Mi barrio no tiene agua. Tampoco tiene teléfonos, salvo tres o cuatro terminales de las llamadas “públicas” (algunas con minutos restringidos) y contadísimos fijos particulares. Ni redes de acueducto y alcantarillado. Ni iluminación pública. Ni otros servicios de gastronomía, reparaciones técnicas del hogar, comercio… Mi barrio, el Camino a la Malagueta, en el Reparto Montequín, periferia de la ciudad de Pinar del Río, aunque consta como urbano, y sobrepasa los mil habitantes, casi que no tiene nada de urbanismo.

Pero a los que vivimos aquí lo que más nos duele es el agua. Porque desde hace más de dos años, la solución a la sequía (de acueducto) crónica —aun cuando las autoridades locales se desgastan en gestiones, trámites y explicaciones— consiste en pagar carros-pipas “por la izquierda”, en el rango de los 150 a 250 pesos CUP (6 a 10 CUC). O cargar todos los días, desde las casas de algunos pocos vecinos que tienen pozo artesiano, los cubos que se necesitan en un hogar. Para todo.

En las más recientes elecciones, trascendió que muchos votantes de La Malagueta escribieron solamente AGUA en su boleta. Después de aquel domingo, curiosamente, las tuberías estuvieron llenas, a reventarse, durante tres días seguidos. Luego, licuados los ánimos, desapareció el suministro.

Por eso no resultó extraño que el más singular planteamiento en la reunión de mi área para discutir el Proyecto de nueva Constitución de la República, estuviera relacionado con el líquido imprescindible.

De los más de 90 vecinos convocados, acudimos unos treinta y tantos a la cita, lo cual no es mal quórum para los récords de la zona. Nos habíamos acomodado lo mejor posible, de pie, en el rectángulo de patio de unos 30 metros cuadrados que queda entre el portal de la casa del Chino y el camino principal del barrio, pomposamente denominado Calle Las Malaguetas.

Sobre el portal, también de pie, detrás de una mesa, los compañeros que dirigían la actividad, encabezados por un vicepresidente del Consejo de la Administración Municipal (CAM). Y sentada, únicamente, la vecina que levantaría el acta.

Luego de las presentaciones de rigor, y el Himno Nacional, el Vice del CAM explicó que iría leyendo los títulos de secciones del documento y la numeración de los artículos comprendidos. Si alguien tenía algún planteamiento sobre uno de esos artículos, levantaba la mano, lo expresaba, quedaba registrado y se proseguía. Sin discutir, ni apoyar o disentir. Las opiniones debían ser individuales, remarcó.

Eran aproximadamente las 8:30 de la noche. Pululaban los mosquitos.

Como podía esperarse la gente no se detuvo en detalles de comas, puntos, frases más o menos retóricas, ni asuntos superficiales o consignas al uso. Fueron de lleno a artículos neurálgicos. Sobre el número cinco, que consagra al Partido Comunista de Cuba (PCC) como «la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado», alguien propuso que se demarcaran los límites de acción de esa fuerza, porque no debía suceder, como hasta ahora, que el PCC no solo oriente políticamente, sino que dirige y controla y manda y dispone con poder casi ilimitado. Cuestión que hasta las propias instancias superiores del Partido se han autocriticado.

Una joven psicóloga, cristiana, expresó su desacuerdo con el Artículo 68, que define al matrimonio como «la unión voluntariamente concertada entre dos personas con aptitud legal para ello», y opinó que debía dejarse como en la constitución del 76, donde en lugar de «dos personas», se especifica: «un hombre y una mujer». Fundamentó su parecer en razones teológicas y psicológicas, en perspectiva de la posible adopción posterior de niños.

A la riposta salió una estudiante de Derecho, argumentando que eso era discriminación, y que pensáramos en una unión homosexual de muchos años en la que de pronto fallece uno de los miembros, lo desamparado legalmente que queda el otro, por no existir entre ellos vínculo legal alguno. Les siguieron cuchicheos, a favor o en contra de cada «contendiente», y se pasó a otros asuntos.

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Una madre laboriosa y su hijo, espigado atleta, plantearon de conjunto que en el Artículo 76, sobre el salario, se especificara que este debía alcanzar para suplir las necesidades básicas de los ciudadanos, y alguien calzó el criterio apuntando que nunca el salario mínimo debía ser inferior al costo de la vida.

Sobre la protección animal se alertó de que debía existir algún artículo que la consignara, toda vez que este reclamo era ya opinión de muchos en el país, ante lo cual la mayoría de los presentes asintió, rememorando anécdotas de severos maltratos de caballos, perros y otras especies.

Pero el pollo del arroz con pollo comenzó a llegar al tocarse el Artículo 87, específicamente en su segundo párrafo: «El Estado trabaja para garantizar el acceso al agua potable y su saneamiento»…Una mujer bajita, blandiendo el folleto del proyecto en una mano, alzó la voz muy cerca de la mesa de la presidencia para proponer una enmienda: «Que se quite el “trabaja para garantizar” y se ponga: “garantiza”, para que de verdad lo garantice». El murmullo inmediato le dio apoyo unánime.

Trascurrió el espacio de dos o tres intervenciones más, entre ellas la relacionada con que los funcionarios públicos y, con más énfasis los gobernadores provinciales, fueran elegidos desde la base ciudadana y a ella rindieran cuenta de sus mandatos, incluso con informes económicos bien desglosados de los ingresos y egresos durante su gestión. El encuentro, aguijoneado por la mosquitera, pareció deslizarse hacia el final.

Cuando ya la presidencia estaba recogiendo para marcharse, el Chispa, mulato, 50 y tantos años, sudoroso, sin camisa y con algunos grados de alcohol en vena, agarró dos cubetas de agua, que había cargado desde lejos y las tenía en un extremo del patio de debate.

Habiendo esperado su momento, agarró las cubetas, se abrió paso y las plantó al frente de la mesa de los dirigentes. Al unísono, y ante el asombro de quienes presidían soltó en su jerga medio incomprensible, algo así como: «¡¡¡¿Constitución???!!!! Esto es lo que hace falta. Estas las cargué pa’ que se bañe mi esposa y pa’ bañarme yo. ¿Se acabó la reunión? No, no se ha acaba’o. ¡¿Y el agua?!».

El vice del CAM, solamente tomó nota, recogió y se marchó de prisa. Algunos dirigentes locales se enfurecieron con el protestón que les había «aguado» la tranquila velada, y los más nos divertimos bastante, pensando que El Chispa había dicho y hecho, quizá, lo mejor de la noche.

Pero, según supe después, el epílogo de la escena no tuvo tintes humorísticos. Al otro día el de las cubetas fue citado, pasó más de 24 horas en dependencias de la policía, y salió de allí con una multa.

El barrio, inconforme por el extremismo, aún sigue seco.

Y mucha gente piensa que a la Constitución, como al dominó y a La Malagueta, hay que «darle agua».