En la panadería a un viejo loco le dio por hablar inglés. Nunca lo he visto por aquí, ni yo, ni la que despacha, ni nadie en la cola, pero todo el mundo sabe que es cubano. Mulato, sucio, sin dientes de arriba, la boca un poco virada hacia un lado o con algo raro que no entiendo bien, como si tuviera labio leporino. Lo único que tiene de gringo son unos tenis Supreme. El resto es camisa con garabatos, pantalón y gorrita de los Red Sox.

Detrás de mí una gorda nos lanza aire con un abanico —digo nos porque se abanica ella pero abanica al resto de la cola con movimientos redondos del brazo—. Mientras los hace le cuelga pellejo en los brazos y me parece gracioso. El resto de la cola son diez gentes. Y hace calor. En la panadería, la única manera en que entra aire es por la única puerta, pero siempre está llena de mujeres que venden jabas a peso, mantequilla hecha en casa a cinco, café de bodega a 15, cuchillas de afeitar a diez. La competencia en la escalera es dura. Filosofía del capitalismo, economía pequeña de mercado, Wilhelm Röpke, sal de aquí que me toca. Cuando hay más de tres vendedoras juntas una se para y bordea la cola: jaba, jabita, otra va a la escalera y la otra se cuadra en medio de la puerta. Bloquea el aire. La del abanico dice que qué calor, que se derrite como una mantequilla, ay, dios mío, qué cosa es esto y como hay otra gorda por allá atrás que se ríe muy alto y muy sola, esta grita mucho más alto.

Le toca al viejo loco y a mí detrás. La que despacha dice qué quieres, él se acoda en el cristal del mostrador y dice wariskey, wariskey. Ella no entiende. Wariskey, wariskey. El viejo habla, además, en susurros. La gorda le dice que si es tan yuma, por qué no va a comprar en el Silvain. Se lo dice altísimo. El viejo saca un fajo de billetes. Lo desmenuza en el mostrador. Tres billetes de un peso y dos de cinco, uno de tres CUC. La gorda le dice que con eso no se pone ni los dientes en un dentista particular. Todo el mundo se ríe. La que despacha, china, seria ella, le dice al viejo que por fin qué quiere y el viejo le responde que twelve panes. ¿De a peso, de dos pesos o flautines?, dice ella. De two pesos, responde él. Los panes de dos pesos son iguales que los panes de a peso pero con cuatro ajonjolís arriba. Antes eran más grandes y costaban 1.60.

La gorda de más atrás hace tiempo que dejó de reír sola y ahora se ríe del viejo. La gorda atrás de mí hace tiempo que dejó de derretirse y ahora se ríe del viejo también. Dos panaderos soltaron los hornos, salieron a recostarse en los anaqueles y se ríen del viejo. El viejo se encoge, se minimiza. Twelve panes, repite. Los ojitos se le entristecen. La gorda le dice que de qué parte de Miami es, que si hace frío en Miami. Él se toca un oído y dice que no con la cabeza, como que no entiende, como forma menuda de defensa, pero la gorda ataca, le grita que se deje de descaro que él habla más español que Colón. Twelve panes, dice el viejo. La que despacha coge doce panes de un anaquel, los pone en el mostrador, agarra los tres CUC y le devuelve dos CUC al viejo mientras le dice que le hizo el favor de cogerlo a 24. La gorda le dice que qué favor, que lo coja a 23, como todo el mundo. Él le hace señas a la que despacha de que envuelva los panes. Ella dice que en qué país él vive, que vaya y compre una jaba allá afuera.

Mientras el viejo sale, la gorda, que a estas alturas está recostada al mostrador, de primera en la cola, compra sus panes primero que yo. Los panes del viejo ahí, desparramados. Su dinero también. Compro mis panes. El viejo vuelve, guarda su dinero, mete sus panes dentro de la jaba y se va, probablemente al aeropuerto, mientras la gorda bofe lo persigue gritándole wariskey, wariskey.