La república es la cosa de todos, la cosa del pueblo, la cosa pública. Respublicae le decían sus creadores, en contraposición al reino, a la monarquía, donde mandaba el rex. Y era antes que nada “cosa”.

La “cosa” fue concepto central del Derecho Romano, por eso resolvieron clasificarla en genéricas y específicas, divisibles e indivisibles, principales y accesorias, consumibles y no consumibles, fungibles y no fungibles, muebles e inmuebles, dentro del comercio o fuera de él, sagradas y religiosas, públicas, comunes, de nadie, abandonadas, etc.

Después de Roma ningún pueblo había estado tan cerca de “la cosa” como el cubano. Para nosotros todo es “la cosa”, lo malo, lo bueno, lo sabroso y lo amargo, lo bello y lo horrendo. Y la res, cosa en su estado primigenio, es la cosa más difícil de encontrar que podamos imaginar.

No hay cosa más difícil que comerse esa cosa, podríamos decir. La res en Cuba no es pública, más bien todo lo contrario, de la novena de carne que llegaba a las carnicerías donde se vendía carne no queda ni el recuerdo. Ahora fácilmente podemos estar nueve años sin probar la carne y algunos llevan esperando el bocado toda la vida.

Como todo lo que no nos toca, ahora la res, cosa divina y anhelada, resulta cancerígena, dañina, la cosa mala, la cosa peligrosa para la salud. En medio mundo la gente hace asados los fines de semana, una cosa suicida, porque en esos asados no se rostiza pollo, ni salchicha de puerco, ni picadillo condimentado, sino res, la cosa roja, que debe haber matado a millones de argentinos, uruguayos, paraguayos, gauchos del sur de Brasil, y así.

¿Quién nos quitó el derecho a esa cosa?, ¿quién es el responsable de que no comamos esa cosa, la llamada res, la que antes se compraba de contrabando y ahora ni eso, la que se les daba a los enfermos y ahora nos enfermaría, de comerla alguna vez?

¿Por qué no hay vacas si había, a dónde se fueron? No vi a ninguna vaca yéndose en una balsa en el 94, ni la he visto en la cola de Calzada y K, para pedir visa, como se hacía antes, ni convirtiéndose en española porque una abuela vaca fue gallega. No he visto vacas que abandonen delegaciones oficiales cubanas, ni que se vayan de misión a Venezuela, por lo que las vacas deben estar aquí.

Puedo pensar que es que se las comen los turistas extranjeros, pero ellos no vienen a Cuba a comer carne, eso es como ir nosotros fuéramos a tomar guarapo a Canadá.

No, las vacas están aquí, o se murieron, o no nacen, o se esfumaron. O se esfumó el pasto que comían, o el agua que tomaban, pero había vacas en Cuba, yo las vi y hasta las llegué a probar.

La falta de res, de la cosa original, no nos hubiera golpeado tanto si el paisaje se hubiera llenado de otros ganados, del porcino, más puerco, pero más sencillo, de carneros, que no llegan a ovejas, pero balan, y son como el chivo, pero sin barba. Si hubiéramos tenido conejos, en abundancia, digo, para comer, no para festejar, pero no, tampoco ha habido para desviar la mirada.

El cerdo es un animal exótico, es tan caro como la res que vendían en los 90 los matarifes furtivos de vacas y novillas.

Es que hemos pasado a las hortalizas, a la zanahoria, al nabo, a la remolacha y la berenjena, a la habichuela, a los rábanos, tomates, etc. Mas no, tampoco ha sido eso, los vegetales, como les decimos cariñosamente en Cuba, tampoco son comprables, son impagables, como la deuda externa que después decidimos pagar.

Ni a las frutas hemos pasado, ni a los granos. El secreto es el perrito. No se asusten los que no nos conocen, no nos estamos comiendo a los perros, digo, a los pastores alemanes, al bóxer, ni a los gentiles satos, lo que estamos masticando es salchichas producidas en lejanos parajes a base de cosas molidas de origen animal.

Y picadillos, de pavo, de pollo, todos rancios, todos grasientos, todos estos sí, muy dañinos.

Y croquetas criollas, que hay que freír, con el escaso y caro aceite, o con la escasa y cara grasa de puerco. Dicen que son de pescado, las croquetas criollas, no saben a pescado, pero las venden en las pescaderías, aunque esto no debe ser un dato porque allí también venden mortadella de pollo.

Hace unos días me espanté cuando vi en un programa de televisión que se criaba en una granja, como ganado menor, para comer, al cuy, llamado en Cuba curiel, que da para un bocado, pero al parecer la desesperación por la falta de proteína nos ha llevado hasta ese punto. El cuy se come mucho en los Andes, no los critico, pero yo creo que comerse a un cuy es como comerse a la Calabacita o a Coti, o a un muñeco de peluche, pero pensándolo bien, me callo, recuerdo que en el Período Especial nos comimos a Vinagrito, así, ácido y todo.

Los cubanos no creemos en especies endémicas, ni en peligro de extinción, cuando de falta de caldero se trata. No ha habido manera de que dejemos de comer caguama, cocodrilo, jutía y ahora hay quien se come a los tiernos manatíes, que debe ser como comerse a una señora gorda que pasa nadando lentamente cerca de nuestro bote.

En fin, no nos va a matar la carne, a los que ahora padecen de anemia o los salva el huevo, nuestro salvador más fiel, o los salva el gajo de moringa o los salva la bigotuda claria, que parecía que pulularía, pero no, espejismos nuestros.

Nos va a matar la gota, que produce el perrito caliente que comen nuestros niños a diario, y nos va a matar la comida chatarra, que nos alimenta malamente día a día.

Ahora tendremos el nuevo derecho a la alimentación sana. No sé cómo lo vamos a ejercer y cómo lo vamos a garantizar y cómo lo vamos a reivindicar, pero es un hecho que no se puede hablar de prosperidad, ni de socialismo, ni de democracia, sentados a la mesa, a la hora de almuerzo, frente a un plato que no tiene ni una cosa ni la otra.