrar, de no poder salir; que nos vean como billeteras inflables que pagan remesas, recargas, pasaportes, y que dan, dan, dan, sin recibir. Ojalá algún día todo esto cambie y pensar en Cuba me haga feliz.

 

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