Al joven abogado Julio Antonio Fernández Estrada me unen dos cosas: en primer lugar leo, disfruto y aprendo con sus trabajos, y en segunda instancia, y no menos importante, su hija y mi nieta nacieron el mismo día, y ambas recibieron de sus padres el hermoso nombre Alma, muy poco difundido entre nosotros. La concurrencia de esos dos últimos elementos convierten el asunto en algo más que una coincidencia. Como no creo en la casualidad, el hecho me impresiona.

Hace unos días Julio publicó en El Toque un artículo titulado “¿Y MI MORENA? IDEAS SOBRE EL PLURALISMO POLÍTICO EN CUBA”, donde explicaba, como siempre bien fundamentado, su convicción sobre la posibilidad de convivencia de un régimen de partido único con el pluralismo político. Como se trata de una certeza personal, solo admite respeto por parte del interlocutor. Sin embargo, no para discrepar sino para complementar la idea, responderé a la pregunta ¿será eso posible en la Cuba de hoy? No puedo hacerlo desde la cátedra, se trata solo de la experiencia de “Un sexa ¿disidente?”.

Doy por supuesta la coincidencia con Julio de que semejante partido no puede formarse con los marxistas. Para hacer funcionar la idea de Julio en la Cuba de hoy, sería necesario conformar una especie de partido martiano, es decir, un espacio político donde una buena proporción de la totalidad de los cubanos coincidieran, reconociendo y tolerando, a la misma vez, sus diferencias en otros asuntos relativos a la construcción del país. La idea no es nueva, si bien en su momento no estuvo acompañada de la posibilidad de un régimen de unipartidismo.

En ocasión del centenario del natalicio del Apóstol José Martí, un grupo de militantes del partido Ortodoxo intentó crear el Partido Martiano Nacional. La situación tenía algunos puntos de contacto con nuestra realidad actual. Por un lado, reconocían como infructuosos los sacrificios de su fallecido líder Eduardo Chibás en el intento por “cristalizar los ideales” martianos desde el Partido Ortodoxo. Por otro lado, el proyecto de partido surgió a meses del golpe militar de Fulgencio Batista y tenía el propósito de terminar con la pasividad popular y reponer la vida democrática cercenada por el “madrugonazo”. Su presidente sería el conocido periodista Guido García Inclán, y para su conformación se valieron de los medios de comunicación al alcance de dicha figura, así como de su carisma personal. A pesar de los esfuerzos, el proyecto fracasó.

Hace escasamente unos años, también escuché de boca de un intelectual cienfueguero fallecido, José Díaz Roque, su convicción de que la solución a los problemas actuales de Cuba se resolvían con la creación de un partido martiano. El proyecto partía de sus vasto conocimiento de la vida y obra martiana, por lo cual, cuando lo comentaba, no sonaba como un sueño de una noche de verano. Lamentablemente falleció, sin lograr dar siquiera un paso práctico para organizar el partido.

La intención recurrente de regresar a un partido basado en las ideas del Apóstol, tiene su génesis no solo en lo convocante y convincente de su ideario y en el ejemplo de su vida consagrada. También se debe a su exitosa labor de creación y funcionamiento de un partido único para organizar la lucha, en cuyos clubes revolucionarios por toda Cuba logró aglutinar, en las condiciones de finales del siglo XIX, a ricos como Emilio Bacardí o Marta Abreu, junto a gente humilde como los tabaqueros de Tampa y Cayo Hueso; a mujeres en igualdad de condiciones con los hombres como Anita Fernández de Cienfuegos, a negros como Juan Gualberto Gómez, acompañados al mismo nivel por blancos como el General Higinio Esquerra; incluso a niños y jóvenes, cuyos servicios de mensajería durante la contienda fueron de importancia nada despreciable. Un partido como ese no podía sobrevivir la independencia. Un partido con esa conformación no existió en Cuba antes, ni después de la gesta independentista de 1895. Su fundación y triunfante desarrollo se debieron, al margen de la efectividad y honradez de sus organizadores como José Martí y Tomás Estrada Palma, a una nacionalidad con casi un siglo de sistemática y continua formación, urgida ineludiblemente de patria.

A la actualidad cubana llegamos después de medio siglo de destrucción de los medios y condiciones para propiciar el fortalecimiento de la nacionalidad. No me extiendo sobre este abultado tema. Sólo mencionaré un par de ejemplos. El asociacionismo existente en la Isla fue rápidamente destruido en los primeros meses después del triunfo revolucionario, a la vez que las nuevas instituciones “no gubernamentales” debieron entrar por el principio leninista de ser “correas de transmisión de las ideas del partido”. Si bien la educación en ese período amplió su cobertura a todas las clases sociales, se ha desarrollado sobre planes de estudio donde la idea del unipartidismo se enseña como el summum del pensamiento político, y el precepto leninista de la concentración del poder en pocas manos como algo natural, sobre la base del culto a la personalidad. Por último, ni siquiera el concepto de cubanidad ha salido ileso en esos planes de estudio: cubanos son los “revolucionarios”, los demás son poco menos que traidores. Con esos preceptos se han instruidos varias generaciones. Una buena parte de sus representantes confunden patria con revolución, nación con los cultivadores de la ideología de la gerontocracia, y lo que es peor, sienten miedo de establecer cualquier debate “no oficial”.

Así las cosas, no veo viable la convivencia en la realidad cubana actual de la pluralidad política, con un régimen de unipartidismo. No obstante, invito a Julio a no abandonar sus sueños. Gracias a los sueños de jóvenes como él, los cubanos hemos llegado hasta aquí.

 

Este texto fue publicado originalmente en el blog Cienfuegos de Cuba y se reproduce íntegramente en elToque con la intención de ofrecer contenidos e ideas varias y desde diferentes perspectivas a nuestras audiencias. Lo que aquí se reproduce no implica que esta sea la postura editorial de nuestro medio.