“Recoge la bolsa roja. Esta, mira. Tiene la ropa del bebé”.

Una señora de más de sesenta le daba órdenes a su hijo de treinta y tantos. Tenía varias quemaduras por fricción y el hombro derecho dislocado; ampollas abiertas y el brazo hinchado. Ambos habían rodado por una pendiente, luego de que él perdiera los frenos del triciclo “inventado” en el que viajaban por el municipio habanero Guanabacoa.

Sentada en una silla en el portal de mi casa, mientras se untaba Nitrofurazona, la señora contó detalles del accidente para todos los oídos ávidos de información.

El muchacho pegó la suela del zapato al pavimento para detenerse gradualmente pero, antes de lograrlo, la rueda delantera cayó en un bache, el triciclo se volcó y los dos salieron “volando”.

Ella —que al final pudo llegar en carro al hospital, tras esperar cerca de 45 minutos— contaba que la nuera tuvo un parto complicado y estaba acompañándola en el Hospital Materno Infantil Fátima. Andaban los dos en aquel velocípedo artesanal de tres ruedas, cargados de bultos, porque iban a lavar en su casa, en Alamar, las sábanas, fundas y ropas de la madre y el bebé. La distancia es de un poco más de tres kilómetros.

Como medida contra el avance de la COVID-19, en Cuba desde finales de marzo se suspendió el transporte interprovincial tanto estatal como privado, el cual es utilizado por las 22.000 personas que como promedio se mueven diariamente entre provincias. Desde el 11 de abril se paralizaron los servicios de taxis privados y estatales, de la red de transporte público de ómnibus y ruteros locales e intermunicipales. Estos servicios, excepto el interprovincial hacia algunos destinos, se han ido restableciendo con el comienzo de la desescalada.

En la Isla no se producen automóviles y aunque no existen cifras oficiales sobre la cantidad que transita, se estima que existen unos 180.000 entre los privados y los que pertenecen a empresas estatales —que mueven a directivos y trabajadores, pero también a otra parte de la población con la conocida botella o aventón. Al prohibirse la movilidad de los estatales, las posibilidades de traslado quedaron muy reducidas para gran parte de los cubanos.

Quienes no poseen transporte privado (auto, bicicleta o motocicleta) y tuvieron que trasladarse en las últimas semanas para comprar alimentos o medicamentos, llevar víveres a algún familiar anciano o a causa de una emergencia médica, fueron buscando soluciones: pedir a amigos con auto que los movieran, pagar altos precios a personas con autos privados, usar bicicletas o realizar largas caminatas.

Las pocas guaguas que transitaron en los últimos meses se veían vacías; con carteles lumínicos que decían “Fuera de servicio” o “COVID-19”, en lugar de las letras y números de las rutas habituales. Estaban destinadas a trasladar a trabajadores del comercio, personal de salud, servicios médicos y de otros sectores priorizados.

Llegar al trabajo o andar tras la comida bajo el sol

José Emilio Rodríguez tiene 59 años y vive en Matanzas. Luce un color tostado no natural en su piel, efecto de sus caminatas en los últimos meses bajo el sol y con temperaturas que superan los 30 grados Celcius, primero, por la calzada General Betancourt y luego por el Viaducto Matanzas-Varadero —carretera sobre territorio ganado al mar, sin construcciones, árboles frondosos o cualquier otro objeto que haga sombra. A unos tres kilómetros de su casa queda el bar Entre Puentes, propiedad de Artex, del cual él es gerente. Durante las semanas de crisis epidemiológica allí continuaron vendiendo refrescos, bolsas de pan, yogur y otros productos.

“Antes iba al trabajo en guagua o, cuando podía, cogía alguna botella. En este tiempo me toca caminar, aunque he tenido la suerte de que algún conocido con carro me recoja por el camino”, contaba hace unos días José Emilio, quien por diferencia de un año no entra en el grupo de riesgo por edad (mayores de 60 años). Desde que el 22 de junio comenzó la fase 1 de la desescalada en Matanzas y han restablecido el transporte local, su rutina va retomando la normalidad.

“Aquí los comercios me quedan bastante cerca. Para ir al mercado camino solo unas dos o tres cuadras y así con casi todo.

David Rondón vive, como él mismo dice, en “uno de los lugares más céntricos de Arroyo Naranjo”, La Palma.

Fabio Quintero, del municipio Bejucal en Mayabeque, tiene una experiencia parecida. Al vivir en un pueblo pequeño, “nada queda demasiado lejos”. Como él, otros entrevistados intentan conseguir sus abastecimientos en los comercios cercanos, aunque en ocasiones llegaron a caminar kilómetros para conseguirlos.

La escasez de alimentos o productos de aseo y las largas colas para comprarlos ha sido una de las constantes en la isla desde finales de 2018; situación acrecentada en los últimos meses con la suspensión de importaciones a causa de la COVID-19.

—Cerca de mi casa hay un quiosco en CUC; normalmente solo hay bebidas alcohólicas. También hay un puesto particular de viandas y vegetales, pero lo venden todo más caro. Por la cercanía, uno a veces muere ahí pero, otras veces, —cuando está cerrado o no tiene mucho que ofertar— hay que ir hasta la Plaza de Marianao.

Yohan Ahmed Rodríguez prefería caminar aproximadamente dos kilómetros, hasta donde están los principales mercados y hay mayor oferta.

“Todo eso —contaba Yohan—, generalmente bajo tremendo sol y, además, con el nasobuco puesto, que da sensación de asfixia y te parece que te vas a morir”.

Alejandro Torres no sabía que la moto eléctrica comprada meses atrás iba a serle tan útil. Ahora se mueve en ella con facilidad e incluso sale de Guanabacoa para ir a las tiendas de la Villa Panamericana o de Cojímar, cuando se entera de la venta de algún nuevo producto de comida o aseo personal.

“Tengo que levantarme de madrugada para ir a hacer las compras, porque las colas son kilométricas”, dice.

Foto: Sadiel Mederos.

Foto: Sadiel Mederos.

 

Otras razones para salir de casa

El 12 de marzo la gata de Lilia Laura Martínez tuvo cuatro gaticos. “Desde entonces estoy cuidando las crías, aunque cuando todo esto pase, pienso dar tres en adopción y quedarme solo con uno, Churri”, dice ella.

Hace unas semanas Churri enfermó. Parecía grave. Un veterinario cerca de su casa, cuidándose del coronavirus, se limitó a darle consejos y no le puso tratamiento. Esa misma tarde, Lilia fue caminando desde su casa en el Vedado, hasta la clínica veterinaria de Carlos III, una distancia de más de tres kilómetros. Enseguida atendieron a su mascota y lograron salvarla. Sin embargo, el animal no comía, necesitaba recibir nutrientes por sueros, por lo que debió repetir por varios días la caminata hacia la clínica y luego de vuelta.

El padre de Lilia Laura, de 49 años, desempolvó su bicicleta. Era el único medio de transporte a la mano para visitar a su hija durante la cuarentena. Él vive en el reparto Capri, cerca del Parque Lenin, a unos 13 kilómetros de distancia.

“Venía con máxima protección —aclara la hija. Nasobuco, gafas y hasta una careta plástica. Con el calor que hace, llegaba todo sudado y cansado. En cuanto llegaba, tomaba agua, almorzaba, una vez hasta se bañó aquí, se sentaba a hablar un rato conmigo y en la tarde regresaba a su casa. Ese esfuerzo no lo hace cualquiera.

Durante la conocida “coyuntura” de 2019, cuando escaseó el combustible, en La Habana algunas guaguas tardaban más de tres horas en pasar. Hubo quienes bromeaban con que esa situación había llegado para hacernos ver que antes la situación “no era tan mala”. En las semanas de paralización del transporte público —usado por gran parte de la población debido a la escasa cantidad de autos privados—, algunos habrán dicho que, en aquel tiempo, al menos había algo en que moverse.

Esta medida, si bien afectó a quienes no poseen medios de transporte propio y obligó a muchos a buscar soluciones inusitadas o caminar kilómetros bajo el sol, fue un elemento importante dentro de la estrategia del Gobierno cubano para controlar la propagación del virus dentro de la Isla. Hasta el 7 de julio habían sido reportados en Cuba 2.395 pacientes de COVID-19 y habían fallecido 86 personas como consecuencia de la enfermedad.

 

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