Hoy se propone un Proyecto de Constitución para la República de Cuba; y hoy mismo, el común de los cubanos sigue enfrascado en la esquina del dominó con su bulla y su jaleo, en la telenovela brasileña y la misma trama de siempre, y deja correr la posibilidad de participar con pie y cabeza en el “debate constitucional”, el que nos toca por la canalita —y que generará estadísticas que jamás palparemos—; el que debemos generar usando los medios —aunque sean pocos— que tenemos a mano.

Camino las calles y percibo que el día a día de este pueblo se disipa en la cola de la bodega, o en estirar un salario mensual que no da para comer una semana y, mientras esto ocurre, nuestros peores y más tristes problemas siguen sin resolverse, sin mencionarse apenas.

La conciencia cívica de los cubanos es prácticamente nula, y su cultura jurídica no merece ni dos puntos. Si algo destruyó la Revolución Cubana, más allá de los buenos modales y la privacidad individual, fue la cultura ciudadanesca de nuestro pueblo y sus derechos civiles.

La institucionalización revolucionaria demolió el terreno de las libertades públicas existentes en nuestro país antes de 1959, me refiero a leyes e institucionalidad cívica. El ejercicio de la política de país agredido y bloqueado, cercenó la libertad de expresión y de prensa, y suprimió los partidos políticos para establecer el orden unidireccional que ha imperado hasta hoy.

Así fue como el ideal de República, basado, hipotéticamente, en el pensamiento de José Martí, derivó en estado totalitario. Teniendo toda una corriente de pensamiento vívido, encarnada en Luz y Caballero, Varela o el propio Martí, preferimos importar doctrinas, tropicalizar a Marx y Engels, a Lenin. La masificación de la educación eclipsó el detrimento de la calidad de la enseñanza, y ahora que las décadas han pasado, y que la intolerancia política no ha cedido terreno, vemos las causas, el producto que somos. En Cuba no se educa para formar hombres cabales, conscientes de sí y del espacio que habitan, sino para engordar un rebaño. La masa acéfala.

Por ello, desde el preámbulo, este proyecto cojea, como cojea la Constitución vigente, pues las ideas de Martí, más que emparentarse con los semidioses del comunismo, discordia con ellos — léanse los artículos de Martí: Cuando Carlos Marx murió y Herbert Spencer—. Si este proyecto fuera genuinamente martiano deberíamos atenernos a que el apóstol dejó escrito, en una de sus Cartas de Nueva York, que “una Constitución es una ley viva y práctica, que no puede construirse con elementos ideológicos”. Si algo sobra en este proyecto son los elementos ideológicos, pues partimos del hecho de que define un orden político y social, justo cuando un documento de este tipo es el espacio menos propicio para hacerlo. Imagino que los eruditos en Derecho Constitucional de nuestro país estén al borde del infarto. ¡Vaya…, imagino!

Apenas me detendré en el Artículo 3, pues entiendo que es el que más cercena la libertad de este pueblo. El mismo comienza diciendo que: “La defensa de la patria socialista es el más grande honor y el deber supremo de todo ciudadano”. Y lacera, enormemente, ver la palabra socialista adjetivando la palabra patria, pues todo apellido que se le ponga no hace más que degradarla o ensuciarla. ¡La Patria es Patria y más nada! Pesa por sí sola, y con ese peso hay que sentirla o padecerla. Puede que hoy o mañana de lo que haya que defender a la Patria sea del Socialismo o del gobierno que impera. “La Patria no es de nadie”, ya lo expresó José Martí en carta a Máximo Gómez, que bien valdría releerse para entender un poco mejor lo que hoy estamos sufriendo millones de cubanos.

Más adelante queda expuesto en el proyecto constitucional que: “La traición a la patria es el más grave de los crímenes, quien la comete está sujeto a las más severas sanciones”. Ahora encontramos patria a secas, como debe ser, pero la ambigüedad ya está sembrada. Hablamos de “severas sanciones” que, sin dudas, pueden llegar a la pena capital —no pocos casos ha habido—, y no queda expuesto qué es lo que clasifica como traición a la patria. Sería bueno que quedara aclarado, pues nuestra Historia recoge muchos pasajes que recuerdan que los acusados de traición a la Patria son los verdaderos patriotas.

Entonces sigue la oración siguiente: “El socialismo y el sistema político y social revolucionario, establecido por esta Constitución, son irrevocables”. ¡Qué fuerte! No dejo de pensar que nací once años después de que se aprobara la Constitución de 1976. La aprobaron mis padres y yo la padezco; por ello pienso en mi hijo y en los hijos que aún están por nacer y que se verán espurriados por el candado que hoy se le quiere poner al único tipo de documento que no soporta invariabilidades. Se dice y no se cree. Se cuenta y parece un chiste. Pero no es un chiste y está a muy poco de hacerse realidad y aquí estamos para soportarlo o hacer al menos un mínimo esfuerzo para impedirlo.

¿Resulta que si mañana nuestros hijos entienden que el Socialismo no es el sistema que más le conviene a este país, no podrán dar un golpe de timón porque la palabra “irrevocable” en la Constitución se los impide, porque dos o tres demagogos podrán hacer uso y abuso de ese vocablo, que tiene una sola acepción? Como mismo creo que el Socialismo —en teoría— es un sistema superior al Capitalismo, creo que en nuestro país impera un Capitalismo de Estado avasallante y que distamos mucho de llegar a un régimen donde impere el orden social y la equidad, y entiendo que por la ruta de las ideas sociales, del humanismo, y de la lucha contra la injusticia, el hombre aún puede generar ideas y modelos superiores a los que se han elaborado hasta el momento. Por eso si mañana existe la oportunidad de un derrotero más justo y equitativo, sería bueno, prudente, que los cubanos puedan derivar hacia él sin el escollo de una Carta Magna que les coarta las posibilidades. Pensemos en eso. ¡Ay, Tomás Moro!

Por último dice que: “Los ciudadanos tienen el derecho de combatir por todos los medios, incluyendo la lucha armada, cuando no fuera posible otro recurso, contra cualquiera que intente derribar el orden político, social y económico establecido por esta Constitución”. Es irónico que se hable de lucha armada, justo cuando para sostener este orden se le retiró las armas al pueblo. Y antes en nuestra Historia ya hubo un pasaje de desarme: cuando los norteamericanos hicieron todo cuanto pudieron para desmovilizar al Ejército Libertador, y finalmente solo recibieron la ingrata paga de 75 pesos aquellos que entregaron sus armas, situación que para muchos resultó denigrante. Y reitero que en este fragmento citado volvemos a la ambigüedad, pues ahora se habla del “derecho” de defender, justo cuando al inicio se mencionaba “deber”. ¿En qué quedamos?

Yo reclamo el “derecho” de defender la Patria, pero no la patria socialista. Y quiero que como cubano se me escuche y se me respete, aun cuando mis ideas no concuerden con la supuesta mayoría. Pues la República que Martí pretendió fundar “Con todos y para el bien de todos”, nunca debió derivar en la república de “Conmigo y los que están conmigo”.

Esto es lo que tengo que decir y digo, pues sueño con un país mejor y más justo.

This article was translated by Havana Times from the original in Spanish