Había una vez una joven santiaguera que dio a luz en La Habana a una niña de padre habanero. No será este un cuento de hadas, pero tampoco de brujas ni de hechiceros.

Apenas en junio de 2018 fue el alumbramiento. El Programa Materno Infantil cubano había demostrado desde la captación del embarazo, que el socialismo está vivo en esta institución, que no discrimina ni pregunta de dónde es una madre, ni un nacedero.

La madre de la nueva cubana tenía, al nacer la niña, dirección de Santiago de Cuba, y el padre, existente y presente, no tiene, según las normas vigentes en este archipiélago, derecho a inscribir a la hija o hijo, con dirección particular de La Habana.

Nadie maltrató a la madre por ser oriental: hablo de enfermeras, enfermeros, médicos, doctoras, técnicos, pero sí lo hizo la burocracia, que no entiende nada de sentimientos ni de dignidad.

Les adelanto un dato: a los tres meses de vida, la niña nacida en La Habana, se mantenía indocumentada, sin inscripción en registro civil, sin tarjeta de menor, pero el Programa Materno Infantil se mantuvo firme, de vacuna en vacuna, de pesaje en pesaje, sin preguntar de dónde era la niña.

Alma, que así se llama la bebé, tuvo que ser inscripta, por el padre, con dirección de Santiago de Cuba, en una oficina de un hospital de La Habana, aunque la madre viviera en la capital y tuviera, como tiene, un trabajo en la ciudad de las columnas y las murallas.

El procedimiento legal es este: la niña se inscribe con dirección de la madre, la madre debe hacer un trámite, según lo dispuesto en el Decreto 217, para tener dirección de La Habana, si lo logra, después de que un familiar, con fuertes argumentos, la ponga en su dirección, previa autorización e inspección de la Dirección de Planificación Física y de la Dirección de la Vivienda, y después de autorización final de la Asamblea del Poder Popular correspondiente, entonces podrá inscribir a su hija junto a ella, en su misma dirección capitalina.

Pero no bastaba: la madre logró vencer, después de que la abuela de la niña sobrepasó los furiosos muros de la administración, al Decreto 217, y tuvo dirección de La Habana, pero en el Carné de Identidad nos informaron —porque confieso que soy el padre de la criatura del cuento—, que la niña debía continuar indocumentada hasta que se inscribiera en Santiago de Cuba, porque en el momento del nacimiento, su madre constaba con dirección de esa ciudad oriental.

El nuevo trámite debía ser este: un familiar inscribe a la niña en Santiago de Cuba y después se le hace carné de identidad en La Habana, con la nueva dirección de la madre.

Mientras, la niña, tan contenta, no lograba convencer a la OFICODA, ni a la bodeguera, y la abuela de La Habana corría detrás de la leche en polvo que le tocaba y la abuela de Santiago mandaba compotas desde Los Olmos, para que recorrieran casi mil kilómetros de discriminación.

Alma tiene ya más de cuatro meses de nacida. La atención médica que ha recibido, desde su nacimiento en un hospital en construcción, casi cubierta de polvo y bajo golpes de mandarria y taladros, hasta el día de hoy, ha sido humana, constante, tierna y segura.

Si Cuba funcionara como el Programa Materno Infantil, fuéramos otro país, pero no. Alma, también llamada Aitana, para hacer más terrestre el primer nombre tan alado, hasta el día de hoy no ha podido alcanzar ni una compota de una bodega habanera y, si no fuera por la lactancia materna, estuviera yo en huelga delante de la OFICODA correspondiente, hace rato ya.

Esta fábula, que no es imaginaria, sino parte de mi vida presente, como todas las demás, tiene una moraleja. Hay principios que no se pueden violar, hay pilares que no se pueden abandonar.

Los que dan alaridos por la unidad, que han repetido hasta el cansancio que ese es nuestro mayor tesoro, ¿por qué sostienen como una bandera orgullosa, una norma discriminatoria como el Decreto 217?

Me pregunto, yo, que soy como Toqui, aquel muñequito que quería ser nuestro amigo, y que hacía preguntas pesadas, todo el tiempo. ¿Los dirigentes que son enviados desde oriente, todos los días, a dirigir en La Habana, pasan todos ellos por los trámites del Decreto 217?

¿Quién pone en una dirección de La Habana a un dirigente oriental que no tiene familiar alguno en una casa de la capital, con los metros cuadrados adecuados?

¿Por qué no van al capítulo de Igualdad, de la vigente constitución, y observan que es un derecho de los cubanos y cubanas, domiciliarse en cualquier barrio o ciudad de Cuba?

Los amantes de la unidad, en cambio, han resuelto este problema de otra manera. El Proyecto de Constitución, que todavía se consulta con el pueblo, consagra que el derecho a residir en cualquier parte de Cuba puede tener excepciones en la ley. Bonita manera de legalizar la barbaridad que por más de 20 años ha discriminado a los orientales y occidentales que deciden vivir en La Habana.

La Habana es la capital de todos los fulanos. Hemos permitido que se les pregunte a los que no tienen una dirección de esta ciudad, ¿a qué vienen a La Habana, por qué están aquí?, ¿dónde se quedan a dormir?, y hemos permitido que se les envíe, a los que no dan respuestas satisfactorias, a sus provincias de origen, como si fueran ganado descarriado.

No me hablen de unidad si una bebé, por tener una madre nacida en Santiago de Cuba, no puede acumular sus compotas, las que le tocan por ser cubana y no habanera, para cuando su mamá no pueda darle más la leche propia.

Alma, sin embargo, sonríe, no sabe de injusticias ni de oprobios, para esas calamidades estamos sus padres y abuelos. Tal vez su hermanito con nombre de héroe la salve un día de las ofensas. O tal vez no haya nada que lamentar en poco tiempo.

Alma ya tiene dirección de La Habana. Otras almas buenas, que no saben de lugares de origen, la inscribieron a la distancia, después de meses de sistemas caídos, y silencio administrativo, pero ella no disfruta aún de todos sus derechos.

No ha visto todavía las montañas de Santiago, ni ha escuchado en vivo una corneta china. Sabe solo del salitre de las costas de La Habana, del hollín de los casi extintos almendrones, y de los cantos de las vendedoras de escobas y haraganes.

Mi hija no sabe que ha sido discriminada por ser Alma santiaguera.

 

alma santiaguera