El 16 de abril, a las 6:58 de la tarde, la tierra tembló en Ecuador. Yalenis Figueredo, joven, cubana, periodista y emigrante, lo sintió todo, a salvo, en Quito. A medida que crecían las noticias, el shock aumentó. Espantada, Yalenis podría haberse quedado en la capital, continuar con su vida; pero nunca ha sabido, ni querido, ser indiferente a la tristeza de otros. Dice que por eso estudió periodismo. Dice que por eso, 72 horas después del sismo, subió con su novio a una camioneta, condujo seis horas y llegó a Pedernales.

Yalenis tenía decidido que cuando estuviese próxima a los 30 años “paría o salía de Cuba”. Empezó por lo segundo y Ecuador fue el destino: no solicitaban visa y tenía amigos que vivían allí. A diferencia de muchos, dice que su idea no ha sido usar al país sudamericano como trampolín hacia Estados Unidos, sino  construir su vida en ese país. “Si decidiera irme para norteamérica tendría que estar más de año y medio sin regresar a Cuba y no quiero estar tanto tiempo sin ver a mi familia. Además, la travesía es peligrosa, me asusta”

Recién graduada de Periodismo, cuando terminó su servicio social, Yalenis dejó la provincia de Granma y se arriesgó a probar suerte en La Habana. Moverse de Oriente a La Habana, sin familia, sin casa propia, solo con los ingresos salariales de un reportero de periódico provincial, es, a no dudarlo, un verdadero acto de valentía.

Siempre quise hacer periodismo, pero en el camino te vas decepcionando.

“Primeramente por la forma de hacerlo, el sueldo simbólico, finalmente por diferencias con mi jefe y decidí dejar la profesión”.

Entonces aprendió a tatuar cejas, parpados, dar masajes. Trabajó en tres salones de belleza en La Habana. “No era el sueño de mi vida pero pagaba las cuentas y me permitía ayudar a mi familia. Tengo dos hermanas menores que empezaban la universidad y no quería que sufriesen las mismas carencias que yo. Con lo que reuní trabajando en los salones pagué el boleto de avión y vine sola para Ecuador, a empezar de nuevo”.

“Desde que estoy en este país hubo dos cosas que siempre deseé hacer: tomar parte de los grupos de ayuda social y visitar Pedernales. Esa es una tierra naturalmente preciosa, pero donde lastiman las marcadas diferencias sociales. Ahora esas diferencias son imperceptibles, porque todo está en ruinas. Yo quería visitar Pedernales pero no en estas circunstancias. No repartiendo víveres, agua, ni sintiendo un dolor punzante en el pecho cada vez que me daban las gracias”.

La destrucción dejada por el el seismo Fotos: Cortesía de la entrevistada

“Tengo en la mente todavía a Juana Andrade, de 82 años, que nos recibió con abrazos llenos de gratitud, sin apenas haber cruzado cuatro palabras. Estaba  ilesa, pero con los ojos inflamados y perdidos, ‘de tanto llorar por mis amigos: Don Manuel, su esposa e hija, que murieron aplastados’, nos confesó la anciana”.

“En una caravana escoltada por el Grupo de Operaciones Especiales (GOE), nos dirigimos hacia las zonas mutiladas para llevar ropa y comida para los afectados. Los pobladores me contaban que la tierra se movía como una hamaca, que pensaron que sería el fin. Y lo fue para algunos. Allí conocí a Dayana que me pedía ropitas y dulces. A sus 5 años vive la ilusión de que todo es un juego. Ella y su familia lo perdieron todo y ahora acampan con cuatro palos y un nylon, a modo de techo. Es el espacio que encontraron para esperar a que cedan los temblores.”

Dayana tiene solo cinco años de edad. Foto: Cortesía de la entrevistada

Yalenis dice que es un poco cobarde, que no tiene la fuerza que demandan algunas situaciones. Dice que no es capaz de enfrentar el trayecto hacia América del Norte como han hecho muchos de sus amigos, que le pesa demasiado la idea de estar lejos de su familia, que lo vivido desde el 16 de abril le dolerá siempre.

A veces parece no estar consciente de su fuerza.

“Solo estando al pie de las ruinas y percibiendo el olor de los cuerpos debajo de los escombros podemos hacernos una completa idea de lo espantoso del momento, y de lo valioso de todas las muestras de solidaridad. Desde que llegué sabía que no podía ponerme ‘flojita’. Y no lo hice, pero atestiguar tanto dolor te cambia la vida. Pedernales ya no es el mismo lugar, ni lo somos nosotros.”