La vida es algo efímero y vulnerable que unos ponen en función de sí mismos y otros entregan por nuestra libertad. Esta es una historia increíble de sacrificio y pérdida, de un héroe cubano olvidado por las peores razones.

Por: Harold Cárdenas Lema (haroldcardenaslema@gmail.com

No pertenezco a la raza de los que se excitan con desfiles militares rusos, pero en el 70 aniversario de la victoria sobre el fascismo es difícil no conmoverse y recordar al único cubano con grados de oficial en el Ejército Rojo. Hoy hablamos de Enrique Vilar, ahora que se puede.

En la miseria y con el padre de familia en prisión por ser dirigente comunista, Caridad Figueredo debió enfrentarse a una disyuntiva trágica: si enviar a alguno de sus cuatro hijos a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y a cuál de ellos sería. Enrique era el mayor y, al explicarle, preguntó si la URSS estaba muy lejos, si el padre lo sabía y cuándo podría regresar.

“Cuando se pueda, regresarás…”, dijo la madre. Con siete años el niño dijo adiós desde la proa del barco. Abandonaría Cuba ese día y jamás la volvería a ver.

Enrique no sabría nunca que su padre sería Senador de la República representando a los comunistas en el Gobierno, que el apellido familiar sería luego ensuciado por el oportunismo político y que llegaría al 2015 envuelto en polémica. Con diez años escribía: “Papá, lucha por nuestra gran causa. Cuando yo regrese seguiremos luchando juntos…”.

Luchando juntos

Por un azar de la Historia, el niño fue protegido en la URSS con maternal interés por una dirigente italiana llamada Tina Modotti, que quizás lo veía como el hijo que no pudo tener con el amor de su vida, uno de los grandes héroes cubanos del siglo XX llamado Julio Antonio Mella.

Por ese tiempo se encontraba en Moscú recuperándose de una enfermedad otro cubano insigne: Rubén Martínez Villena. Éste se encargó del muchacho personalmente y escribió a su esposa: “El chico es un niño prodigio, dice cosas formidables…”. Rubén debió regresar a su país y morir en la lucha contra el dictador cubano Gerardo Machado. Enrique estaba solo una vez más.

Su familia salió exiliada de Cuba en 1937, pero lograron reunirse todos en Moscú. Cuando se reencontraron, Enrique ya no hablaba español, pero entre lágrimas y en ruso repetía: “Qué bella es mi madre”. En la URSS por primera vez tuvieron dinero suficiente para comprar helados y golosinas. Fue también la primera vez que vieron morir a alguien, cuando un muchacho que jugaba junto a ellos en el parque sufrió un accidente y Enrique le apartó la vista a sus tres hermanos pequeños.

La traductora familiar durante los primeros meses de su estancia se llamaba Zhina. Fue fundamental en su adaptación, pero un día desapareció de repente y las personas evitaban mencionar su nombre. Años después se supo que era ucraniana, su padre había sido acusado de trotskista y fusilado. Estaba ocurriendo la purga de los años 30 bajo sus propias narices.

Sus padres debieron regresar a Cuba a finales de la década. En el año 1939 Enrique insistió en pasar los últimos días solo junto a la madre en el hotel. Su hermana Rita Vilar, en una maravillosa entrevista concedida al historiador Newton Briones, cuenta que al despedirse ninguno de los dos supo que sería la última vez que se verían. Caridad lo escuchó cerrar la puerta y tirarse en la cama mientras ella caminaba hacia el elevador. Quedó entonces al cuidado de dos hermanas de Luis Carlos Prestes, quienes lo acompañaron a tomar el tren que lo condujo a la unidad militar donde fue destinado. La rueda de la historia había comenzado a girar.

La victoria será nuestra

Cuando los alemanes irrumpieron por sorpresa en territorio soviético avanzaron con rapidez y Stalin, en plena crisis depresiva, demoró 10 días en reaccionar. Al hablarle a la URSS dando a conocer el estallido de la guerra, terminó diciendo algo que parecía irreal entonces: “La victoria será nuestra”. Nadie sabía cuánta sangre costaría esa victoria y mucho menos que dos cubanos serían héroes en la misma, uno de ellos fue Enrique Vilar.

Mientras los alemanes invadían la URSS, el joven cubano ingresó en la Escuela Central de Instructores de Francotiradores y luego marchó a la Escuela Superior de Mandos. Con 16 años pidió que le permitieran ir al frente, pero se lo negaron por su edad. Hasta finales de 1944 no lo lograría en su tercer intento.

El día que partió al frente, Georgina, su otra hermana, fue la única que pudo verlo en la estación de trenes. Ella le dijo: “Ha llegado el momento de luchar por nuestra segunda patria. Ojalá tengas suerte”. Jamás volverían a verse.

En noviembre, el álferez Enrique Vilar llegó al Estado Mayor del Segundo Frente de Bielorrusia y al mes siguiente ya era jefe de pelotón en la 137ª División de Infantería. Participó pocos meses en los combates, pero en la II Guerra Mundial no hubo operación militar sencilla, todas eran extremadamente peligrosas. A los jóvenes oficiales les enseñaban a predicar con el ejemplo en el campo de batalla y, por tanto, eran los más expuestos.

Enrique participó en la toma del poblado de Fürstenau en Prusia Oriental, liderando el ataque de su pelotón el 30 de enero de 1945. Al día siguiente fue encontrado muerto en el campo de batalla junto a todos sus compañeros, pistola en mano y tendido en dirección a las trincheras nazis. Su sacrificio permitió desviar la atención de los fascistas y que así el resto del batallón ocupara el poblado. Tenía 19 años.

En 1945 la familia recibió la demoledora noticia en una misiva del Kremlin: Enrique Vilar Figueredo había muerto en tierra polaca pocos días antes del triunfo.

Omisiones y trascendencias

Fue el único oficial cubano caído en la Segunda Guerra Mundial. Fue condecorado post-mortem con la Orden de la Gran Guerra Patria, la Orden Ernesto Che Guevara de primer grado y cada año se conmemora su caída en la Plaza de la Victoria de Belarús. De haber nacido en una familia desconocida habríamos escuchado hablar mucho sobre él en Cuba, pero su apellido es Vilar y su padre fue expulsado injustamente del Partido Comunista por razones turbias en una historia que abordaremos pronto.

Hace pocos años en una conmemoración del 9 de mayo, Medvédev y Putin enfatizaron la importancia que tiene para el pueblo ruso la preservación de la memoria histórica. Irónicamente, el funcionario cubano que estaba en Rusia presente en el acto, al hablar omitió olímpicamente a Enrique. Un día escuché a su hermana comentar este terrible descuido y afirmar “no lloro porque ya no tengo lágrimas, pero las omisiones duelen”. Sí Rita, nos duelen a todos.

Enrique Vilar nació en Manzanillo el 16 de agosto de 1925, precisamente el día en que nacía el Primer Partido Comunista. Murió antes de cumplir veinte años junto a su pelotón soviético en territorio polaco. Hoy regresa a Cuba en la memoria de los que lo recuerdan, ahora que se puede mencionar su apellido sin que sea visto como una debilidad política, ahora que han pasado 80 años desde que su madre dijera proféticamente: “Cuando se pueda, regresarás”. Y aquí está.