¿Y los juguetes, de dónde vienen los juguetes? Pregunto con vago asombro, como previendo la respuesta. De esas verdades a medias que “creemos” absolutas y obvias. Maritzán no me responde. Mira la grabadora con el típico recelo que caracteriza a los cubanos de su generación. No responde. Silencio…

Desde la ventana de mi cuarto puede verse perfectamente el círculo infantil “Centenario de Baraguá” el mismo donde Maritzán Hernández Alea trabaja desde hace 5 años. Me gusta creer-soñar- que un hijo mío un día correteará por esos jardines sin que medie el vínculo laboral de su madre o “la disponibilidad de plazas por sector”. Paso horas mirando —lo confieso— y siempre me llaman la atención los juguetes.

Nací el mismo año en que la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas dejó de existir formalmente y esa “coincidencia histórica” me condenó a crecer sin carros de bomberos o pelotas de siete colores. Aún hoy, después de 25 años, me causan devoción esos artefactos infantiles…

Casi eran como las 2 de la tarde cuando Maritzán- trigueña, medio alta, no más de 30 años, simpática- pudo atenderme.

Era la tercera vez que iba al círculo infantil, pero lo directora insistía que fuera ella. Yo estaba haciendo una serie de entrevistas sobre la Educación en Cuba para un documental de una amiga periodista. Fue entonces, luego de casi 20 minutos de preguntas, que lo común se convirtió en motivo de ovación… La típica pregunta, entre miles, que cambia el sentido de una historia.

Fotografía del autor

¿Y los juguetes, de dónde vienen los juguetes?

Maritzán vuelve a mirar la grabadora por unos minutos y no responde. No habla. Sale de un saloncito de reuniones en el segundo piso donde estábamos y desde la puerta y con gesto me convida a que la siga. Caminamos por uno de los pasillos del lado oeste de la institución y me guía hasta una especie de taller artesanal. “De aquí, de aquí salen todos los juguetes”, me dice y sonríe.

El lugar estaba lleno de periódicos antiguos, de trocitos de papel de todos los tamaños y modos; y muchos, muchos colores y temperas esparcidas por todos lados. Sobre la mesa encuentro varios embaces con pegamento hecho con poliestireno expandido) derretido en gasolina y cajas de cartón medio rotas. Tijeras, reglas y algún que otro molde del futuro juguete completaban la decoración.

“Siempre en el horario del mediodía, mientras los niños descansan, venimos aquí y con nuestras propias manos hacemos los juguetes; los mismos que después los pequeños usan no solo para divertirse sino para aprender. En este círculo en particular por su cercanía  a los hospitales, a un agromercado y a una escuela primaria hacemos juguetes afines. Aquí los niños se divierten siendo médicos, agricultores, maestros (…) a eso le llamamos Juego de Roles”.

Fotografía del autor

¿Ustedes han recibido talleres de Papier Maché para capacitarlas?

Otra vez esa expresión en la cara de Maritzán… Otra vez lo aparentemente obvio -esas verdades a medias- dinamita mi sentido común.

“No, no recibimos capacitación. Al menos yo nunca he recibido una. Las titas con mayor tiempo aquí nos dan instrucciones básicas. Ya lo demás lo dejamos a la imaginación de cada cual. Por ejemplo -se agacha y me muestra una pieza de cartón que podría parecerse a un dulce- esto es un dulce del juego del panadero o de la ama de casa. Este “dulce” fue hecho por mí con el molde de un juguete que le compré a mi niña en la tienda por divisa”.

¿Y los materiales? ¿Eso sí lo garantiza el círculo?

“El círculo solo garantiza la base material de estudio para los de sexto año de vida (educación preescolar) y algún que otro juego de mesa: bloques, números, damas… Pero si a lo que te refieres es a la materia prima para los Juegos de Roles: los padres de los niños, nosotras. Reciclando por aquí y por allá. De ahí sale todo esto que vez aquí.”

Fotografía del autor