“No me llores que tú eres macho” es una frase que más de una vez escuché decir a alguna maestra o auxiliar en la escuela primaria si un niño lloraba. A veces cuando llora, incluso para padres y madres, puede dejar de ser un niño pequeño para convertirse de pronto en compadre.

No llorar ni expresar algunas emociones es todavía uno de los aprendizajes más tempranos de demasiados varones. Es una condición esencial para ser o convertirse en un hombre de verdad. Pero, ¿qué significa esto? ¿Cuáles son los cánones que los hombres están obligados a seguir?

Voces de Matria parte de estas y otras preguntas para conversar con la jurista feminista Alina Herrera desde México y, desde Barcelona, con el historiador Maikel Colón Pichardo, autor del libro ¿Es fácil ser hombre y difícil ser negro?

Alina se refiere a “las masculinidades hegemónicas” a partir de dos ejes fundamentales: uno tiene un sentido horizontal, de los hombres frente a sus pares masculinos, y otro vertical, de los hombres frente a las mujeres.

La activista explica que es el hogar donde primero se asientan estas visiones, al ser el “primer territorio en el cual los hombres aprenden que las mujeres son las que tienen que ocuparse de los trabajos domésticos”. En contacto con este trabajo “gratuito, invisibilizado, no considerado trabajo”, los niños adquieren las primeras nociones de jerarquía, en las cuales los hombres no participan equitativamente en los trabajos de la casa y se posicionan por encima de las mujeres. “Es donde se establecen las primeras opresiones”.

En cuanto a la relación con sus pares masculinos, existe “una especie de opresión entre ellos mismos, a partir de pactos de aprobación del ejercicio de su propia masculinidad, en el cual aprueban la virilidad, la fuerza”.

Los requerimientos de los otros hombres pueden ser difíciles de satisfacer “e incluso muy opresivos”. Herrera comenta sobre un estudio que se llamó “la Caja de Masculinidad” y que buscaba demostrar a través de un ejercicio que quienes se ubicaban dentro de la caja eran quienes recibían la mayor presión de lo que significaba “ser hombre”.

La caja se componía de varios pilares, explica Alina: los roles masculinos rígidos, relacionados con participar lo menos posible en tareas tradicionalmente asignadas a la mujer; la autosuficiencia, la capacidad de resolver sus problemas sin que medie la ayuda de nadie, algo que implicaría fragilidad, incapacidad; fortaleza tanto física como emocional, no llorar, mostrar infalibilidad a toda costa, tener atractivo físico pero sin que se note que se trabajó en el cuidado de la apariencia porque entonces caería en estereotipos femeninos; mostrar heterosexualidad a toda prueba, mostrar incluso hipersexualidad, que implica no aceptar un no como respuesta, y nunca negarse frente al ofrecimiento a una mujer. Además, agresión y control sobre cualquier tipo de conflicto.

Tiene que ver con lo que incluye en su libro Macho, varón, masculino Julio César González Pagés como noción de la “honra masculina”, asociada a ser duro, fuerte, en contraposición con mujeres puras e inocentes.  “La masculinidad depende de permanecer calmado y confiable en una crisis, con las emociones bajo control. De hecho, la prueba de que se es un hombre, consiste en no mostrar nunca emociones: Boys donʼt cry!”, explica en su manual instructivo Masculinidades en movimiento.

Durante las últimas décadas tanto la academia como los movimientos que defienden la diversidad de género han cuestionado y puesto en crisis la visión única de ser hombre. “Se plantearon cuestionar esos paradigmas de comportamiento, que tenían una incidencia negativa en la sociedad en muchos sentidos”, comenta Colón. Uno de los síntomas se expresa directamente en cómo el rol de proveedores y la imagen de temerarios que puede exponer a los hombres frente a amenazas para su propia salud. Es frecuente que se comporten como si su percepción del peligro fuera inferior; o que acudan tarde al médico por ocultar dolencias o debilidades.

“En la opresión del patriarcado nos incluimos todos y todas, pero no puede igualarse la situación de opresión”. Somos más mujeres las que padecemos las consecuencias, explica Alina; quienes son más proclives a la violencia son los hombres. La crianza, la educación a nivel social y cultural lo estimulan. “No estamos en igualdad de condiciones en cuanto a violencia”.

Entonces, ¿es fácil ser hombre? Maikel reconoce la pregunta “tiene cierta trampa”.

“La propia cultura del patriarcado te indica que ser hombre es fácil” porque la sociedad está estructurada para que les sea fácil a los hombres que cumplan con los patrones de éxito.

“Pero luego —explica—, en el desarrollo de la vida de cada hombre y en el ámbito público y en el privado, estamos enfrentados constantemente a cumplir determinados roles y paradigmas que hacen que la vida de los hombres no sea plena en todos los sentidos”.

Desertores del machismo

No todos los hombres, comenta Maikel, “están abiertos a dejar ese espacio que ocupan y que les reporta privilegios”, aunque el saldo sea liberarse de algunas presiones. “No están dispuestos a negociar esos espacios y se ha creado una confrontación entre reclamos del movimiento feminista y lo que muchos hombres consideran espacios simbólicos que les pertenecen.

Ahí entra la cuestión de los hombres dentro del feminismo. ¿Se puede ser hombre y ser feminista? Alina afirma que este es “un debate álgido”.

“Yo no creo —dice la experta— que un hombre pueda ser feminista, pero puede ser aliado del feminismo. Quienes se están proponiendo a sí mismos un cambio de su propio machismo. (…) Dentro de esa masculinidad hegemónica se puede ser aliado del feminismo o no en la medida en que (ellos) trabajen sus propias masculinidades tóxicas, (…) y la capacidad de desmontar estas nociones”.

Maikel, por su parte, asegura que conoce hombres que son feministas. “Es un movimiento que defiende a las mujeres y empuja (a la vez) la reconfiguración de esa idea de ser hombre. (…) Puede que algunos estén dispuestos a romper con esos privilegios y otros que no tanto”, reconoce.

“A mí me gusta cuando hablan de desertores del machismo, y del patriarcado”, dice Alina. “Estas opresiones son las que desatan estos movimientos, en esta ocasión es liderado por mujeres porque somos las oprimidas, (y no por) los hombres porque son ellos los que reciben en mayor cuantía y calidad los beneficios del sistema”. Se trata de relaciones no solo interpersonales sino visibles socialmente: toda una estructura histórica diseñada para que ellos dominen.

Maikel insiste en que también los hombres “están sometidos a esa configuración patriarcal de la sociedad, (aunque) las mujeres siguen sufriendo las peores consecuencias”. Han sido precisamente estos movimientos los que “han abordado la masculinidad como algo plural”, y contribuido a que en determinados sectores se difunda que no existe una sino muchas maneras de ser hombre; todas más liberadoras que el canon histórico prestablecido.

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