“¡Vamos a pasear!” le dice Ross a Sombra y ella alza las orejas, menea el rabo y corre de un lado para otro como niño pequeño al que le han anunciado una salida al parque de diversiones.

Antes no era necesario “salir con ella” para que hiciera sus necesidades fisiológicas, pues vivían en una casa con un patio inmenso en el que tenía espacio para hacer de las suyas como y cuando quisiera, incluso, divertirse espantando a cuanto chismoso asomaba las narices.

Con un área tan grande era de utilidad un perro que impusiera respeto para alejar a ladrones o intrusos, cuenta Ross Muñiz Duarte, su dueño. “Al verla por primera vez mi hermana se enamoró de ella, decía que la mancha blanca que tiene en el cuello parecía una ficha de rompecabezas. Además, a mi papá le habían dicho que los Staffords cuidan a los niños y son conocidos como «perros niñera»”.

En los más de 10 años que Sombra vivió junto a su familia en el Vedado, un céntrico barrio de La Habana, no faltaron quienes llegaran a presentarse como entrenadores de perros de pelea, interesados en comprarla. “Pero eso nunca estuvo en los planes”, asegura este muchacho de 26 años, arquitecto de profesión, que recuerda la ocasión en la que fue de visita un hombre fuerte, alto, un hombrón como se diría en Cuba, y cuando vio a Sombra dijo que no entraba. “Es increíble, pero la gente la relaciona inconscientemente con la agresividad y contra eso uno no puede hacer nada”.

Venderla a los “domadores-apostadores” nunca fue una opción, ni cuando el techo de la casona comenzó a caerles encima y tuvieron que buscar nueva morada. El lugar no solo debía tener tres cuartos y estar en buenas condiciones constructivas sino que, además, debía ser apropiado para el animal: “Una perra como esta necesita sobre todo espacio, porque la comida no es problema, ¡ella come hasta piedras!”.

Foto: Ana Lidia García

Hace muy poco se han mudado para un apartamento y aunque Sombra no puede hablar a sus dueños, sus gestos de arañar el piso de losas como si fuera tierra, arrinconarse de vez en cuando o gimotear, demuestran que añora su antiguo hogar. “Ahora tengo que bajarla al menos dos veces al día y eso sí es un problema porque las personas le tienen miedo. Siempre la llevo con el arnés y una correa pero es simpático ver cómo se apartan cuando pasamos. ¿Por qué no se echan a un lado cuando ven a otro tipo de perro aproximarse?”.

Si supieran que en España y en Uruguay está considerada como raza «potencialmente peligrosa», “entonces sí se alejarían a 10 metros”, dice Ross. Contradictoriamente, estadísticas de la Organización Mundial de la Salud, confirman que, aproximadamente, en los últimos 18 años, solo 1 de cada 7.800 ataques de perros a personas, a nivel mundial, han sido protagonizados por Staffords, algo así como un 0,012%.

Es verdad que su presencia impone respeto: cabeza y patas grandes, fuertes músculos. Pero nunca mejor dicho el refrán «Las apariencias engañan». “Sombra es tosca, si te roza con su rabo mientras lo mueve puede hasta dolerte por lo duro que lo tiene, pero también es cariñosa, juguetona, inteligente y muy sensible. Después de varias meses, cuando mencionamos el nombre de mi hermana que ahora vive en Francia, nos mira como indagando su paradero. A veces uno mismo sin querer choca con ella o le pisotea una pata y su reacción nunca es agresiva, de hecho, empieza a lamerte porque piensa que quieres jugar”.

Su propia novia, relata Ross, la rechazaba cuando la conoció: “No le gustaba acariciarla, ni tan siquiera estar cerca de ella, un día llegó a decir que era fea. ¡Le caímos en pandilla por decir semejante barbaridad!. Hoy no solo le pasa la mano y le da de comer, también la lleva a «pasear» cuando no estoy”, explica el joven.

De los primeros días en la nueva casa, recuerda que se paraba en la punta de la escalera y de ahí no había Dios que la moviese, “era una experiencia totalmente extraña para ella”. ¿Qué cosa es esto?, se estaría preguntando. Ya ha aprendido a bajarlas y subirlas, a esquivar a los vecinos, que miran a dueño y mascota como “alteradores” de la tranquilidad del edificio.

“Sombrita le dice mi mamá y ella se “echa” esperando que la mime”, sobre todo en las noches después de un largo día entre cuatro paredes. Seguramente, dice Ross, “extraña a las viejitas que se paraban cerca del portón de la casona y salían como cohetes cuando ella lanzaba sus ladridos. Ahora no le queda más que comunicarse a distancia con la vecina Dálmata que vive enfrente o con los perros “satos” que merodean por la cuadra”.

Foto: Ana Lidia García