Lo dice José Daniel Rivas, “El Dano”, veterano cantante de rap que intenta explicar así la reticencia hacia el Hip Hop, un género que todavía no consigue espacios suficientes de promoción en la radio, la tv y los centros culturales.

“Todos los que trabajamos el género hemos tenido problemas. Yo he tenido espacios que me los han quitado o he intentado presentarme en otros y me han dicho que Hip Hop allí no”, reafirma Bárbaro “Urbano” Vargas, diseñador industrial y conocido entre los consumidores del género por temas como “Lo rico de ser pobre”.

Esa sensación de acoso, de constante enfrentamiento con una gruesa pared, es lo que ha hecho que se desarrolle entre ellos un profundo sentido de “gremio”. La existencia de una Agencia Cubana del Rap, estatal, podría pensarse como un espacio para canalizar el espíritu de equipo; pero por lo que cuentan sus miembros, el efecto es el contrario.

“La Agencia no puede respaldarnos al 100% porque ella responde más a las instituciones que a nosotros mismos”, insiste Bárbaro, quien lamenta, por ejemplo, la falta de éxito de la organización en colocar videoclips en la programación televisiva. “A veces creo que está más para controlarnos que para ayudarnos”, sentencia.

En el seno de la Agencia, y cada vez más fuera de ella, ha florecido un movimiento que ya tiene historia y diversidad sorprendentes. Conviven allí veteranos como José Daniel con jovencitos como Ashley García y Rosa Díaz, “Rositica”, unidos en Company Yoruba, agrupación a medio camino entre el rap y el reggaetón, y que fue creada cuando ambos estudiaban Tecnología de la Salud, a principios de los años 2000.

“Si no he tenido las carencias que han tenido otros no puedo hablar de esas carencias”.

“Cuando empecé escuchaba canciones que mencionaban tiros y pistolas, y yo decía: “eso es mentira”, porque aquí casi nadie tiene pistolas ni se maneja tanta droga”.

“Prefiero escribir sobre respeto porque es lo que viví en el barrio”, cuenta Ashley, en la pequeña salita donde se producen los temas, se diseñan las carátulas y hasta se editan los videoclips de “la Company Yo”, como llama a su grupo.

“Cuando uno se presenta como rapero mucha gente se imagina una película: pandillas, pistolas, negros armáos…y nada de eso existe en Cuba”, coincide en señalar Amaury Leliebre, a quien apodan “El Temba”, no porque sea viejo (que es para lo que se usa esa palabra en Cuba) sino porque dice tener el mismo rostro y la misma voz desde los 12 años.

“Yo soy negro, pero si les digo a esa gente que también soy psicólogo y además locutor de radio, los asombro…es como si sus ojos dijeran: ¡el mono habla!”, se carcajea de buena gana.

A su lado, José Daniel, quien junto al Temba lleva el grupo Cuentas Claras, se pone por encima de la discusión racial (él que es blanco): “Más allá del color de la piel esto es algo que te identifica o no, y si te identifica se apropia de tus sentimientos”.

Analizarnos no es la solución para entendernos
Objeto de los mismos ataques y prejuicios, casi todos los exponentes del Hip Hop cubano defienden el derecho a cultivar la expresión del género que más le interese a cada uno.

Es por esa razón que casi todos sufrieron la polémica desatada tras la revelación de que la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo (USAID) financiaba encubiertamente al icónico grupo “Los Aldeanos” (célebre por la crudeza de sus textos hacia la policía o los políticos del país) para usarlos como punta de lanza subversiva contra el Gobierno.

“Los Aldeanos son mis hermanos, yo los vi nacer. Cuando aparecieron ya se había recorrido un camino en lo que decía el Hip Hop y, por tanto, lo primero que tenían que plantearse ellos era cómo decir cosas diferentes. Por eso le entraron con más fuerza. Yo lo veo como una evolución natural del rap en Cuba”, dice El Temba, fervoroso defensor del papel de ese grupo como reanimador de un movimiento que llegó a estar en picada.

“Esa misma forma de decir es la forma que necesitaba la generación que venía”, remata.

“Yo siento que en las canciones de Cuentas Claras tenemos una carga “metatrancosa” (densa) porque en las canciones no solo decimos está ahí el problema, sino vamos a ver qué se puede hacer”, apunta por su parte El Dano, devenido en productor desde que aprendió a desenvolverse con los software para crear música.

La llegada de los años 2000 vino acompañada del crecimiento en el número de computadoras en manos de los raperos (“un arma poderosa”, según El Dano) gracias a lo cual afianzaron una independencia siempre precaria.

Hoy esa democratización tecnológica y el espíritu de superar la pared los inspira a continuar escribiendo y cantando. Porque como cree El Temba: “sí, aunque no quieran sí; cada vez están saliendo más y mejores raperos”.

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