Roilán Galloso Cabrera vive en el batey de un central azucarero destartalado, el “José René Riquelme”, de Quemado de Güines, en Villa Clara. Allí los ríos caudalosos, donde naveguen botes o canoas, solo existen en la imaginación de los niños. Quizás por eso, por descubrir lo desconocido, Roilán emprendió la aventura de ser canoísta de “alto rendimiento”.

“Comencé en ese deporte en sexto grado, cuando me captaron por mis condiciones físicas. Mi ascenso en la ‘pirámide deportiva’ fue rápido porque en séptimo grado pasé a la academia, y ya en noveno pasé a entrenar con el equipo nacional. En Juegos Escolares Nacionales obtuve un oro, una plata y dos bronces. En la categoría juvenil gané todas las copas de confrontación y obtuve plata y bronce en el C-2 a 1000 y a 500 metros respectivamente. Estuve tres años en el equipo nacional. Allí alcancé una medalla de cada color en los campeonatos nacionales de primera categoría”, recuerda.

A pesar de los buenos resultados “Cutú”, como todos lo conocen, tuvo que abandonar su aspiración olímpica.

“Decidí regresar a entrenar de La Habana a Santa Clara por un año. A partir de ahí todo cambió. Lo hice porque pasaba mucho trabajo para viajar, mi mamá siempre no me podía dar el dinero suficiente para los viajes. La economía no me permitía seguir en la capital. Solo podía venir dos o tres veces al año a ver a mi familia”.

Cutú cuenta su historia rodeado de miles de sacos de azúcar y de una brigada de estibadores. A esto se dedica, a cargar, por eso se ajusta la faja en la cintura y sigue.

“Con el cambio de base de entrenamiento tuve lesiones en el codo y el hombro. Determiné no regresar al equipo nacional. Me molestaban las lesiones y terminé mi carrera como atleta. Seguí como entrenador en Santa Clara y me fue bien. Mis tres atletas ganaron dos medallas de oro y una de bronce en los Juegos Escolares. Intenté la licenciatura en Cultura Física pero tampoco la terminé”.

“Decidí dejarlo todo. Me dolió tomar la decisión pero mi mamá no podía seguir ayudándome, y decidí buscarme un trabajo por mi familia.”

El fuerte entrenamiento, kilómetros de paletadas en el agua, cada día, mejoró sus capacidades físicas y le sirvió de entrada para el nuevo oficio. Foto del autor

“Trabajo como estibador en el Central «Quintín Banderas» de Corralillo y hasta ahora me va muy bien. El deporte me ayudó porque es un trabajo muy duro. A veces hay que cargar miles de sacos de azúcar en un día. Ya tengo una familia propia con una niña pequeña. Me siento bien aquí con mis compañeros y económicamente puedo tener mi propio sustento.”

Aunque ya no está en el deporte activo, Cutú no se pierde ninguna competencia y siente mucha nostalgia por el canotaje.

“Viví con mucha intensidad los Juegos Olímpicos como espectador, porque conozco a todos esos atletas que nos representaron. Me dio mucha alegría verlos competir y quise estar allí, pero el tiempo no vira atrás y tuve que resignarme frente a la pantalla.”

“A veces la realidad de la vida te baja de la nube.”

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