A Fredy Hernández casi todos sus amigos se le han escurrido del país. Él no los juzga, más bien extraña a esos socios con los cuales podía estar una tarde entera filosofando, y que ahora la distancia ha apartado. Lo que sí tiene claro Fredy es que no los quiere imitar por muchas zancadillas que la vida le imponga.

Graduado de arquitectura en 2009, le tocó ir a trabajar a pie de obra en los hoteles de Cayo Santa María, donde se mantuvo por más de dos años. “Allí se trabaja con un ritmo muy fuerte. Salía de mi casa sobre las cinco de la mañana y a veces eran las nueve de la noche y no había regresado, y eso con un solo día de descanso a la semana”.

Fredy habla pausado, como si le costara verter su vida ante un extraño. Lo logra. Después de un café empieza a contar que al desvincularse del trabajo en el polo turístico de Villa Clara, se involucró en varios proyectos por cuenta propia.

“El primero fue un trabajo de decoración con flores y plantas. Me gustaba mucho, pero había demasiadas regulaciones. Trabajaba con otra persona, y comprábamos la materia prima que había. Tenía que cambiar demasiado los diseños porque no siempre contaba con las flores que necesitaba, y eso no me satisfacía.

Luego, los cines 3D se le presentaron con una opción válida para emprender un nuevo negocio. Era el año 2013 y Santa Clara, a la par del mundo, se contagiaba otra vez con la magia de las salas oscuras.

Al poco tiempo de estar acondicionando su sala 3D, el Estado cubano anunció la prohibición de esta actividad por cuenta propia. “Nunca nos explicaron por qué no podíamos tener un cine 3D. Esa actividad salía por una licencia que no era exactamente para eso, pero incluso fuimos al Ministerio del Trabajo en La Habana y nos dijeron que sí se podía hacer. En la ciudad ya habían varios funcionando y nos metimos en ese mundo. Para eso pedí un préstamo, hice una inversión de 6000 USD, que nunca pude recuperar.”

En ese momento Fredy tuvo su crisis de fe, que se tradujo en desconfianza y decepción. Las palabras que antes brotaban serenas en este momento se le entrecortan, y lastiman. Otro intento fallido, otro callejón sin salida, pensó. Sin embargo, Fredy aquí está y dice que tras aquel golpe retornó a su profesión.

Foto: Luis Orlando León

Como arquitecto freelance dio asesoría de mercado, de diseño y funcionamiento a negocios emergentes. Rediseñó Café Cola’o, una popular cafetería en el centro de la urbe, y asumió otros encargos que le devolvieron un poco el impulso creativo.

Tanto fue así que “retomó los votos” con el Estado, y se vinculó a la empresa Artex. En un puesto de inversionista, sus responsabilidades se resumían en dar mantenimiento a los inmuebles de la empresa, hasta que un día se presentó la oportunidad de hacer algo más.

Fredy fue uno de los padres fundadores del centro recreativo Cubo de Luz, uno de los espacios más frecuentados por la juventud santaclareña, donde no solo aportó en la parte constructiva, sino que además colaboró en el diseño cultural del lugar, aunque no todas las propuestas fueran aceptadas.

“Propusimos, por ejemplo, una noche de jazz, pero nunca se materializó porque había que llenar el lugar, había que ser rentables”. Pese a eso, Cubo de Luz es un proyecto que lo enorgullece.

Foto: Luis Orlando León

Ahora Fredy se ha unido a su amigo y artista de la plástica Leonardo Montiel en un proyecto conjunto de decoración de interiores y exteriores a partir de la fabricación elementos de barro, hierro y madera. Este sueño de algo propio, aún en fase de prueba, lo empuja a seguir buscando otros empleos para inyectarle más capital a la iniciativa.

“Crear, darle vida a las cosas es genial, y lo hacemos en el taller.  Nos damos trastazos, nos equivocamos, discutimos porque no tenemos las mismas ideas, y gracias que no tenemos las mismas ideas, porque si no fuera muy aburrido. Cuando uno trabaja en equipo y cada persona pone sus habilidades en función del proyecto hay más posibilidades de éxito”, afirma más seguro.

-¿Crees entonces que este proyecto puede ser un momento feliz después de tantos amargos?

– Queremos hacer cosas raras, cosas que nadie hace. Hasta ahora hemos trabajado en hostales confeccionando murales decorativos, pero en lo personal, me gustaría desarrollar el taller, tener otra vez la posibilidad de proyectar, y trasmitir algún día la experiencia que tengo en las aulas universitarias.”

“También me gustaría viajar porque no he tenido esa posibilidad. La arquitectura es una materia que lleva estudiar mucho las ciudades del mundo. Cuando la gente te habla de determinado sitio y le digo que sí, que lo conozco, que lo he estudiado, pero es todo desde el punto de vista teórico, pues no he podido sentirlo en vivo. Por eso quiero viajar, y regresar”.

“Prefiero estar aquí e intentar hacer en mi país antes de irme hacia otro lugar. Eso lo aprendí de mis padres. Yo quiero mi tierra, y porque a alguien le debe tocar. Siento cierta responsabilidad”.

“Yo soy muy bohemio, me siento muy dueño de mí, y no me gusta ser esclavo del tiempo…” -de cierta manera eso lo tiene resuelto Fredy, el tiempo no es mucha preocupación para casi nadie en Cuba- Además, afuera siempre voy a ser extranjero, y los amigos me lo dicen, cuando eres extranjero estás en una categoría más abajo, y eso me estruja mucho el pecho”.

Fotos: Luis Orlando León

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