Desde que tuvo uso de razón entendió que su nombre tenía algo raro. Un dejo de gracia. Broma. Pero sobre todo una originalidad sin par. Su madre siempre supo que lo llevaba adentro. Pero solo hasta el quinto mes de embarazo los médicos pudieron dar con el bicho que esquivaba los ultrasonidos y las ecografías.

Cuando finalmente pudieron captarlo, el furor de su padre fue tal que dijo: si sale varón se llamará Allien. El sexo masculino floreció y el juramento se cumplió. No importaron las estupefacciones familiares ni las risas desatadas entre curiosos y entrometidos.

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Allien es un joven delgado y sonriente. Fuma Criollos y lleva una cresta pintada de rubio. Los tatuajes que exhibe relatan cierta rebeldía (si junta sus dos puños se puede leer HATE YOU!) y es dueño de una sugestiva sonrisa socarrona. Los 26 años que arrastra han sido intensos. Nunca se amilanó ante nada y, básicamente, ha hecho lo que se le ha venido en gana. Es un friky dedicado, trabaja como electricista y es padre de una personita de 15 meses.

—Mira, este es mi hijo —señalando un tatuaje en su antebrazo derecho que muestra una máscara de Jason (el asesino de la película viernes 13) con unos particulares dreads a lo Bob Marley.

—¿Cómo tu hijo? —devuelvo confuso—.

—Sí, es él, se llama Jason Marley.

La novia de Allien se llama María. Se conocieron en 2013. En 23 y G. La intersección del rock en La Habana. Ella es técnica jurídica y tiene 32 años. Su voz es enérgica y su temperamento arrollador. Es una friky convencida. Practicante. Vieja escuela.

María me recibe baldeando el piso de su casa, mientras su equipo de sonido truena con Red Hot Chilli Pepers, Coldplay, Linkin Park, Sistem of a Down, AC DC. En su muslo derecho lleva tatuada la portada de un álbum de Korn, a modo de homenaje a su amor platónico: Jonathan Davis.

—Él es el hermano de Jason  —presentándome un adolecente de 13 años que lleva puesta una camiseta de Led Zeppelin— se llama Ozzy Hendrix.

—¿Me estás jodiendo? —replico—.

—No, de verdad. El padre y yo éramos muy fanáticos de Black Sabath y de Jimmy Hendrix. Entonces decidimos llamarlo así ¿cierto Ozzy? —el chico asiente— además, el nombre está bien puesto: le gusta el rock y el cine de terror.

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María dice, orgullosa, que en la casa se oye más música que la televisión que se ve. Todos los días pone a sus hijos lo mejor del rock. Como madre adapta a su prole a sus gustos: que sean frikys, frikys felices —añade—.

Tanto para Allien, como para María, el rock es algo serio. Coinciden que fue a finales de los 70s que el género empezó a agarrar la fuerza que lo lapidó. En los 80s el rock fue prohibido y los frikys de la época, de paso, reprimidos. Allien señala que aunque hoy el tema está más tratado y ya no hay acecho de ningún tipo, los rockeros siguen sufriendo una suerte de discriminación que se ve reflejada en la falta de espacios para conciertos y peñas. Todo lo que fue clausurado en los 80s nunca más volvió a abrirse, confinando el rock al estatus de leyenda —resalta María—.

Para Allien, sostener cotidianamente su apariencia física y su apuesta estética no es fácil:

—La gente se queda mirándome porque me ven como algo raro, un fenómeno. En una ciudad en la que se escucha reggaetón, salsa, timba, ser rockero marca la diferencia. Muchos piensan que uno es un ridículo, pero nunca te dicen nada de frente. De todas maneras, ahora con internet, la sociedad ha empezado a comprender que todo esto es normal y ha empezado a aceptarlo o, por lo menos, a ignorarlo, lo cual es mejor: tú en lo tuyo y yo en lo mío.

Para muchos, Allien no encaja con la imagen de un “padre de familia”.

Aquel día de 2005 en que Audioslave fraccionó la tribuna antiimperialista de La Habana, es uno de los días más felices e inolvidables de la vida de María. No solo porque haya sido la primera banda de gran envergadura que vino a la isla desde que prácticamente el rock se inventó, sino también porque fue la primera vez que pudo sentir el deslumbrante poderío de un sonido que se mete en la sangre, en los huesos, en todos lados.

Después vino Sepultura. Una sorpresa increíble. Rock duro, en serio, patea esqueletos, rompe cabezas: con el primer tema se formó un hardcore inmenso, todo el mundo dándose golpes y saltando y la música se oía tan fuerte que tú sentías que se te iba a partir el pecho —recuerda Allien, cerrando sus puños con fuerza—. El concierto de los Rolling Stones fue algo más masivo pero igual estuvo muy bueno. La gente no sabía mucho de Audioslave ni de Sepultura, eso fue algo más para entendidos, pero se necesita no ser de esta época para no saber quiénes son los Stones —explica María—.

El rock and roll en Cuba es una sola familia. Eso lo dejan claro todos los frikys. No hay posibilidad de diferencias. Son muy pocos los fieles y si el apoyo no es mutuo y sincero, entre músicos y público, clubes, bares, productores y estudios de grabación, habrá una segunda extinción. Lo paradójico es que la historia del rock cubano no se ha escrito desde La Habana, sino desde otras ciudades.

María se anima a ponerse su bata sociológica:

—Hay algo en el campo que hace que la gente sea más introspectiva, ensimismada, mística, incluso oscura, y eso se ve en el tipo de música que hacen en Santa Clara y Pinar del Río. Black, Trash, Industrial, Death. El rock más duro y rasgado que se ha hecho en Cuba proviene de allá. De hecho, los mejores festivales, en donde se reúnen los frikys de todo el país, se hacen en esas ciudades.

Allien no se queda atrás:

—La rebeldía punk se ha perdido. Los niños de ahora no ejercen ningún tipo de radicalidad, no se fajan con la policía, ni con la sociedad ni con nadie y para rematar aquí hay muy poco punk. Hay más metal. Sin embargo, escuchar rock, en la Cuba actual, no es otra cosa diferente a ser rebelde. Si fuiste rebelde de pequeño, con tus padres, en la escuela y todo eso, seguramente ahora te gusta el rock. Así funciona, ojalá Jason y Ozzy no se tuerzan y sigan este camino.

María sonríe. Fuma su cuarto cigarrillo. De fondo suena Metallica. Un leve llanto quiebra la conversación.

—Se despertó Jason, tiene hambre —dice el padre, enamoradísimo de su pequeño monstruo—.