La emigración siempre es una posibilidad en los jóvenes cubanos. Podría decir que nunca lo he considerado y que he sido un alma pura de aspiraciones foráneas, pero no sería cierto. Yo también pensé en vivir afuera.

Por Harold Cárdenas Lema

Hay posts que no son propios. No pueden pertenecernos porque es una fuerza ajena la que nos impulsa a escribirlos, entonces solo queda permitirle a nuestros dedos hacer lo suyo con las teclas y rezar para que en esta ocasión el precio a pagar no sea demasiado alto. No estoy confesando ningún pecado. De haber partido hacia otro país no sería mejor ni peor, ni más ni menos cubano. Viviría lejos y seguramente la nostalgia me inundaría a menudo.

En mis comienzos universitarios recuerdo compartir el sueño migratorio, fantasear sobre tardes en la nieve y paseos por lugares exóticos. Fue hace poco, pero nuestra realidad era muy distinta. Recuerdo no haberle dicho nada a nadie para no provocar reacciones en personas para las cuales marcharse era traicionar, emigrar era sinónimo de flaqueza ideológica y debilidad. Esto no era una percepción personal sino un hecho comprobado a diario en Cuba.

Recuerdo la tarde en que sancionamos simbólicamente a un compañero nuestro que había emigrado con su familia. Recuerdo los adjetivos que utilizaban mis abuelos para referirse a los vecinos que se marchaban al extranjero. Incluso el simple hecho de viajar podía cobrar matices de prejuicio ante los ojos del puritanismo ideológico. Por suerte, los tiempos han cambiado bastante desde entonces.

El deseo de emigrar fue efímero, como mi ansia de aprender a tocar la guitarra o cantar en el festival de artistas aficionados. De ese inicio universitario solo me queda el recuerdo, mis actuales conciertos en la ducha y una guitarra que se muere del aburrimiento en la esquina del cuarto. Pasaron los años y en el 2013 salí por vez primera y me ocurrió como a un perro que persigue un auto, al alcanzarlo no sabe qué hacer con él.

Cada lugar visitado en los últimos tiempos me va convenciendo de mi carácter tropical. Mi regreso ya no es ni siquiera voluntario sino un impulso por regresar “a lo mío”. Estoy seguro de que no es un problema de adaptación o miedo al cambio, es una decisión personal tan respetable como la de tantos amigos que ahora están desperdigados por todas partes y a los que pienso visitar algún día.

El deseo de ir “afuera” está en nuestro ADN. Quizás sea la atracción de lo que era prohibido hasta hace poco o una cuestión cultural que data de mucho atrás. Lo cierto es que a los cubanos nos encanta el sentimiento de explorar otras realidades. Lamentablemente es una posibilidad escasa para nosotros.

Si las autoridades aduaneras tuvieran conciencia de esto no habrían aplicado regulaciones tan impopulares o no habrían intentado con tanto afán convencernos en la televisión de que los cubanos estamos felices con esto. Quien busque enfrentarse a las relaciones con nuestra emigración o nuestro derecho a ella chocará con el muro del sentido común y se ganará la antipatía popular.

Quedarme en Cuba o irme de ella no significa que sea más o menos patriota. Conozco personas que viven aquí y se sienten muy cómodos vendiendo su país a otros. También he visto a cubanos fuera del país hacer actos de patriotismo impresionantes. En Washington, hace unos meses tuve la oportunidad de impartir una conferencia en la universidad, pero no tenía alojamiento para ello. Mi amigo Ernesto prestó su casa, alimentación y transporte para que esa actividad, que tenía como objetivo acercar Cuba a los Estados Unidos, tuviera lugar.

A diario ocurren muestras de patriotismo por parte de cubanos en todas partes del mundo. Durante mucho tiempo cometimos el error de marginar a nuestros emigrados de lo que ocurría en la Isla y verlos como renegados de ella. Si una porción de ellos ciertamente ha preferido enajenarse de la realidad cubana, creo que son la mayoría quienes comparten su destino desde los lugares más disímiles.

A veces me pregunto: ¿qué nos impulsa a los jóvenes a quedarnos o marcharnos del país? Las respuestas son principalmente económicas o de expectativas culturales, pero ya nadie se cuestiona el derecho a ello y esa es una importante victoria de los últimos años. En muchas ocasiones escribo las cosas que no tengo el valor de decir en voz alta, como que una vez soñé con vivir fuera y eso ahora choca con mi sentimiento de arraigo nacionalista.

No me arrepiento de quedarme en Cuba. Hay momentos en los que pienso cómo me habría ido fuera, pero la curiosidad es menor que los muchos lazos que me atan al destino del país y este pueblo, que tiene mucho menos de lo que merece. Solo espero que llegue el día en que mis amigos de allá quieran regresar a Cuba, en vez de que estos quieran irse afuera.