“Un-dos-tres…, comenzamos, barbilla arriba y…”, un clip activa la música en el destartalado cine Naranjal. Los cuerpos ágiles y larguiruchos no revelan más de 15 o 16 años. En el centro, guiando cada movimiento, un jovencito de tez morena que parece no cansarse nunca, Jesús Grasso Zamora, hace su papel de “El profe”.

Teatro, danza, música, artes plásticas…, cada obra lleva un poquito de todas las manifestaciones, pero mucho más de ingenio. Hay que crear con lo que se tenga a mano. Lo mismo una rueda vieja, que una lata o una muñeca sin brazos…, nada sobra y eso también ha ido curtiendo a Jesús incluso desde su época de estudiante.

“Como instructor creé junto a otros colegas un grupo que se llamó Atenarte. Formábamos parte de la Guerrilla 50 aniversario creada por la Brigada José Martí para llegar a los lugares más apartados de las ciudades”, recuerda. Después nació su propio proyecto: Por una sonrisa, que le sirvió de tema para su tesis de licenciatura en la Universidad Pedagógica Juan Marinello.

“En aquel momento había varios problemas en la comunidad El Naranjal relacionados con los adolescentes. Algunas personas me propusieron crear un proyecto para concentrarlos en algo positivo. Imagínate, varios niños tenían a los padres cumpliendo misión en Venezuela o trabajaban en Varadero y los chiquillos permanecían solos desde las 4 de la tarde.”

Al principio no tenía dónde reunirse. Lo primero que consiguieron fue un aula que ya no se usaba y casi tuvieron que hacerla nueva. Sin embargo, la alegría duró poco. Cuando estuvo bonita, a Jesús y sus muchachos los pasaron para otro local, “porque había crecido la matrícula”, y debió empezar de cero todo otra vez. Hasta que por fin, tras muchas gestiones, a los de Por una sonrisa los dejaron ensayar en el Cine de El Naranjal, que hacía años no proyectaba filme alguno.Sobre esas ruinas florecieron muchas sonrisas.

“Cuando comenzamos, no solo trabajaba con niños o adolescentes sanos, también tuve alumnos síndrome de downs o con otras patologías delicadas, y su calidad de vida mejoró con los ejercicios que hacíamos.”

–A ver, Diana, cambia el brazo. Así no…, un poco más a la derecha.

Sobre el improvisado tablado la niña sueña con ser bailarina y ya lo es. La presentación en el Carnaval de la ciudad será pronto. Los ensayos se multiplican hasta el cansancio, pero hay tanto entusiasmo que nadie protesta.

“El trabajo comunitario es muy importante porque trabaja con ese universo espiritual que te permite transformar malos hábitos, conductas. Por supuesto, hay que conocer con profundidad los elementos culturales que componen la comunidad porque el objetivo es intervenir y no irrumpir en su contexto, en su dinámica”, sostiene Jesús.

Con solo 26 años, Grasso ya ha vivido mucho. Y ha madurado, cómo no, tanto que no solo es el consejero del proyecto, también el de su casa cuando estalla alguna tormenta entre sus padres.

“Una de las vivencias que más me marcó fue el tiempo que estuve cumpliendo misión en Venezuela”, entorna los ojos y se pasa una mano por la cabeza como queriendo borrar malos recuerdos.

“Trabajé durante un año en el estado de Lara, como parte de una brigada que atendía comunidades en extrema pobreza. Allí la mayoría de las personas apenas tenían recursos para comer y eran muy violentos”, describe. “Imagínate, a mi clase fueron muchachos de dos bandas rivales de la comunidad y mi primer requisito fue que, para entrar allí, tenían que dejar las armas”, evoca.

“Enseguida comenzaron a protestar y pensé que se iba a armar allí mismo la mundial. Pero al otro día llegaron y pusieron las armas en un saco que yo tenía en la mesa. Respiré profundo y todo fue fluyendo. Al punto que desde que me veían en la calle comenzaban a gritar: “!ahí viene Cuba, ahí viene Cuba!”.

Una mañana llegó a la panadería más cercana y en el portal encontró un niño que no dejaba de mirarlo. Conmovido por aquellos ojazos negros prendidos a él, no pudo contenerse:

-¿Quieres un pan?

El chico apenas asintió y salió corriendo con su pan entre las manos.

Entonces el dependiente de la panadería, recostándose al mostrador, le dijo:

-Nadie sabe si tiene familia. Duerme en este portal todos los días.

A partir de ahí la historia cambió. Jesús lo llevó al proyecto y fue uno de los más esforzados.

“Claro, me costó bastante lidiar con el rechazo de algunos que, con mejor posición y meriendas deliciosas, lo marginaban. Sin embargo, antes de terminar mi misión, eso fue cambiando. Dejaron de mirarlo con desdén y hasta aprendieron a compartir con el pequeño.”

Con todas esas experiencias en Venezuela y apenas puso un pie en suelo cubano, se dedicó con más empeño y amor a su proyecto. “Para mí lo más importante es el reconocimiento de la comunidad. A veces paso por algún lugar de la ciudad y me sorprende un “profe, cómo está, ¿se acuerda de mí?. Es algo que no tiene precio”, sonríe.

Pero los recursos sí. Por eso las esperanzas de Jesús para llegar a más personas están cifradas en la aprobación gubernamental de la intervención del cine como un proyecto de desarrollo local.

“Nuestro objetivo es convertir el cine en un centro multipropósito, con actividades para niños, y en la noche para adolescentes y jóvenes. Aunque la Dirección de Cultura en la provincia siempre nos ha apoyado, el trabajo comunitario demanda muchos recursos y aún son insuficientes.”