Nadie recuerda a los que fueron grandes una vez caen en desgracia. Edith García Buchaca era la dirigente de más prestigio en el Partido Socialista Popular cuando triunfó la Revolución, casada primero con Carlos Rafael Rodríguez y luego con Joaquín Ordoqui Mesa, los máximos dirigentes comunistas junto a Blas Roca. El destino de su segundo esposo sellaría su vida en una de las historias más secretas e interesantes del proceso revolucionario.

Por Harold Cárdenas Lema

Edith había nacido en los Estados Unidos pero pronto renunció a esa nacionalidad y se hizo comunista de niña. Fue la secretaria del Consejo Nacional de Cultura cuando nació la Revolución, estaba avalada por una larga trayectoria militante y atendía desde la década del 40 la página cultural del periódico Hoy. Su esposo no era menos, Comandante y viceministro primero del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (MINFAR), era el epítome del cuadro político en las filas del movimiento comunista.

Nuestra protagonista tenía buena formación cultural, pero padecía un grave defecto: era profundamente estalinista. Representaba la línea más ortodoxa del marxismo en Cuba y en esa dirección hacía todo lo posible por encaminar nuestra cultura. Crítica del uso de “el arte por el arte”, defendía darle a éste un carácter utilitario que resaltara “los vicios y defectos del pasado, y los beneficios y virtudes del futuro”.

Su mirada hacia la cultura era preocupante no solo porque era ella quien tenía las riendas sino porque negaba el valor de todo aquello que había sido construido previo al 1959. Según su lógica, la Revolución había superado el pasado capitalista y “no tenía sentido recrear un arte que responde a una formación económico social totalmente superada”, es decir que aquello construido en el pasado no debía ser tenido en cuenta. Según esa lógica, no hubiera llegado a nuestras manos la Edad de Oro o las obras de nuestros pintores en la República, pero era una pionera dando indicios de una tendencia que cobraría mayor fuerza en el período que actualmente conocemos en Cuba como Quinquenio Gris.

En contraste con las intenciones de nuestra primera dirigente cultural, los sesenta posiblemente hayan sido los años de mayor esplendor en la historia nacional. Las vanguardias políticas (exceptuando la corriente estalinista) y culturales se aliaron en un clima de creación sin precedentes. Todo esto a diferencia del período republicano en el cual, según Virgilio Piñera (narrador y dramaturgo cubano de la primera mitad del siglo XX), los intelectuales eran “la última carta de la baraja”. Esta primavera cultural fue posible pese a la visión reducida de algunos funcionarios que venían ya lastrados por el aprendizaje soviético, que consideraba al realismo socialista no como una opción artística sino como una norma mecánica a reproducir.

Dice la sabiduría popular que en la vida los extremos se encuentran. Cierto o no, a nuestra pareja de protagonistas dirigentes les esperaba un destino imprevisto.

En la mañana del 16 de noviembre de 1964 ambos tenían sus manos en el timón del bote revolucionario. Imaginen la sorpresa cuando ese mismo día en la noche, Ordoqui, su esposo, estaba detenido bajo la acusación de colaborar con la CIA y, junto a Edith, fue despojado de todos sus cargos.

¿Cuándo comprendió Ordoqui que había caído en desgracia? Quizás en el momento en que llega al Palacio Presidencial y ve cómo los soldados desarman al viceministro del MINFAR, quizás cuando Fidel no responde a sus cartas, o quizás nunca, porque vivió hasta el último día pensando que sería reivindicado.

La acusación en su contra era tan débil que no le aplicaron pena de prisión y poco antes de morir Ordoqui, en junio de 1973, la Fiscalía desestimó el caso, pero reiteró su desconfianza. Edith permaneció a su lado desde el momento del arresto. Como era persona de gran disciplina y verticalidad era recriminada por subordinar los intereses del Partido a los de su esposo, pero ella aclaraba que no se ponía de parte de Joaquín sino de la verdad.

Resulta muy difícil referirse a historias complejas en pocas líneas, más aún cuando están vinculadas a una madeja histórica mayor que llega hasta los sucesos de Humboldt 7 (matanza cometida por la Policía Nacional contra los revolucionarios sobrevivientes al asalto al Palacio Presidencial durante la dictadura de Batista) y el juicio del traidor “Marquitos” (supuesto militante revolucionario que delató el asalto al Palacio Presidencial y que provocó los sucesos de Humboldt 7). Si tenemos en cuenta sus antecedentes, resulta difícil creer que tanto Edith como Ordoqui alguna vez hayan sido agentes de la CIA, en todo caso pertenecerían a la KGB. Después de tanto tiempo las suposiciones resultan infértiles así que solo queda atenerse a los hechos.

Ordoqui fue el único acusado de espionaje enemigo en aquel tiempo sin ser ejecutado, ya sea porque existieran serias dudas sobre la acusación, porque realmente era agente soviético y estos ejercieron presión o por algo más que si los protagonistas que aún quedan vivos no mencionan, nunca lo sabremos.

El caso es que ambos debieron vivir desde entonces en prisión domiciliaria en su finca de Calabazar hasta que Joaquín murió de cáncer sin ser rehabilitado, solo, en la sala de un hospital teniendo como única compañera a Edith.

Este relato no lo encontrarás en la enciclopedia cubana ni en los libros de historia, solos los investigadores que se han adentrado en la política cultural del país o la historia profunda del período revolucionario, aún por escribir en su mayoría, tienen nociones de lo ocurrido. Edith ha muerto hace unos días en La Habana, hasta su último día insistió en la inocencia de los cargos que sufrieron ella y su marido.

Con una mezcla de sacrificio y dogmatismo se despide a los 99 años sobreviviendo a la mayoría de sus acusadores, quizás para no darles el gusto de verla partir. Habrá que esperar a que la CIA desclasifique sus archivos sobre el caso Ordoqui-Buchaca para saber si era real o no la acusación. Lo cierto es que ésta es su segunda muerte, Edith ya había muerto desde esa noche del 16 de noviembre en que vio su mundo derrumbarse. Su reciente partida es solo un formalismo.