Cuando era niña, recuerdo que pensé en más de una ocasión que quería ser varón. No me gustaba andar en vestidos —es imposible subir a los árboles con vuelos en las rodillas— y odiaba que me dijeran “las niñas no juegan a la pelota”. Con lo buena que era yo con un guante en la mano.

En mi casa, las reglas implícitas era que las niñas jugaban a las casitas y los varones afuera. Si uno de ellos se raspaba las rodillas y le saltaban las lágrimas el lema era “los hombres no lloran”, en cambio, nosotras teníamos permitidas las lágrimas a rienda suelta.

A medida que fui creciendo, quizás en rebelión abierta o peor, simplemente porque en mi barrio no había otras niñas, jugar con los varones, a sus juegos, se me hizo más que posible. Con seis años aprendí a jugar bolas y ya con ocho, aprovechando mis manos largas, tenía la colección más grande que cualquier otro muchacho en dos cuadras a la redonda. Mis rodillas siempre estuvieron llenas de arañazos y mi mamá me curaba los raspones con el mercurocromo de la época.

La verdad es que jugué más a las escondidas que a las casitas, y no me arrepiento. Me sentía libre corriendo y aunque tuve más de un esguince por los patines y la bicicleta, disfruté mi infancia en un ambiente más o menos libre de prejuicios.

Por supuesto que tuve barbies y juegos de cocina. Las primeras eran trasquiladas o utilizadas como material forense (me encantaba la idea de abrirlas para ver de qué estaban hechas) y con los otros aprendí, gracias a mi abuela, a preparar dulces imaginarios mientras ella aportaba unos más reales. Vale la pena aclarar que el batallón de niños del barrio se prestaba a jugar conmigo a lo primero mientras se comían los segundos.

Cuando llegué a la adolescencia, sin embargo, comenzaron los “esta niña se va a volver marimacha”. Ya no se veía “normal” que me pasara las tardes trepada a los árboles. Las muchachas debían estar ensayando peinados para los quince o imaginando vestidos y maquillajes. Nunca encajé. Creo que en parte fue porque nunca me gustó peinarme.

Después, el pre. Y mientras las novias les lavaban las camisas a los novios, porque era lo que supuestamente hacían las buenas novias, llegó la negación. Cada vez que alguien decía que algo “no era para mujeres”, yo me empeñaba en demostrar lo contrario. Así aprendí a jugar fútbol y baloncesto.

La CUJAE llegó más tarde y, en medio de una universidad donde la mayoría son hombres, y en la cual te sueltan con naturalidad que las carreras de ciencias están hechas para “el sexo más fuerte”, tuve que aprender a ripostar de la misma manera. Quien se atreva a decir que las mujeres no son buenas en programación que hable con el montón de programadoras rankeadas en todo el mundo.

Actualmente, no cambio por nada mi condición de mujer. Me aferro a ella como María Silvia a la bandera.  Y aunque es cierto que en Cuba se ha avanzado mucho respecto al tema —la cantidad de mujeres en puestos directivos va creciendo y ya resulta más común ver a mujeres en puestos otrora típicos de hombre— pero todavía quedan aspectos en los que se debe trabajar.  Los roles heredados de siglos anteriores siguen inculcando al mundo la idea absurda de que la responsable de mantener el hogar limpio y la mesa servida es la mujer, mientras tanto, los hombres deben procurar los alimentos y el dinero necesario para la subsistencia.

A ver si aprendemos esto: la mujer no es más mujer porque se quede en la casa con los niños. La mujer no vino al mundo sólo para ser madre.

Tampoco es menos porque decida trabajar de árbitro, pelotera o futbolista. Una mujer no se hace en la cocina, o lavándole los calzoncillos al marido. La que decide ser ama de casa tiene el mismo valor que la que se deja la piel en el trabajo.  Así de simple… con todo el derecho del mundo a poder escoger.

Basta de cánones absurdos, de roles definidos. Es hora de dejar atrás los prejuicios inútiles que, incluso entre nosotras mismas, permean el sentido práctico. ¿Qué importa quien friegue en casa? Todo el mundo come, ¿no? Ya no estamos en la Edad de piedra, dejemos de actuar como cromañones. No basta con celebrarnos el 8 de marzo, el día de la mujer no es uno solo.