Cacha vive de las costuras que le hace a la familia González en Camagüey. Era del pueblito holguinero de San Germán, pero un día se enamoró: se fue con el novio, tuvo un único hijo en Camagüey y allí se quedó. Hasta hoy.

El pago de Cacha por el trabajo que hace en la casa de los González varía. La familia le dio el cuarto del medio para que ella se sienta cómoda los días que los visita, le compra las cajas de cigarros fuertes que a Cacha le gusta fumar, y nadie come en casa de los González si Cacha no se sienta a la mesa.

Cacha tiene que mantener a su nieto de veinte años, y por eso cose. El papá del niño un día cometió un crimen pasional y ahora paga por eso. El jovencito quedó sin mamá y Cacha asumió, tuvo que asumir: ser madre, padre, y abuela.

El muchacho de Cacha no le salió bueno, pero ella es fiel al cariño que siente, al compromiso, a la obligación, a la patria potestad y a la lástima también.

Demasiada edad para tanta responsabilidad. Muchos años cumplidos para empezar otra vez, para criar a alguien en tiempos diferentes, para educar a la antigua y ser incomprendida, para que le regalen un amor raro, noches de preocupación, poco caso y espera.

Por estos días cose unos uniformes escolares en la máquina rusa que usó su madre y encima de la cama, tiene uno pantalones de mezclilla viejos que debe cortar para hacer shorts. Y unas blusas sin botones.

Cacha es una mujer sufrida. Primero se ahorcó su esposo y luego lo hizo su hermano, un hombre que odió Cuba y quien luego quiso que tiraran sus cenizas en la parte del Río Cauto que pasa cerca de la casa.

Ella está acostumbrada al trabajo duro. Era la única hembra de nueve hijos. Cuando niña hacía carbón y lavaba bateas de ropa para las familias ricas. Los hermanos de Cacha casi no se ocupan de su hipertensión. Pero la familia González le compra los medicamentos y la quieren mucho, desde las primeras veces que ella venía a la ciudad para vender dulce de fruta bomba en conservas.

La familia González tiene mucha confianza en Cacha. Le dan dinero de vez en cuando y ella lo reúne debajo del colchón para hacer sus viajes a Sancti Spíritus, donde viven los padres de la mujer de su hijo, una mujer bella, rubia, fallecida hace quince años.

Va a esa casa desde que todos entendieron que ella no fue culpable de la decisión de su hijo.  En Sancti Spíritus pasa unas semanas. Y luego vuelve a casa de los González, donde es bien recibida.

Siempre regresa llorosa, y pasa días así. Extraña al nieto que decidió dejarla sola porque le daba pena ser familia de una mujer como su abuela. Cacha hace tiempo no es feliz y tanta soledad espiritual la han convertido en una señora con miedos.

Pero cuando se le ve por la calle, pregunta con alegría cómo te sientes, y habla sobre la familia y pregunta por el trabajo y por la vida. Y después se va, medio preocupada, con la cabeza mirando hacia abajo como si ella tuviera pena o rencores consigo misma, se va lento, probablemente pensando, queriendo saber por qué.