La Revolución cubana no logró, o tal vez nunca se lo propuso, una idea desprejuiciada de la política, que permitiera a la juventud hablar de ella con la misma gracia, distensión y energía que despliega para referirse al último video clip o la última tecnología de la telefonía celular.

Nuestros jóvenes no son diferentes a los del resto del mundo, aquí tampoco importa la política, ni se espera nada de ella, ni se confía en sus resultados ni se cree en sus líderes.

En Cuba, donde se vivió una de las revoluciones sociales más profundas del siglo XX, no se ha logrado una ciudadanía ganada por la política, porque el tipo de experiencia que hemos tenido con ella nos ha enseñado que es unidimensional, rígida, inflexible y machacante.

El hombre y la mujer nuevos, en Cuba, son iguales a los hombres y mujeres nuevos de medio mundo, esto significa que de la política no esperan nada, y están convencidos de que ella está emparentada con la corrupción y la opacidad de las decisiones trascendentales para el pueblo.

No he oído, en muchos años dedicados a la docencia universitaria, a un solo joven cubano, declarar a viva voz que su vocación es la política. En cambio, los que tienen esos intereses saben que la única forma de acercarse a esa vida es la de la alineación con la política oficial del partido y su tradicional confusión con la gestión de gobierno.

La cultura de la política en voz baja causa daños irreparables en una sociedad, porque nos enseñamos unos a los otros que el mejor camino para la tranquilidad es el silencio, la disciplina, la reducción del razonamiento lógico a su máxima expresión, la repetición de consignas, lugares comunes, verdades de Perogrullo, la adoración ilimitada y mágica al líder incomparable.

La política que aprendimos bien es la de los permisos, nosotros, el pueblo gritón y parrandero, no sabe ni se atreve a hacer nada por su comunidad, por su pueblo, por su barrio, por su colectivo de trabajo, sin haber pedido los permisos correspondientes, sin haber pasado los filtros, sin haber reunido a los factores, que no son más que los representantes del partido único, del sindicato único, de la única administración.

Nosotros, el pueblo listo y vivo que se vanagloria de que nadie le cuenta un embuste sin ser descubierto, que en todo caso es el que engaña y embroma, ha aceptado que se haga toda la política a sus espaldas porque no hay nadie más confiable que los héroes de la revolución.

Pero el tiempo ha pasado, ya las reglas del juego son otras, ahora los destinos del país están en manos nuevas. Ya no quedan guerrilleros, ni asaltantes, ni milicianos, ahora todos somos ciudadanos, y los méritos que cuentan los que ahora arriban no son suficientes para que nos baste.

La política nos puede salvar ahora, es la hora del foro y el ágora, aunque la verdad es que siempre debió serlo.

¿Pero cómo se mete en la política a quien ya se convenció que ese es terreno pantanoso?

La lucha está permitida, los negocios ilícitos son una posibilidad para salir de la crisis familiar, la emigración por cualquier vía es una alternativa que se mantiene bajo la manga, pero hacer política aquí no es una opción.

La política ya está hecha. Es aburrido vivir donde todo está hecho. Ya se tomaron las decisiones principales, ya se vencieron a los peores enemigos, ya se cambiaron las costumbres más dañinas, ya se crearon las instituciones más eficientes, ya se imaginaron todas las estrategias de desarrollo.

A los jóvenes no les queda más que arrollar en la comparsa en la que no han aportado ni la coreografía ni la música, a los jóvenes y a todos los demás, porque nadie escapa de esa concepción cerrada de la política.

Ahora el sueño socialista está en manos de generaciones de ciudadanos y ciudadanas inexpertos, entumecidos, incondicionales, sin audacia, sin nada que discutir, sin entrenamiento para el diálogo, la polémica, la crítica, al que todos los temas le parecen iguales por resueltos o indiscutibles.

El mundo está en ebullición, la política está en todas las noticias, los parlamentos se retuercen de discusiones, en ellos se tratan asuntos de tremenda importancia, nuestra televisión transmite algunas de esas sesiones, pero nosotros no discutimos nada, nada se pone en tensión, nada se estremece porque nos gusta la tranquilidad y la política es demasiado veleidosa.

Pero la política es donde se salvará la patria o se perderá, donde se salvará la decencia o se perderá, donde alzaremos la voz o callaremos para siempre.