“Hemos llegado a lugares como Santiago de Cuba donde hay un solo skater y, sin embargo, fue construida la única pista para nuestro deporte que existe en el interior del país. El documental que soñamos trata de historias así; de ese muchacho y su experiencia rodando solitario por una ciudad tan grande”.

Para el día en que puedan volver a la carretera y continuar filmando el audiovisual Skate en Cuba, Ariadna Pérez Ballester y su equipo coordinan encuentros con aficionados a este deporte en otros territorios del país. Aunque a principios de 2020 hicieron grabaciones, con la llegada de la COVID-19 han utilizado Internet para continuar el proceso de investigación y las gestiones. Ya saben que en Guantánamo no encontrarán ni un aficionado a las tablas y los patines, y que en Las Tunas poco queda de la comunidad que alguna vez se sumó a las peripecias sobre el granito del parque Vicente García.

“El grupo de Las Tunas fue extinguiéndose por falta de recursos. Cuando no se puede ni sustituir un par de ruedas partidas es muy difícil seguir adelante, sin importar la voluntad que se tenga. Queremos mostrar la vida de las comunidades de jóvenes skaters en Cuba más allá de La Habana y el apogeo de donaciones. En las provincias nuestro movimiento es una llama en constante merma; esas ayudas son como pequeñas ramitas que contribuyen a mantenerla encendida, pero no bastan para que deje de ser un fuego limitado”, dice la skater y miembro del equipo de realización.

 Foto: Cortesía de los entrevistados.

Foto: Cortesía de los entrevistados.

En 2016 elTOQUE se acercó por primera vez a la historia de esta joven líder y “sus” muchachos en Camagüey, que desde entonces insistían en dominar técnicas aprendidas a través de Youtube o con amigos llegados de la capital. Para entrenarse no les faltaban obstáculos, por cuenta de los prejuicios o la indiferencia. “Nuestro deseo más grande sería tener un lugar para practicar. Una vez nos dijeron que nos atenderían en el Gobierno Provincial, fuimos y nada”, dijo uno de los entrevistados en aquel momento.

Cuatro años después, David León López —uno de los camarógrafos del audiovisual— lleva consigo un listado de solares yermos y edificaciones abandonadas que pudieran convertirse en la primera plaza de skate de esa ciudad. Tiempo atrás, cansado de esperar por autorizaciones perdidas en el laberinto de la burocracia, se embarcó junto a varios amigos en la tarea de adaptar para ese fin una fábrica de camisas abandonada.

“Estuvimos como una semana recogiendo escombros y basura, pero cuando terminamos nos dimos cuenta de que teníamos un local con muchas condiciones. Si nos hubieran dejado, le habríamos ido agregando obstáculos, rampas… Habría sido una tremenda plaza para los skaters de Camagüey”, lamenta.

La “ocupación” duró poco, pues el Gobierno de la ciudad “recordó” que el inmueble formaba parte de su centro histórico y determinó que debía dársele un destino más elevado, como una tienda u hotel. Días más tarde, al llegar al edificio, David y sus amigos encontraron todas las entradas tapiadas y un cartel prohibiendo el paso. Hasta la fecha, ninguna acción constructiva se ha emprendido en el lugar.

Tal vez la mayor ironía de la anécdota sea que las ruinas se levantan frente al parque José Martí, uno de los sitios de donde habitualmente los expulsan, bajo el pretexto de que maltratan el ornato público.

Aunque la llegada de la COVID-19 interrumpió los viajes para filmaciones por las provincias del Centro y Oriente de Cuba, los encuentros con las comunidades de skaters de Morón, Ciego de Ávila y de Sancti Spíritus les habían confirmado que sus problemas suelen ser similares. “Entre muchas personas sigue primando la idea de que somos gente conflictiva, cuando la verdad es que solo queremos practicar un deporte como otro cualquiera, o utilizar nuestras tablas y patines como medio de transporte”, explica Fred Munster Batista, director de Fotografía del documental.

 Foto: Cortesía de los entrevistados.

Foto: Cortesía de los entrevistados.

Mostrar esa “otra” cara de su colectividad es la meta del proyecto fílmico, que tiene como antecedente un corto filmado por Ariadna Pérez en 2019. El éxito de su exhibición en Estados Unidos —donde radican la mayoría de las asociaciones que los ayudan—, y el respaldo del programa InCubaEmpresas, motivaron al equipo a convertirlo en una obra coral, que trascienda los límites de sus respectivas localidades y brinde a los skaters la posibilidad de describirse a sí mismos.

“Creo que están haciendo un trabajo estupendo. Hay un gran talento en las provincias pero nosotros no siempre hemos podido visitarlas físicamente para apoyarlos. Es muy importante que se conozca lo difícil que resulta para ellos patinar, pero también la felicidad que les proporciona esta forma de vida”, comentó a elTOQUE a través de Whatsapp Rene Lecour, fundador de Amigo Skate Cuba, organización que desde 2010 promueve en la Isla los deportes extremos, el grafiti y la música underground. Gracias a las donaciones de sus miembros, numerosos niños y adolescentes cubanos han podido montarse por primera vez en una tabla o calzar un par de patines.

Técnicamente, el skateboard no es ilegal en Cuba. “En la práctica cae dentro de un área gris, pero eso no detiene a sus aficionados”, señalaba en 2016 un reportaje de Public Radio International, una cadena de emisoras con sede en la ciudad estadounidense de Minéapolis. Entre las protagonistas de su acercamiento al tema estaba Ariadna, quien insistía en seguir rodando, a pesar de las dificultades materiales y las habituales multas de tránsito.

“Estamos aquí, no somos ni delincuentes ni vagos”, asegura hoy. Las historias del documental en que trabaja intentarán que esa verdad trascienda el marco de las comunidades de skaters para llegar al resto de la sociedad. “En definitiva, en nuestras ciudades debiera haber sitio para todos”.

 

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