Imagínese usted delante de la televisión, en horario estelar, escuchando el único noticiero. Imagínese escuchando apologías incoherentes, leídas como proclamas, como sermones, como regaños. Imagínese a esa figura que blasona sus criterios como verdades de tanto peso que, si le seguimos la rima, deberían convertirse en ley.

Lamentablemente, no es un ejercicio de imaginación lo que le he estado pidiendo. En horario estelar, en la televisión de Cuba, se suele ejercer un poder abusivo.

La noche del jueves 2 de noviembre, en el noticiero de televisión, un comentarista anunciaba no solo el reverdecer de las Series Nacionales de Béisbol, sino el triunfo en la Serie Mundial de las Grandes Ligas Norteamericanas, del “Movimiento Deportivo Cubano”.

Sabiéndose a salvo de que alguien le replique, aquel vocero sostenía con pasión que “… nuestro deporte nacional está cicatrizando sus heridas y eso enaltece la identidad nacional”. Como si el triunfo de Yulieski Gurriel y la excelente campaña de Yasmani Grandal y Yasiel Puig hubiesen sido logrados con todo el apoyo de la Federación Cubana de Béisbol y hasta del Consejo de Estado y de Ministros. Con un pase de palabras se enterraban de golpe y porrazo años de tensiones y olvidos para proclamar como propio un éxito ajeno.

Quizás la alegría llevó al comentarista a tomar al pie de la letra la frase agradecida de Gurriel cuando afirmó que, sin su historia en Cuba, su actuación en la Serie Mundial no hubiese sido posible. Pero es un poco oportunista anotarse para sí méritos ajenos cuando la decisión de irse a jugar a las Mayores le costó al pelotero todo el repudio oficial.

Al escuchar a aquel hombre recordé que no hay derecho de réplica en Cuba en toda su extensión. Que son muy reducidas y dependientes de la voluntad política las posibilidades de exponer en el mismo medio que reprodujo una información otro punto de vista discordante.

Cuando en el Noticiero de Televisión se dijo que transmitir en diferido un evento deportivo de tanta importancia como la Serie Mundial constituía “…un paso de avance, firme y necesario (…) que todos agradecíamos (…) pues sabíamos que también tenía sangre cubana”; quise con todas mis fuerzas tener la posibilidad de ejercitar mi derecho de réplica.

Transmitir diferido un evento deportivo, mucho más de esa importancia, es como recrear mañana una relación sexual que viviste intensamente hoy. Mucho más incomprensible si todos, “sabíamos” que tenía sangre cubana. Más incomprensible aún fue escucharle decirle al redactor que “…ver el triunfo de nuestros peloteros en cualquier rincón del planeta, enaltece el trabajo de nuestro movimiento deportivo y la nobleza de la Revolución Cubana”En cuestión de segundos nació un nuevo reparador de sueños.

Muchos otros cubanos han estado y han ganado Series Mundiales. Para ello, “todos sabemos” también, han tenido que abandonar Cuba, víctimas de la obligación de cortar lazos con su país de origen que impone la MLB y el bloqueo norteamericano; pero también cargados del desprecio y el trato que se le da a los traidores políticos de este lado del Estrecho.

Y bien pudiera pensarse que, a pesar de todo, no debo ser ingrato y reconocer que al menos en horario estelar de la televisión del Estado, hubo palabras de elogio para atletas emigrados. Sin embargo, replico lo dicho porque, más que elogios, lo que vi fue incoherencia.

Incoherencia, pues los mismos a los que hoy hay que agradecerles el “firme y necesario paso de avance” con la transmisión diferida, protestaron ante las autoridades de la Liga Can Am, cuando el Duque Hernández, poseedor del mejor promedio de ganados y perdidos en la historia del baseball revolucionario, y ganador de cuatro anillos de Serie Mundial, fue elegido para lanzar la primera bola en el partido jugado entre el equipo cubano y los Rockland Boulders, en Nueva York, el 24 de junio del 2016. No conformes con el resultado de la protesta, decidieron entonces impedir que el agradecido pueblo cubano que iba a disfrutar por televisión del partido, apreciara el insignificante lanzamiento, incluso cuando ya habían perdido los mejores pitcheos de su vida el afamado pelotero.

Incoherencia, pues hoy solicitan agradecimiento quienes prohibieron a Julita Osendi, según su propio decir, incorporar en su documental El equipo de la Patria el decisivo jonrón, del también ganador de serie mundial Kendrys Morales en el Mundial de Baseball de La Habana en el 2003.

Incoherencia, pues quienes hoy “avanzan”, olvidaron y todavía lo hacen, al primer cubano jugador de series nacionales que disputara y ganara una serie mundial. Hoy reconocen la labor de su pariente Rolando y desconocen la de Bárbaro Garbey.

Incoherencia, pues han desconocido repetidamente a quien demostró su calidad como pelotero, como capitán sempiterno de la selección nacional y que nunca abandonó Cuba para jugar en la Mayores. Han negado a Antonio Pacheco la pertenencia que sin dudas tiene al nunca consolidado Salón de la Fama del Béisbol Cubano. Todo, por el simple hecho de haber decidido probarse como entrenador en un baseball que, ahora, es una “inyección de buena energía”.

Incoherencia, pues ahora enmudecen ante la grandeza y entereza de la familia Gurriel, toda junta en el Dodgers Stadium disfrutando del mejor de los suyos. Su unidad, el tesón de Olguita en la crianza de sus hijos y el cuidado de su esposo, pasaron repentinamente a un segundo plano.

Soy amigo del perdón, de la reconciliación, del reencuentro y los consensos. Pero ninguno de esos procesos se produce con el olvido de la historia, con un simple anuncio. Es preciso reivindicar, replicar, devolver a la memoria a aquellos que no se convirtieron en servidores de la pelota “esclava”, como siempre se dijo, sino que decidieron, porque podían y eran libres, medirse en “la mejor pelota del mundo”.