Yalina no ha perdido el rumbo de su vida aunque vive ahora lejos de mucho de lo que realmente desea. Graduada en el 2010 como Licenciada en Psicología, tras cumplir el servicio social, el amor la llevó a dejar su natal Bayamo para mudarse a La Habana.

“Yo vivo aquí aunque no tengo casa, bueno, ni siquiera dirección oficial; porque los cubanos que no tengamos un familiar con capacidad para acogernos o no tengamos una propiedad no podemos vivir en la capital”, repite casi en estribillo al referirse al decreto ley 217, que regula las condiciones bajo las cuales un cubano no nacido en La Habana puede radicarse allí. Yalina no tiene la “visa interior”, como algunos le llaman.

Su ilegalidad le ha frenado para conquistar alguno de sus sueños, pero no para establecerse y consolidar las decisiones que ha tomado. “Vine porque me casé, con un militar que está ubicado en una unidad de aquí de La Habana, y para mí el matrimonio es sagrado. Contra viento, marea y a pesar de los pesares, aquí estoy, y no voy a gastarme un centavo para pagarle a alguien que me dé una dirección oficial”.

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¿Y por qué tendría que gastarse esos “centavos”? Aquí hay una buena oportunidad de contar los tejemanejes de la ilegalidad. Por una cifra que oscila entre los 40 y 60 CUC, un cubano “ilegal” puede blanquear sus papeles a través de funcionarios de los gobiernos municipales de La Habana, que emiten las resoluciones necesarias para que los Registro de Identidad admitan a los nuevos capitalinos.

Dos años han transcurrido desde que llegó “definitivamente” Yalina a La Habana, y no ha apelado a esa solución. Congeladas en el tiempo andan sus ambiciones profesionales, pues el no ser residente le impide presentarse a solicitar alguna plaza laboral ajustada a su perfil. Muy lejana le parece ya su labor como psicóloga en una secundaria en la cabecera de la provincia de Granma, donde cumplió con su servicio social.

“Mi sueño es trabajar en la variante organizacional, en alguna empresa, pero eso por ahora sé que es imposible, aunque son pocas las instituciones que han abierto esa plaza. Imagínate, si aquí en La Habana esas opciones son escasas todavía, ¿cómo será en el interior donde se desaprovecha más la fuerza intelectual existente?”.

Sin ser el principal motivo de su migración, también la incomodidad profesional le allanó el camino. “Pero nada de lamentos, yo no tengo frenos, desde que vine para acá trabajé en dos cafeterías particulares para encontrar sustento, pero siempre existieron incomodidades que me llevaron a abandonarlas, además del propio acto de no tener mis papeles legales”.

La estabilidad de un techo le llegó a Yalina después de volverse la trabajadora doméstica de una casa habanera. “Desde hace más de un año vivo en una casa donde ayudo. Comencé trabajando en la cocina pero ya soy como parte de la familia, donde actúo de ama de casa pues la señora es mayor y puede hacer poco. Aquí duermo y hago casi toda mi vida. Además, también les asisto en los negocitos que se hacen, un cuartico para alquilar y otras cositas para ganarnos el dinero del gasto diario”.

En esa casa cobra más del doble que el salario que devengó en el sistema de educación, a lo que se suman los demás beneficios.

Ahora es ella el principal sustento económico de su familia, esa que está en Bayamo. Aunque extraña mucho a sus padres, la espinita que más le duele es estar separada de su hijo, un joven de 17 años. Precisamente a esa edad, cuando aún estudiaba en el preuniversitario tuvo el embarazo “y mis creencias religiosas, además de mi carácter me llevaron a asumir tal situación, en la cual siempre tuve el apoyo de mis padres”.

“Claro, ahora me gustaría estar al lado de Julio César, aunque le crié, nunca es buen momento para la distancia, y está ahora mismo en una edad en la que puede decidir su futuro, por suerte, él me entiende”. Ella les visita de tres a cuatro veces en el año durante algunas semanas,  mas no pretende regresar. “Allá no tengo mucho futuro, y mi hijo también estará restringido”.

Para ella la solución no está lejana. “A mi esposo deben darle una casa por la vía de los militares. Será entonces que pondré mis papeles en regla, exploraré como puedo volver a ser una profesional, y en el más mínimo chance mudaré a mis padres y a mi hijo. Estoy ansiosa porque estemos todos juntos otra vez”.