Yiset Lorenzo salió desde La Habana a Georgetown el martes 10 de marzo. Era la primera vez que volaba fuera de la Isla. Ese día Cuba no reportaba todavía ningún caso de COVID-19, Guyana tampoco. El nuevo coronavirus parecía un problema exclusivo de Europa y China. Ha pasado más de un mes y medio y Yiset todavía no sabe cuándo podrá volver.

Hizo el viaje para acompañar a la madre de una amiga. La señora debía presentarse en una entrevista en la Embajada de Estados Unidos en Guyana.

“Ella es una persona mayor y no debe viajar sola. Sus hijos en Estados Unidos corrieron con los gastos de las dos”, explica Yiset.

Una semana después, el gobierno guyanés anunció el cierre de sus fronteras para evitar la transmisión del coronavirus. Las aerolíneas cancelaron los vuelos. Yiset y otros 700 cubanos que habían viajado por temas comerciales y trámites migratorios hacia EE. UU. quedaron varados.

Tras varias gestiones en conjunto entre la embajada cubana, el gobierno guyanés y las aerolíneas, las empresas Aruba Airlines y Caribean Airlines obtuvieron permisos para recoger a sus pasajeros en el aeropuerto de Georgetown y regresarlos a La Habana.

“Supe tarde de la posibilidad de cambiar mi vuelo que tenía fecha para el 24 de marzo”, cuenta. “Llegamos al aeropuerto y el avión de Caribbean se había ido. Quedaba un vuelo de Aruba, pero había que comprar el billete en cerca de 400 dólares”.

Yiset no viaja con dinero propio. La señora a la que acompaña maneja el presupuesto. Ni ella ni sus hijos aprobaron la propuesta de Yiset de pagar un nuevo pasaje para ambas y regresar antes de la fecha prevista. Debían esperar.

Entre el sábado 21 y el martes 24 de marzo fueron tres veces al aeropuerto.

“Pedíamos un taxi, salíamos con todas las maletas y al poco rato hacíamos el viaje de regreso al hostal”, cuenta Yiset.

El aeropuerto estaba cerrado. Afuera, grupos de cubanos esperaban la llegada de algún avión.

“El 24 creí que sería el viaje definitivo al aeropuerto”.

Yiset y la madre de su amiga llevaban cinco horas esperando cuando, a través de un grupo de WhatsApp, la ejecutiva de ventas de Caribean Airlines anunció la cancelación del vuelo. Tras el anuncio, Yiset no se atrevió a marcharse. Pensó en sus hijos, en las ganas de abrazarlos, de cuidarlos en estos días de epidemia y se quedó sentada a esperar un milagro.

Se lamentó por no tener dinero suficiente para costear un pasaje de vuelta y haber perdido el fin de semana la última oportunidad de regreso a Cuba. El dicho popular “la luz de adelante es la que alumbra” le martilló una y otra vez los pensamientos.

“Supimos que Trinidad y Tobago no había permitido que despegaran los aviones. Nos prometieron continuar gestionando los permisos, pero no hemos escuchado más noticias”.

Cuba anunció el lunes 23 de marzo que una paciente procedente de Guyana había llegado contagiada dos días antes.

“Lo que sucede conviene”, pensó para sí Yiset.

Esa idea la consoló: ella podría haber viajado en el mismo vuelo.

Vía WhatsApp se comunica con su familia en Cuba, les orienta y anima en mensajes de texto o de voz. Su familia paga los altos precios de Internet en Cuba para no perder la comunicación con ella. El marido se encarga de todo: el trabajo, la compra de alimentos y productos básicos, el cuidado de los hijos.

“Le he dicho que nos los deje ni asomarse a la puerta: el mayor es enfermizo y la pequeña no tiene noción del peligro de esta enfermedad”, dice.

Mientras, los gastos en comida y renta de ella y la señora que acompaña, ya superaron el precio de los dos pasajes que no pudieron pagar.

La incertidumbre ante una posible fecha de regreso, poco a poco se convierte en resignación. Cuando piensa en la pandemia, la preocupación a contagiarse no es su principal desasosiego. Sus pensamientos están en Cuba.

“Paso todo el tiempo en la casa de renta, ninguno de los cubanos sale a la calle. Todos ya cumplimos lo que vinimos a hacer aquí”, dice.

Otros, con menos recursos, han encontrado consuelo en la Embajada de Cuba en Georgetown que organiza comida y gestiona hostales más baratos para su estancia. Los diplomáticos están al tanto de todos, aunque ya poco o nada puedan hacer para regresarlos a casa.

Según anunció el gobierno guyanés, la restricción de vuelos se extiende hasta mayo, pero los cubanos varados no dejan de esperar por un vuelo humanitario.

Yiset se ha vuelto incrédula. Hace las cuentas: más de mes y medio sin ver a sus hijos. Algo en su interior le dice que pasará mucho más tiempo antes de regresar. Nunca antes había estado tanto tiempo lejos de su familia. “Mi mayor miedo es que se enfermen mis hijos o me enferme yo y ya nunca más los vuelva a ver”, dice.

 

****Este artículo fue escrito en el marco del Laboratorio de Periodismo Situado.

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