Es difícil mirarlo a la cara. Es difícil mirarlo siquiera.

A Damián le encanta montar bicicleta, pasar la tarde en la mesa de billar, “hablar con los chamas del barrio”. Damián tiene el pelo en rizos, los ojos verdes… el rostro deforme.

—Tu cuarto es… bonito —le digo sin saber cómo calificar aquel espacio repleto de tantas cosas y echo mano a un adjetivo que siempre funciona.

A falta de alguna silla me invita a sentarme en la cama personal. Y desde el mismo centro de su habitación veo como en unos pocos metros tiene su pequeño taller: cadenas, un par de timones, llantas, muchas piezas diminutas… Y solo atino a preguntarme para qué necesita todo esto, si tiene los dos brazos amputados a la altura de los codos.

Comienzo a escrudiñar las paredes y él me advierte mirando una medalla.

“Practico el ciclismo de ruta como limitado físico. Tengo mucha fuerza en las piernas. Esa medalla me la gané en una carrera en la que entré segundo. He visitado Estados Unidos, Canadá, México, Israel… Hasta publicaron un artículo sobre mí en el New York Times. Y en el 2012 conformé la selección paralímpica que asistió a las Olimpiadas de Londres”.

Mientras me habla noto su voluntad por hacerlo de manera “correcta.” Como quien no quiere que se escapen sus ademanes de hijo de barrio. A veces lo consigue, otras no.

“Montaba bicicleta desde que era un niño, pero tuve que reaprender luego del accidente. Fue más difícil que empezar de cero. Me caí tantas veces que todo el mundo pensó que iba a desistir. Por poco me desbarato”.

“Después que logré manejarla, comenzó la parte difícil. Las cosas para tener una bicicleta buena y en condiciones son bastante caras. A mí me ha ayudado mucho una amiga norteamericana a quien le debo todo. La bicicleta que tengo de primera generación, la posibilidad de competir en el extranjero e incluso las tres operaciones realizadas en EE.UU. debo agradecérselo a esa amiga”.

Con esas cirugías le reconstruyeron parte de la cara: antes tenía una carnosidad sobre el ojo derecho que se lo ocultaba prácticamente y no tenía nariz, solo dos orificios centrados por un hueso.

Foto: Yander Zamora

No me es incómoda su cercanía, pero sé que a algunos le cuesta mirarlo. El labio de arriba desapareció cuando sin éxito los médicos trataban de recomponer su rostro. Un rostro labrado a hachazos y totalmente quemado, al igual que el torso. Su nariz se presenta como un pedazo de carne impuesto, una piel extraída de otra parte, ajena a la textura y el color de la cara, sin separación entre los orificios. Su cuerpo: una cicatriz tras otra.

“Al principio me dolía verme. Fue duro contemplarme en un espejo y cuando me cortaron los brazos me volví como loco. Le exigí a la doctora del hospital que me los devolviera. Ella me explicaba que no tenía marcha atrás, que las partes cortadas se quemaban; pero un niño no entiende eso. Quería que me volvieran a coser mis brazos”.

Cuando me habla del accidente se queda taciturno, con la vista extraviada, recordando tal vez:

Las 7:30 am, ya viste el uniforme de secundaria y carga la mochila. Damián está impaciente. Solo espera a que su mamá, Madelaine, salga a trabajar para él poder ir a buscar un papalote. Ostentaba frente a sus amigos el récord de recuperar cometas extraviados. Con este pasaría de 100. No sabía que ese, negro y con una carabela blanca dibujada en el centro, sería el último.

Al tratar de rescatar la cometa, enredado en unos cables, una descarga eléctrica casi le quita la vida.

“Ahí comenzó un infierno de médicos e intervenciones. Un día estoy jugando en la azotea y mi próximo recuerdo es despertarme, tres meses después, en un hospital sin brazos y con un rostro que a mí mismo me aterraba. Solo le pregunté a mi mamá: qué hago aquí, qué me pasó.

“Pasé parte de mi vida entre injertos de piel, cirugías plásticas, reconstrucciones. Recuerdo el dolor de las curaciones, la carne sin piel, las vendas por todo el cuerpo.

“En la calle siempre hay gente que te rechaza y otros que ni te miran; pero también hay quienes te demuestran su amistad a todas. Y te dicen: toma ron de mi vaso, que no hay lío”.

Siempre ha vivido con Madelaine. Ella es su principal compañía y ayuda, pero he notado cuánto se esfuerza por no depender de otros. Damián tiene que asearse, vestirse, vivir. Y no es fácil, pero lo consigue solo.

—¿Y cuando ella falte? —observo a su madre anciana, y lanzo la interrogante sin determinar si era oportuna.

— Es la ley de la vida pero me ha enseñado a valerme por mí mismo. La voy extrañar con el corazón, aunque no la necesito para sobrevivir. Eso se lo debo a ella.

— ¿Qué te falta por lograr?

— Con lo que me pasó muchos hubiesen renunciado a seguir adelante, pero yo no. He visitado varios continentes. He conocido a ciclistas profesionales a quienes admiro. Lo que me falta es tener un chama. A veces conozco muchachas en las discotecas y “pesco alguna jeva”. Dicen que soy simpático y las hago reír.

Foto: Yander Zamora

Lo más insólito de Damián no es la mutilación de su rostro, ni su voz fañosa y difusa, incomprensible para quien lo escucha por primera vez. No me le acerqué porque estuviera deforme, ni porque fuera atleta paralímpico. De él solo una cosa me interrogaba: ¿Por qué siempre tan feliz, servicial?

En tiempos de roturas y remiendos constructivos, así, con el cuerpo incompleto, engrapa cubos con agua mediante la unión de sus antebrazos, descarga bloques, balitas de gas. Solo viéndolo se entendería el esfuerzo que hace para auxiliar a otros solo por la retribución de sentirse útil.

“Damián se comporta como si no tuviera limitaciones”, me dicen en su barrio. Como también me dicen que se siente bien cuando lo besan en la cara, le palmean la espalda, le toman el brazo para saludarlo. Le agrada el contacto físico, que le muestren afecto, que lo toquen.

Mientras conversamos presiento que es más feliz que muchos normales, con vidas comunes.

Un esbozo de sonrisa escapa de sus encías semidesnudas a la vez que cambian los roles y él me pregunta: ¿qué tengo yo de importante para que quieras hacerme una entrevista?

Entonces yo, por primera vez, lo beso en el rostro.