Las plumas, el pedrerío, las pestañas postizas, el maquillaje, el vestuario semidesnudo, excéntrico… Toda esa onda estilo cabaret antiguo, burlesque, toda esa onda estilo Las Vegas es lo que “mata” a Julia. Y lo pronuncia así, bien fuerte, en una especie de arrebato y orgullo. “Qué sea show”, me reafirma, “show all the time”.

Julia vino hace 6 años desde México, como dice ella, a “bailar a casa del trompo”. Entonces tenía 15 años y su cuerpo no estaba para “estirarse como un chicle”. Igual lo intentó, forzándolo a largas sesiones y desplegando sus extremidades contra la pared, un ejercicio de locura total que le ocasionó a la larga lesiones en la cadera y en la rodilla.

El entrenamiento que le cuesta a una bailarina en cinco años Julia asegura orgullosa que lo hizo en uno. Y fue así como, ya con residencia en el archipiélago, entró a la Escuela Nacional de Arte (ENA).

Ella misma lo reconoce, tiene complejo de artista. Le gusta que la reconozcan en la calle: “¡Eh, mira, la bailarina de Habana Show! Foto, foto, foto”. Cuando terminó la ENA la enviaron a Tropicana, que según cuenta no es como los demás imaginan: “El ambiente no es muy agradable y el nivel técnico está por el piso”. Tropicana, el mítico cabaret bajo las estrellas de Cuba, a Julia le quedaba chiquito. Así que se fue para el Ballet de la Televisión Cubana: “Ahí son más exigentes. Y yo necesitaba ese fogueo”.

“Pero”, me explica, “el ritmo de las compañías es otro. Son clases y clases y clases. Trabajas muy duro para esperar a que llegue un viaje o algo así muy excepcional. Tienes que tenerle mucho amor a la danza buscando ser un primer bailarín. Y encima no está bien remunerado. No ganas jamás y nunca como una en Habana Show”.

–        ¿Y cuánto cobran ustedes?, le pregunto.

–        En Habana Show, por ejemplo, 10 cuc por noche.

–        ¿Y cuántas noches a la semana?

–        Dos más o menos. Aunque a veces trabajamos más.   

Julia es bailarina de la compañía Habana Show. Foto: Alba León

Las coreografías de Habana Show requieren un nivel técnico, me explica. Durante los castings buscan a muchachas altas, bonitas, graduadas de escuela. Como no están tan enfocados en las clases, llevan un rigor mucho menor que el de algunas compañías. “Pero sí es un rigor fuerte, porque si mañana estás gorda, te quedas sin trabajar”.

Julia, con reminiscencias de su acento mexicano, insiste en aclarar que las “bailarinas nocturnas (como se autodistingue) no están nomás para menear las nalguitas. Que ahorita va y hay mucha gente que se piensa eso. Nosotras (se refiere a las del proyecto Habana Show) somos todas profesionales. Igual que las del ballet nacional o la televisión.”

“Esta vida de la noche no es baja ni denigrante. Ya todo el mundo quisiera estar donde estamos nosotras. Se piensa que es un ambiente fuerte y agresivo, pero no. En el ballet es incluso peor. Ahí se vive eso de que al primer bailarín se le vire un pie para uno poder tener un chance”.

–        ¿Entonces por qué crees que existan algunos prejuicios contra las bailarinas nocturnas?

–        Porque somos todas lindas. Esa es la realidad.

En Habana Show Julia es la primera bailarina y esposa del director. Foto: Alba León Infante

Julia no insinúa. Habla por las claras cómo son las cosas según su parecer. Cualquiera no puede llegar a ser una bailarina nocturna, por ejemplo, porque “no se trata solo de saber dar un buen cinturazo”. Hay envidia, y hay despecho.

“A muchas les gustaría brillar en la noche; estar con los aristas más pegados, como Los Ángeles o Yomil y el Dani, y decirles ¡eh, qué bolá!, porque son amigos nuestros”. Y sentencia: “Algunas no lo pueden hacer simplemente porque no son tan altas o no tienen el cuerpo que se necesita”.

En Habana Show Julia es la primera bailarina y esposa del director. Por lo primero, dice, viene siendo la jefa; y por lo segundo se ha interesado también en la parte empresarial del proyecto. Se levanta cada mañana sobre las diez y acompaña a Alexander, su esposo, “a todas las reuniones habidas y por haber”. Julia sabe que la danza se le acaba en diez años, así que es mejor asegurar desde ahora.

Julia, la mexicana, bailarina en Cuba, también paga impuestos y se queja solo de la escasez de camerinos. Es católica bautizada y con comunión. Su familia le criticaba el decidirse por un país socialista y tercermundista para hacer su vida, pero solo después de casada lo entendieron mejor.

Julia la mexicana, bailarina en Cuba, anda dándole vueltas al mundo en los videos de Jacob Forever y Yomil y el Dani. Siempre está en el boom, es decir, en el centro y arriba, en lo más pegado. En el faranduleo. Eso, insiste, es lo que más le gusta. 

Foto: Alba León Infante