En La Loma de la Cruz, un barrio de Guanabacoa donde el alcoholismo, la droga o la prostitución ya no están tan ocultos, donde la religión afrocubana se confunde a veces con actos de violencia, Adrián, un joven de 18 años, ha querido superar un medio que insiste en devorarle el futuro.

Desde los trece años comenzó a compartir con “amigos” mayores que él hasta altas horas de la noche o el día siguiente. Dormía poco, apenas almorzaba, iba a la escuela por las tardes, regresaba casi de noche a la casa y salía otra vez.

También ingería bebidas alcohólicas desmesuradamente y llegó a probar cigarros que venden a 5 CUC, con una sustancia desconocida para él, que provocaban un gran estado de relajación.

Pero su mayor preocupación ahora mismo no es la droga, sino la violencia en Guanabacoa. “¡Imagínate! —dice—. Aquí hay que fajarse hasta por un pisotón”.

Un día acompañó a unos amigos al proyecto comunitario cercano a su casa Granitos de Canela, que se dedica a enseñar a bailar a jóvenes de la zona y organiza actividades recreativas y sociales.

“A mí me habían hablado del proyecto pero nunca había hecho caso de lo que me decían. Yo pensaba que era una cosa aburrida de bitongos (niños finos) Pero ese día fui con unos socios del barrio por ‘hacerles la media’ y me gustó lo que vi: una pila de chiquillas lindas divirtiéndose. Entré al proyecto por embullo y pa´ que veas: ya no ando con los amigos míos ambientosos y estoy más tranquilo”.

Granitos de Canela tiene más de diez años de creado y su coordinador general, José Luis Maurel (Papito) asegura que la intención es mantener a jóvenes de la localidad alejados de actividades que atenten contra su formación integral.

El proyecto trabaja con más de 40 niños, 30 jóvenes y 20 adultos mayores. Ha incorporado once niños con Síndrome de Down y cuatro con autismo. Tiene su sede en la propia casa de Papito y apuesta por el rescate de los bailes tradicionales.

Papito en las clases de casino a los jóvenes. Foto del autor.

Papito asegura que en la Loma de la Cruz hay mucha gente que “no trabaja ni hace nada: viven del business; incluso profesionales: médicos, ingenieros, que han dejado el trabajo y se han puesto a hacer otras cosas, ¡lo que sea!, para vivir”.

“Cerca de aquí viven tres jóvenes que decidieron no seguir estudiando y los padres los apoyaron. ¿Qué te parece? ¡Viven del invento! Una vez le pregunté a una mamá y su respuesta fue muy simple: ¿para qué van a estudiar si al final no van a resolver nada?”

Aunque los proyectos culturales autónomos pueden servir para la integración social, Alejandro Satorre, joven sociólogo y profesor universitario, asegura que combatir la marginalidad requiere el esfuerzo de muchos actores, pero el Estado tiene la gran responsabilidad en lograr que sectores desprotegidos superen esas condiciones históricas que los han sumido en estados vulnerables o precarios.

“La marginalidad es una condición de exclusión social donde personas se quedan al margen de las oportunidades y de la obtención de un empleo, lo cual provoca que algunos jóvenes se sientan diferentes al resto y la sociedad comience a legitimar desigualdades y a segregarlos mediante la estratificación social: ‘tú eres inferior a mí porque vives en tal barrio o porque te expresas de tal manera”.

Adrián hace una mueca incómoda cuando escucha la palabra “marginal”. Será porque ahora baila en un ambiente sano, consiguió una novia en Lawton, pasó un curso de cocina, y asegura que pronto comenzará a trabajar en una paladar particular en el Vedado.

Adrían con su amigos del proyecto comunitario. Foto del autor.

Sin embargo, a sus padres o a su hermano, con quienes vive, todo esto les resulta intrascendente.

“Total, cuando yo empecé en Granitos de Canela tampoco les interesó mucho. Ellos simplemente me han dejado hacerlo. Esto, y muchas otras cosas más”.