Hace unos años Yasmani y Ania miraban a quienes viven en la calle con asco y hasta con cierto desprecio. La pobreza y la marginalidad eran realidades ajenas a ellos. Pero un día descubrieron esa otra ciudad “que no estaba a la altura de sus ojos” y sus vidas dieron un giro definitivo.

Van llegando con sus pantalones desgastados y agujeros que atraviesan la ropa y la memoria. Algunos prefieren no recordar, otros viven de historias fabuladas que sirven de alimento a “turistas” y “curiosos”. Pero Yasmani Rodríguez no es espectador pasivo de esas personas que se reúnen los viernes en la Comunidad de San Egidio, en La Habana Vieja. Al menos, no desde el año 2009, cuando se unió como voluntario a ese proyecto laico de atención a personas sin viviendas o lo que en Cuba las autoridades llaman “deambulantes”.

Yasmani Rodríguez. Foto: Alejandro Ulloa

Al principio de su “servicio” tenía 21 años y sentía pena por lo que pudieran pensar sus amigos. “No quería que me vieran como el bobito que va a la Iglesia. Son estigmas sociales que existen.” Hasta inventaba excusas cuando lo invitaban a salir los fines de semana, para no decir siempre que estaba trabajando en el proyecto.

Yasmani es también un joven que gusta de las fiestas, aunque prefiera emplear gran parte de su tiempo libre en el voluntariado del Movimiento de Jóvenes por la Paz, un colectivo que desde su parroquia trata de ayudar a cuantos puedan, no solo “deambulantes”. “Me parece que debemos dejar atrás esa mentalidad de que a los jóvenes solo les interesa divertirse e ir a la discoteca”, asegura y revela: “Mis compañeros de San Egidio son personas alegres que tratan de mover algo, que creen en el trabajo que hacen.”

Cada sábado Yasmani coordina la Escuelita de la Paz, iniciativa para formar valores y desarrollar el respeto entre los niños del barrio de Belén. Algunos de esos menores presentan problemas de conducta. “Tratamos de que cada encuentro sea divertido y aprendan; dejamos un mensaje de amor y tolerancia, pero no son clases de catecismo”.

Ania y Yasmani junto a otros niños y jóvenes que protagonizan la escuelita de la paz. Foto cortesía de los entrevistados

Siempre a mitad de semana, en un aparte de sus estudios, se reúne con los integrantes del Movimiento para ordenar lápices y libretas y planificar las actividades del próximo sábado.

La vida de Yasmani ha cambiado mucho en estos años. En la Comunidad encontró su vocación profesional y decidió hacerse doctor. “Cuando eres joven tiendes a mirar lo bello, pero hay que bajar la cabeza y pensar que tienes un compromiso con quienes necesitan tu apoyo.”

“Nosotros demostramos que desde aquí se puede cambiar algo, que tiene que haber esperanza”, asegura Ania Herrera, una muchacha de 24 años que ha escuchado a Yasmani mientras nos habla de su experiencia en la Comunidad de San Egidio. Ella se unió al grupo  desde 2012, porque no está de acuerdo con la idea de que la única aspiración de un joven cubano es “estudiar, superarse e irse de Cuba”.

“Existen muchos jóvenes que no le hacen daño a nadie y que no encuentran el espacio ni el modo de ayudar a los demás. Yo tampoco lo encontraba, hasta que llegué a la Comunidad”, recuerda. Los sábados también Ania encabeza un grupo de adolescentes de entre 12 y 14 años que dedican varias horas al cuidado de personas mayores en el Hogar de Ancianos de la calle Reina.

Foto: Cortesía de los entrevistados. Evento dedicado a los mayores donde interactúan con los adolescentes

Como Yasmani, ella estudia Medicina y cree que cada proyecto social de la Comunidad la ha impactado de un modo diferente.

“Con los Amigos de la Calle he conocido a personas que tuvieron una familia, un hogar y ahora vagan por la ciudad. No siempre presentan problemas psiquiátricos o de alcoholismo. Recuerdo a un muchacho que por ser homosexual lo expulsaron de su casa, y a una señora que ante el nacimiento de sus nietos decidió irse de la vivienda porque ya no había lugar para todos.”

Según Ania, al menos una vez a la semana, integrantes del Movimiento de Jóvenes por la Paz van al encuentro de esas “personas sin hogar”, experiencia que la ha marcado profundamente. Una merienda o un abrigo es el pretexto para intercambiar con ellas, saber qué sienten o necesitan. “Nos agradecen el simple hecho de sentarnos a conversar y compartir el tiempo.”

“Nuestro trabajo no oculta algún tipo de lucro o beneficio personal”, afirma. “Si no aparecen los recursos para realizar un proyecto, igual buscamos el modo de estar cerca de la gente y sus realidades. Hay acciones pequeñas que pueden marcar la diferencia, indicar un camino.”