Mi abuelo paseaba por la casa en las noches. Cuando eran las 2 o 3 de la mañana –sintiendo el peso incierto de una guardia inventada-, en una posta desierta donde nadie lo esperaba, salía a caminar. Revisaba las puertas y entonces llegaba a mi cuarto.  Al encender las luces, yo volvía del sueño a la realidad; pero él estaba en otro mundo.

Podía estar en casa de sus padres en una noche de su infancia o perdido en algún sitio de la memoria en las guerras de Angola o Etiopía. Rara vez se encontraba en el lugar justo en que coexistíamos o a veces se sentía ahí, pero 40 años antes de mi nacimiento.

Se sentaba en la esquina de la cama e iniciaba el interrogatorio. En un bucle temporal las preguntas volvían: – ¿Quién tú eres? ¿Dónde estoy?… Entonces convencía a mi abuelo –todos los días- entre las 2 y las 3 de la madrugada de que ya no era un niño, la guerra había acabado,  yo era su nieta y estábamos en su casa. Hacía gestos de entenderlo todo. Quedaba satisfecho con la explicación y pedía disculpas por despertarme.

Tenía de niño y de viejo en la mirada. Era 10 años menor que mi abuela. Tuvieron juntos 5 hijos, 6 nietos y una infidelidad, acuñada por mi abuelo. Ahora eso no importaba, habían sobrevivido juntos a todos los tiempos: los buenos y los malos, los de crisis y las bonanzas, los de turbulencias amorosas y los de tranquilidad. Ya los dos peinaban canas y dormían juntos en el cuarto de al lado.

Mi mamá comentaba en la cocina que en la última visita al hospital les habían diagnosticado la misma enfermedad, hasta eso compartían. Una enfermedad con un nombre difícil de pronunciar para una niña y que explicaba por qué vivían presos de sus propias mentes. El Alzheimer era el nombre de todos los problemas.

Mi abuela miraba las fotos de la boda, para no perderse y no olvidarse. Me decía bajito, para compartir el secreto con alguien: -Una vez me quiso dejar por una mulata, pero me puse fuerte y la dejó. A los 5 minutos cambiaba de tema y preguntaba por su abuela, que había fallecido hace años ya.

Un día mi abuelo empeoró. Lo llevaron al hospital y no volvió más a casa, sin embargo mi abuela continuaba hablando todo el tiempo con él. Lo regañaba por las cosas del pasado y lo encontraba en todos los sitios de la casa. Alguien debía explicarle a mi abuela, hacerle entender que aunque ella era 10 años mayor que él, su hora había llegado antes. No hizo falta, ella no dejaba de verlo y hablarle y todos quedamos convencidos de que así era mejor.

Mi abuela hasta el final, discutía con el joven aquel que fue a la guerra. En su mundo, él nunca se fue. Cada noche, sentado en la esquina de su cama, su esposo de tantos años le sonreía y la acompañaba, pidiéndole perdón por la historia con la mulata aquella.