“La educación cubana no es tan gratuita. Yo no podía mantenerme en la universidad. Mis padres habían emigrado para Ecuador y estaban tratando de llegar a los Estados Unidos. Tuve que regresar a Camagüey”. Así habla Silvia Esther Guerra López quien, con excelentes notas, matriculó en Ingeniería Geofísica, una carrera que solo se estudia en la capital del país. Hoy Silvia, de 18 años, trabaja como oficinista en el preuniversitario de donde hace unos meses egresó como bachiller.

“Los pasajes de La Habana a Camagüey cuestan 106 pesos, así que podía viajar muy poco; la comida en la universidad es muy mala y poca; comer en la calle es peor que una renta y si no tienes laptop hasta la bibliografía (que debe ser gratis) te sale cara porque había profesores que mandaban todo digital: conferencias, trabajos investigativos… Una vez, para un seminario, tuve que imprimir con un particular 70 páginas de un libro que era la bibliografía principal y solo estaba en versión digital”.

Para Silvia, los costos financieros no fueron los únicos precios elevados de su breve experiencia universitaria. Según me cuenta, la convivencia en las aulas y en la beca también laceró su permanencia en la casa de altos estudios.

Foto: Rogelio Serrano Pérez

“La calidad de las clases no es mala, pero vi a doctores encumbrados escribir en la pizarra álgebra con jota. Y los planes de estudio tenían asignaturas que no guardaban mucha relación con la carrera.”

“En la beca había mal ambiente. Teníamos que velar cuándo llegaba el agua, éramos diez muchachas en el cuarto, y todas fumaban menos yo. Hubo veces que las otras del grupo trajeron muchachos a dormir que ni ellas mismas conocían bien. Allí se escuchaba todo tipo de vulgaridad y ¡no podía estudiar!

“No aguanté. Yo no tengo familia en La Habana, así que me fui para la casa del amigo de mi papá que me acogió cuando ellos se fueron para Ecuador. Ellos antes de irse me dejaron dinero y desde allá me mandaron más, pero la mayoría se lo tuve que dar al amigo de mi papá, que vivía con su esposa y tres hijos. Se portaron muy bien conmigo, pero su estilo de vida no tenía nada que ver con el mío y solo me quedé allá por no dejar los estudios.

Pero los fondos no alcanzaban, ¿y cómo seguir en la universidad sin dinero?

Mis padres comprendieron que tomé mi mejor opción para darles tranquilidad a ellos y apoyo a mi familia en Camagüey, ahora que nadie puede sostenerme”.

En los oídos de un cubano, esta narración puede sonar extraordinaria, pero es, más de lo que pensamos, cierta y no tan infrecuente. Pero no es el fin para Silvia, tiene otras oportunidades. Abandonar sus estudios en la capital no significa abandonar la enseñanza gratuita a la que tiene derecho.

“En mi casa vivimos cinco. El sostén mayor en salario es el de mi hermana, por eso decidí trabajar. En cuanto supe que se estaban haciendo mis papeles para el cambio de carrera para medicina, que fue mi segunda opción cuando terminé el preuniversitario, vine a buscar trabajo a la misma escuela donde estudié. Me dijeron que solo aceptaban para dar clases a quienes hubieran vencido al menos el segundo año de una carrera universitaria, pero me ofrecieron el trabajo de oficinista.

Silvia Esther Guerra López, se vio obligada a trabajar para costearse la vida mientras estudiaba Foto: Rogelio Serrano Pérez

 

“No es fácil estar aquí. Una profesora, sin conocer a fondo mi historia, un día me puso como ejemplo a sus alumnos de alguien que por no estudiar no pudo elegir la carrera que quería. Pero lo peor es gastar mi tiempo en un trabajo que no potencia ninguna habilidad intelectual a fin con mi futura profesión.

“Mi vida cambió drásticamente. Ahora no quiero formarme fuera de la provincia, soy el mejor apoyo con mi sobrina y ayudo a mi abuela. Además, como medicina se estudia aquí a fin de cuentas me sale más barata: En septiembre empezaré a hacerme doctora”.