“Cada vez oigo menos, pero cada día soy menos sorda”, dice Dayesi Rodríguez Benítez, detrás del mostrador del puesto de talabartería donde vende. Tiene 26 años, y desde los 19 ha tenido seis trabajos, un montón de gente prejuiciada por su pérdida auditiva, el reto creciente por su condición de madre soltera, el desafío diario de la comunicación con el público en el céntrico mercado camagüeyano de La Caridad.

“Con el aparato en la oreja oigo bastante bien, si me lo quito sí tengo que leerle los labios a la gente para poder entenderlos, pero me las arreglo bien”, afirma Dayesi y me pide permiso para atender a una señora que observa, a mi parecer, todas las ofertas de la talabartería.

“¿Le gustan las carteras?”, le pregunta certera a la mujer que enseguida le revela sus exigencias para un nuevo bolso. “Le recomiendo esta, tiene buen tamaño, un diseño bonito y el precio es más módico que el de las tiendas de divisa”. Es un as. Su atención al público no solo supera mi tino, sino el de muchos vendedores que he visto sin discapacidad alguna.

Graduada de secretaria operadora de microcomputadora inició su vida laboral lejos del ajetreo que ahora tiene, como técnica en informática de la escuela especial Jesús Suárez Gayol; su segundo empleo, como funcionaria municipal de la Asociación Nacional de Sordos de Cuba, también tuvo quietud de buró.

Pero nació el niño. Y el padre no lo reconoció, ni se ocupa de él.

“Dreiser lleva mis apellidos. El salario no me alcanzaba para atenderlo bien, así que conseguí freír minutas en un merendero frente al hospital pediátrico, y después estuve como elaboradora en otro puesto de esa misma zona”, recapitula la joven.

Hasta los dos años de edad Dayesi oyó de maravilla, pero una meningoencefalitis la puso en coma. Los médicos no contaban con ella, y le dijeron a su madre que de salvarse quedarían secuelas, y quedaron.

“Pero yo por mi hijo me las arreglo a como dé lugar, fíjese que trabajé en la calle más céntrica de Camagüey, República, vendiendo en un puesto de bisutería”.

Al principio, varios empleadores temieron por la sordera. Ella, que también temía, decidió callarse su discapacidad. “En definitiva, he aprendido a escuchar con los ojos, a estar bien atenta para que no hayan quejas. Hasta ahora me ha ido bien”, comenta.

El ánimo de Dayesi es gigante, tiene que ser así. Se despierta a diario un poco antes de las 6:00 a.m., levanta al pequeño de tres años y medio, le prepara las cosas, alista las de ella, y sale como un torpedo para el mercado, que no queda tan alejado de la casa como sus empleos anteriores. Después de la salida del trabajo a las 5:00 p.m., recoge al hijo y empieza otra jornada de faenas hogareñas: limpiar, cocinar, lavar alguna ropa…

La ayuda de la mamá de Dayesi ha sido crucial, pero con todo y eso los gastos son grandes.

“El niño no tiene círculo infantil, una cuidadora particular me cobra $150 pesos al mes por cuidarlo, y allí tengo que llevar a diario meriendas y almuerzo.  Ser madre soltera no es fácil. Tengo una relación, pero estamos medio disgustados. Es que necesito alguien que me ayude, no que me mantenga, pero sí que me ayude. Si no es así prefiero estar sola”.

Con el tiempo Dayesi ha notado que pierde audición, pero ese no es su mayor temor. “Cuando trabajé en la Ansoc aprendí bastante bien el lenguaje de señas cubano y si me llegara a quedar sorda por completo sabría comunicarme.

“Lo que sí me da miedo es la pérdida auditiva que le ha surgido al niño (los ojos rompen en aguas que sujeta con fuerza). Antes luchaba solo por mí, pero desde que Dreiser nació se convirtió en la principal razón para vivir mejor. Desde que parí no me quito el aparato ni cuando duermo, para atenderlo si se despierta por la noche. Oigo menos, pero luchar por mi hijo me ha hecho sentirme cada día menos sorda”.